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Pearl

Para ti, que nunca te gusta la ropa que llevo.

Hoy no voy a desnudarme para ti, hoy vas a ser tú el que me vista. Hoy abrirás mi armario de par en par, y elegirás el atuendo para la mujer que quieres que salga a la calle. Quizá escojas la falda más corta y la blusa más provocativa, o el vestido más recatado que puedas encontrar; pasarás tus manos en una caricia de amante por las telas de seda, sentirás el tacto áspero de los tejidos de invierno, hundirás los dedos en la espuma fragante de una prenda de lana. Y serás tú el que me ponga lo que hayas elegido…

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Tomarás de un cajón las medias negras más delicadas y las enrollarás con todo cuidado en torno a mis tobillos; las subirás por mis piernas notando cómo se adaptan a cada curva y recoveco; las fijarás en mis muslos oprimiendo la carne en una dulce presión anticipo de tus dedos.

Elegirás cuidadosamente un sujetador que estarás deseando quitarme sólo con verlo aún guardado. Lo ceñirás a mis pechos utilizando la palma de tus manos y cerrarás sus corchetes dejándolos centrados en la curva de mi espalda.

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Te pondrás frente a mí para deslizar una falda por mis brazos alzados, dejándola caer suavemente y con un sonido casi líquido hacia mis caderas. La ajustarás para que siga mis contornos, dejando advertirlos pero no demasiado, subirás su cremallera con una lentitud exasperante, más aún que cuando haces el mismo gesto a la inversa, pasarás un dedo entre la tela y mi cintura para asegurarte de que está perfectamente situada.

Tomarás mis brazos y los enfundarás en las mangas de una blusa veraniega, sólo un poco transparente, abrocharás los botones uno por uno y tomándote tu tiempo, esos botones que parece que puedan ser arrancados sólo con mirarlos, dejarás abierto uno más de lo estrictamente necesario.

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¿Y qué harás con esa parte bajo mi falda que todavía está desnuda? Tú decidirás si deseas que siga sin vestir, para que sea consciente de ello cada segundo del día, o si la cubres de encaje negro que, cuando acabe la jornada, desaparecerá en primer lugar, reteniendo un hálito de la calidez que mi cuerpo guarda siempre para ti, con o sin ropa, desnudo bajo tu piel o vestido con tus manos.

Todas las fotografías, de Aleksey and Marina.

De rebajas

Ya han pasado las Navidades, y las luces y adornos navideños de las calles han sido sustituidos por un sinfín de carteles de todos los colores que rivalizan por ofrecer más descuentos que ninguna otra tienda. Hoy, mientras vuelvo a casa por una céntrica calle peatonal, intento no darme por enterada de las tentaciones que me llaman desde los escaparates, pero al pasar por uno de ellos, llamativamente dispuesto como los demás, no puedo por menos de pararme y entrar a mirar si hay algo que merezca la pena.

No por nada esta es mi lencería favorita. En parte es tienda de ropa interior, y en parte es un sex shop, pero dispuesto con delicadeza y buen gusto. Hoy sin embargo no busco juguetes, sólo algún conjunto nuevo que, ya estoy pensando en ello, pueda llevar la próxima vez que nos veamos.

Al principio la variedad de la oferta es casi mareante: desde los expositores me llaman prendas de todos los colores, no sólo blanco o negro; rojo, morado, rosa, azul; rasos, sedas, gasas; prendas más o menos delicadas, de firme cuero o de encajes que parece que van a romperse en las manos. Pero todas con algo en común: no sirven para cubrir o proteger, sino ante todo para exponer, ofrecer y seducir.

Después de deambular un buen rato por la tienda, tocando texturas y mirando precios, me acabo decidiendo por un conjunto de seda rosada, con encaje y cintas negras que dibujan un entrecruzado como las tiras de un corsé. El sujetador muy armado, hecho para realzar, contrasta con la ligereza del tanga, apenas un trozo de tela con cintas. Me dirijo a la dependienta para decirle que quiero probarme el sujetador y me conduce a los probadores, al fondo de la tienda.

Hay dos, y cada uno, aunque pequeño, sigue el mismo estilo decorativo del resto de la tienda: lamparitas con pantalla de seda, una banqueta tapizada, espejos barrocos, colgadores con perchas de cristal. Una gruesa cortina me aísla de la vista ajena, y la dependienta, después de advertirme que puedo avisarla tocando un timbre, cierra el acceso al probador con un ancho cordón de seda.

Fuera, oigo las risas de varias chicas que estaban mirando camisones, puede que para regalárselo a alguna amiga que va a casarse. La cortina aleja los sonidos y me da una intimidad que resulta cómoda. Me desnudo de cintura para arriba, ajusto los tirantes del sujetador, me lo pongo y me contemplo en el espejo: no sin motivo estos escotes se llaman balconet, mis pechos se levantan altivos y realzados, tentadores para tus manos. Me pongo a imaginar si te gustará cuando lo veas, si querrás quitármelo de inmediato o preferirás que lo lleve puesto todo el tiempo, simplemente apartándolo para acariciarme los pezones.

La idea me excita tanto que, sin pensármelo dos veces, me quito el resto de la ropa quedándome sólo con el sujetador, saco del bolso el móvil, me hago una fotografía y te la envío con un mensaje: “¿te gusta lo que me he comprado?”. Me miro casi desnuda en el espejo, pienso en ti recibiendo la foto y mirándola a hurtadillas en el despacho, imagino cuánto te gustaría poder estar espiándome a través de la cortina, o mejor aún, metido conmigo en el reducido espacio del probador, quizá sentado en la banqueta, cogiéndome con tus manos por las caderas y acercando tus labios a mi sexo; quizá de pie, arrinconándome contra la pared, mientras tus dedos se abren paso en mi interior y yo juego con las manos por dentro de tus pantalones, espoleados por la prisa y el riesgo de que nos encuentren…

Cuando voy a pagar, hay un chico atendiendo la caja. Me mira sonriente, y yo, pensando en mis mejillas ruborizadas, me acaloro todavía más. Me cobra el conjunto y me lo tiende en una bolsita rosa y negra.

-Aquí tienes, que lo disfrutéis…

Imágenes: Patrick Demarchelier, Ellen von Unwerth, Mario Sorrenti

Del deseo

Me esperabas con alma descubierta,
y el alma entera con pasión te di.
Me entreabriste tu más secreta puerta,
y mi puerta secreta yo te abrí.
Mi vida estaba estéril y desierta,
y entraste en ella cuando entré yo en ti.
Y sólo quiero al verme en tu mirada,
tenerte para siempre penetrada.

Déjame entrar en ti por las esquinas,
tocándote la mano con la mano,
el brazo en la cintura si caminas,
o el beso del amigo o del hermano.

Pero ábrete también a mis deseos,
con impulsos desnudos y humedades,
sin escrúpulos y sin titubeos,
con invasiones y voracidades.

Te vas, me voy, qué fría es la distancia,
qué largo es el camino que divide:
Que tu amor permanezca en vigilancia,
me sueñe cada noche, y no me olvide.

Bajo los pliegues semitransparentes
de la bata adivino tu figura;
deslizando mi mano en la abertura
florecerán deseos inminentes
al rodear mi brazo tu cintura.

Recogeré en otoño tus sonrisas
bajo los olmos desnudando el llanto
de las hojas, que flotan indecisas,
y al fin descansan en crujiente manto.

Sobre esta alfombra te hallaré tendida,
bajo diáfana cúpula de ramas,
sólo de tus deseos revestida,
y ofreciendo lo mismo que reclamas.

Poemas: Francisco Álvarez

Fotos: John Peri

De la ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Jorge Luis Borges

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres
sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
seguro sin seguro
te dejo frente al mar
descifrándote a solas
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota
te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía
pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono
estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos
estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra
estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen
y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

Mario Benedetti

Foto: Stilettostudios

Mujeres

Hay mujeres reales que parecen de cuento,
y mujeres soñadas que parecen vividas.

Hay mujeres que se someten y se disuelven en el capricho de otro,
y hay mujeres que se entregan más cuanto más libres se sienten.

Hay mujeres que no saben amar sino su propio reflejo
y hay mujeres que se reflejan en aquello que aman.

Todas las ilustraciones son obra del magnífico Luis Royo.

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