Archivo para la categoría ‘Breves’
Recordar…
Recuerdos.
Una mano que se atreve a cruzar el aire entre nosotros y se posa en mi pecho. Tus labios entreabiertos mientras duermes. La dulce ansiedad de ver lo que me espera antes de terminar de desnudarte. Una caricia en tu cintura. Tu mirada contemplando la noche por la ventana. El sonido de los cierres de un corsé que desabrochas a la vez que me penetras. Tu olor. Tu lengua lamiéndome los dedos.
Recuerdo todo eso mientras mis dedos buscan el temblor que los tuyos provocaron.
Hoteles
Si hay un elemento que aparezca con cierta asiduidad en este blog (ya lo hacía en su predecesor, por cierto) son las habitaciones de hotel. Escenarios más o menos privilegiados de tardes (más frecuentemente) o noches apasionadas, dulces o morbosas, punto de encuentro entre dos ciudades alejadas o refugio de escarceos no del todo lícitos.
Sín embargo, dudo de que alguna vez tenga la ocasión de pasar una de esas tardes de sudor y cortinas cerradas en uno de los hoteles con más historia del mundo: el Chelsea Hotel, en Nueva York, con más de un siglo de existencia y que ha albergado a un sinnúmero de artistas (de Robert Mapplethorpe y Patti Smith a Dylan Thomas, de Arthur C. Clarke a Jimi Hendrix…), ha sido escenario de películas y sesiones de fotografía y ha inspirado obras como la que sigue, la canción que escribió Leonard Cohen después de un fugaz encuentro con Janis Joplin.
Te la dedico a ti, con quien pasé unas horas memorables en una habitación con vistas a cierto aparcamiento…
Chelsea Hotel
(Letra: Leonard Cohen)
Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel,
hablabas tan segura y tan dulcemente,
mamándomela sobre una cama deshecha
mientras en la calle te esperaba la limusina.
Esas eran las razones y ésa fue Nueva York,
nos movíamos por el dinero y la carne
y a eso lo llamaban amor, los del oficio,
probablemente, aún lo es para los que quedan.
Pero te fuiste, ¿verdad, nena?
Sólo le diste la espalda a la gente
y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir:
«Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito»,
mientras todos te bailaban alrededor.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda.
Volviste a decirme que preferías hombres bien parecidos
pero que por mí harías una excepción.
Y cerrando el puño por los que como nosotros
están oprimidos por los cánones de belleza,
te arreglaste un poco y dijiste: «No importa,
somos feos, pero tenemos la música».
Y entonces te fuiste, ¿no es así, tía?
Simplemente, diste la espalda a la gente
y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir:
«Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito»,
coreándote todos alrededor.
Y no pretendo sugerir que yo te amara mejor
No puedo llevar la cuenta de cada pájaro que cazaste.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Eso es todo, no pienso en ti muy a menudo.
Foto: Julia Calfee
Letra de la canción tomada de aquí
Besos de café

Una cita para un café rápido, en ese local pequeño de al lado de la oficina. Una charla casual hecha de sobreentendidos, risa nerviosa, cuánto hace que no te veo y qué es de tu vida. Te acompaño al autobús, ven por aquí que llegamos antes, una calle estrecha y oscura punteada de rincones. ¿No decías que querías darme un beso? Pues acércate, labios con sabor a café, mis pies de puntillas, la mano en la cintura amagando un abrazo que no podrá ser ahora mismo. Tarde que presagia otros atardeceres tras una ventana con las cortinas cerradas…
Si…

Si fuera más paciente…
Si fuera menos perezosa…
Si fuera más decidida…
Si fuera menos tímida…
Si fuera más bella…
Si yo no fuera yo, sería más feliz de lo que soy?
Foto: David le Beck
Sólo una fotografía

Quien me haya leído alguna vez, aquí o en A escondidas, sabe que las imágenes son parte inseparable de este rinconcito de la blogosfera. Paso muchísimo tiempo buscando fotografías, en páginas especializadas, en otros blogs o a veces en las fuentes más insospechadas (y una que otra me la facilita algún fanático del octavo arte). No siempre voy a la caza de la foto más adecuada para un texto, a veces es al revés, surgen las letras tras la imagen, o la utilizo sólo porque me gusta su estética; rara vez las pongo con la intención de que resulten simplemente eróticas, quiero que, sobre todo, sean bellas, obviamente para mi gusto. Y raramente encuentro alguna que, sin un motivo claro, me llama la atención lo suficiente como para dedicarle un sitio a ella sola. Como esta joven de arriba, que no sólo es hermosa, sino que tiene algo más, indefinible pero magnético: quizá esa mirada, quizá esos labios, quizá el collar que la viste, quizá la luz que la moldea. Sea como sea, no es sólo una fotografía.
Por otro lado, justo es darle crédito, aunque he tenido que investigar un poco para encontrarlo: el fotógrafo es Brigham Field y la modelo se llama Roberta Murgo.
7 de abril
Hoy, un pequeño regalo para alguien con quien hago diabluras de vez en cuando.
Subterráneo

Hoy llueve, y las escaleras que bajan al subterráneo del metro londinense están mojadas y resbaladizas. El andén es una marea de gente yendo y viniendo, absortos en sus teléfonos móviles, leyendo periódicos de grandes y llamativos titulares o mirando a un punto lejano del túnel mientras esperan el vagón que les llevará a quién sabe dónde.
He conseguido encontrar un asiento libre, todo un logro a estas horas. En la siguiente estación casi no se baja nadie y los que suben han de ir colocándose como pueden en el pasillo central entre los asientos, agarrados a las barras superiores. Una de las que suben es una mujer rubia, que evidentemente viene de trabajar, cargada con un enorme bolso abierto del que sobresalen un portátil, un fajo de folios escritos y una agenda. Deja el bolso en el suelo y se queda de pie ante mí, sosteniéndose como puede en precario equilibrio.
No es especialmente hermosa, pero sabe aprovechar bien su apariencia. Se alza sobre tacones, lleva el pelo largo, una blusa elegante, de raso, que le queda algo estrecha y hace que se le note el sujetador de encaje, y una falda negra y sencilla que le ciñe las caderas. Entre dos botones de la blusa se puede vislumbrar, cuando queda un poco de lado, un rombo de la piel de su pecho. Se le ven las mejillas ruborizadas por el calor del vagón y los ojos maquillados algo soñolientos, pero a mí me llaman más la atención sus labios, pintados en un tono claro, llenos y besables, entreabiertos en un gesto absorto.
Me imagino pasándoles un dedo por encima, dibujándolos con un leve toque antes de intentar contactos más osados. Pero ahí de pie frente a mí, completamente ajena a mis pensamientos que la desnudan, me tienta más imaginar que eres tú el que, de pie tras ella, desliza las manos por sus caderas, tantea la abertura de su falda y nota el calor entre sus piernas, acaricia la blusa casi transparente llenándose las manos con sus pechos redondos y dulces; y me tienta aún más pensarla atrapada entre tú y yo, los tres cuerpos desnudos, calientes, mezclados en un vaivén de manos y labios, moviéndose al ritmo del vagón que nos lleva a quién sabe dónde.
Hemos llegado a mi destino (This is Earl’s Court. Mind the gap…) y he de bajarme para coger un transbordo. Me levanto y sin palabras le indico mi asiento a la mujer, que me lo agradece con un movimiento de cabeza, y se olvida de mí en cuanto bajo del vagón.
¿Por qué?

¿Por qué, después de tanto tiempo, aún sueño contigo cuando duermo?
¿Por qué sigo buscando tus rastros en otros caminos, aunque tenga miedo de encontrarlos?
¿Por qué un día se fueron la ternura, las noches compartidas y los versos?
¿Por qué tus ojos y tu voz ya no me llegan?
¿Por qué, después de tanto tiempo, aún te quiero?
Foto: Imagen con licencia CC de Pulo
Soñar contigo

La noche pasada soñé contigo. Sabes que sueño contigo a menudo. Siempre contigo, aunque no siempre con tu cara, ni con tu cuerpo: a veces el hombre en mi sueño tiene el aspecto de otro, no habla como tú, se mueve diferente. Pero yo sé que eres tú. Puede que en mi sueño estemos rodeados de personas, o puede que estemos en mitad de la calle, pero da lo mismo; somos tú y yo solos, sólo nosotros dos.
Gracias a mis sueños conozco muy bien tu olor, el sabor de tu saliva, el peso de tu cuerpo. He lamido mil veces tus labios con los míos y he vestido tu piel sólo con mis manos. Te he cubierto de besos cuidadosos y te he pedido que invadas mis caminos y desveles mis secretos.
Si sueño contigo, no quiero que llegue la mañana. Aunque me despierte, cierro los ojos para conservar el color de ese último sueño. Intento retener en mis oídos la voz con que me hablas de deseo y bajo mis manos por mi cuerpo hasta alcanzar el sexo que acariciaste en el sueño y que el sueño humedeció como el rocío temprano. Alargo un poco más la sensación hasta que la luz del día me hace abrir los ojos y abandonarte.
Sabes que sueño contigo a menudo, y que conozco tu olor, tu piel y tus caricias. Puede que alguna vez se hagan reales, o puede que nunca haga nada más que continuar soñándote. Pero yo, noche tras noche, sigo acudiendo, húmeda y dispuesta bajo las sábanas, a mi cita contigo.
Aún

Aún recuerdo el calor de tu cuerpo en las sábanas.
Aún tengo en mi mente tu perfil recortado contra la luz gris del amanecer; el frío en la calle, el silencio alrededor, y mi dedo dibujando tu silueta…
Aún, si cierro los ojos, puedo sentir tus labios y tu lengua, besando, lamiendo, devorando casi.
Tantos recuerdos, y tanto tiempo que falta para volver a hacerlos presentes…
Foto: Ilkka Kallio
¿Has sido bueno este año?

Si tú te has portado bien durante estos doce meses, entonces yo seré buena contigo y te concederé un deseo.
O, a lo mejor, muchos deseos todos juntos.
Te dejaré que elijas el qué, el cuándo y el cómo (el cuánto es fácil… ¡siempre mucho!)
Te dejaré que elijas los participantes del juego y, si te parece, los disfraces.
Pero sólo si has sido muy bueno…
Aunque, si quieres que te diga la verdad, me gustas mucho más cuando eres malo.
Foto: Kassandra
Días fríos

Hoy me ha costado un mundo decidirme a salir de la cama…
pero si hubieras estado conmigo no habría salido de ella en todo el día.
Foto: Ilya Rashap
¿Quieres que te tiente?

Sé que te resistes, que no quieres caer…
Pero si cayeras, comprobarías que mis labios siguen siendo húmedos y suaves, sobre todo cuando se acercan a los tuyos. Los sentirías bajando por tu pecho y recorriendo tu piel temblorosa, dejando un rastro húmedo de saliva desde tu boca hasta los dedos de tus pies.
Puede que te atrajera la idea de darnos una ducha juntos, después de quitarme esa ropa que elegí con tanto esmero aun sabiendo que la sentiría en mi piel sólo durante un momento mientras se desliza hasta el suelo. Dejaríamos que la lluvia caliente de la ducha cayera sobre nosotros, resbaladizos de jabón, sin poder resistir más tiempo para explorar todos nuestros recovecos, incluso los rincones más secretos que nunca dejamos entrever a nadie; tu sexo buscaría el hueco de mis piernas, se dejaría abrazar por mis nalgas y jugaría a encontrar entre mis pechos el cobijo que tanto desea…
O, quizá, te gustaría más pensar en mi cuerpo desnudo sobre la cama. Mostrándote sin tapujos todo cuanto guarda, y dándome con mis manos el placer que será la antesala del que tú me darás luego. Te diría que hicieras conmigo cuanto quisieras, me abriría ante ti sin tabúes, sin penas, una vez más me abriría a tu sexo y acabaríamos derramados uno sobre otro, fundidos en el abrazo imposiblemente cerca…
Pero cuidado con las tentaciones… puedes desear caer en ellas.
Foto: Publicidad de Aubade
Lecciones de estilo
Si hay una mujer que, saliéndose por completo de los cánones que impone la moda del momento, ha llegado por méritos propios al olimpo de las más deseadas, esa es Dita von Teese, nacida Heather Sweet hace treinta y siete años, bailarina, modelo y actriz ocasional, y dueña de un estilo que ella misma ha pulido a su entero gusto y manera, heredero de las pin ups, del cine clásico y la tradición del burlesque y el vodevil actualizados con elegancia.
Lo que me parece admirable de esta mujer, aparte de sus más que obvias belleza y elegancia, es que es ella misma: no necesita estilistas, se ocupa personalmente de todos los detalles de sus espectáculos, “vive” su papel fuera y dentro de los escenarios y reivindica la libertad de las mujeres para hacer lo que quieran, aunque sea bailar desnudas o vivir su sexualidad de una forma “alternativa”, actitud que a mí me parece de un feminismo mucho más auténtico que el de aquellas que se empeñan en imponernos hasta lo que hacemos en la cama…






