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Una historia

mirco rossi

Echo una última mirada a la habitación en penumbra antes de cerrar la puerta con cuidado. Mis tacones no hacen ningún ruido sobre la moqueta del pasillo, iluminado por luces indirectas y flanqueado por una docena de puertas idénticas a la mía. Mientras paso entre ellas me pregunto por las historias que habrá detrás, quizá hombres de negocios, parejas de turismo en la ciudad abrumada de calor, solitarios en busca de compañía.

Pulso el botón de llamada del ascensor y espero, mirando mi reflejo en la puerta de metal. Ya me he observado una y otra vez ante el espejo, pero siempre cabe la duda de si el aspecto será el adecuado, si me habré pasado o quedado corta. El vestido negro con flores blancas se ciñe sin mostrar demasiado, aunque en algún momento posiblemente el escote se abra un poco para dejar ver el sujetador de satén rosa. El collar y los pendientes a juego tintinean leves con cada movimiento. Nada permite adivinar que bajo el vestido se aprieta un corsé negro que a altas horas de la noche caerá al suelo de mi habitación…

Una oleada de calor me corta la respiración al salir a la calle desde la frescura del hotel, y aprieto el paso para llegar a la cercana cafetería donde se va a producir el encuentro. Es un local sin nada de particular, escaso de clientela a esta hora de la tarde. Echo una ojeada, parece que aún no ha llegado, o por lo menos no hay nadie a la vista que se parezca al hombre que sólo he visto en fotografías. Me siento a una mesa junto a las ventanas, al menos podré verle antes de que entre; el camarero me pregunta qué quiero y le pido mecánicamente una cerveza.

Cuando me la traen le doy algunos sorbos y agradezco su frescura, aunque en realidad casi habría dado igual cualquier otra cosa porque mi cabeza es un caos: me pregunto si vendrá o habrá ocurrido algún imprevisto, si todo saldrá bien, si los nervios del principio me harán decir alguna tontería o reírme a destiempo.

Me empiezo a preocupar ligeramente, ya hace algún tiempo desde que recibí su mensaje: ve preparándote, ya he llegado. Sé que tiene la dirección y sabe la forma de venir, pero puede que el tráfico haya jugado una mala pasada, o que esté intentando jugar con la situación. Ha dado resultado, si es así: me doy cuenta de que me siento más excitada por momentos.

No he dejado de mirar por la ventana, por eso la sorpresa es mayor cuando una mano se posa suavemente en mi hombro. Me giro y le veo de pie a mi lado, sonriéndome. No hace falta decirlo, sé que me ha reconocido, pero aun así afirma más que pregunta ¿Anaïs?

Se sienta frente a mí, pide otra cerveza. Hablamos de muchas cosas, lugares comunes y otros no tanto, aunque nada de lo que no se pueda hablar en público. Pero de pronto, casi en mitad de una frase, me mira a los ojos, y en voz muy baja, fuera del alcance de los oídos de los pocos clientes de la cafetería, me da una orden. Me levanto y voy hacia el baño. Empieza el juego.

Imagen: Mirco Rossi

¿Qué crees que pasaría…

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… si tú y yo trabajáramos juntos?

Naturalmente, seríamos discretos; nadie podría nunca imaginar que fuéramos otra cosa que unos buenos amigos, quizá de esa clase de amigos superficiales que se hacen en el trabajo. Sin embargo, si alguien se molestara en mirarnos con un poco de detalle, probablemente podría darse cuenta de que algo parecido a una corriente eléctrica, un flujo submarino, llena el espacio entre nosotros cuando estamos cerca.

A lo mejor, observando con cuidado, verían que si nos encontramos en el ascensor nos saludamos como todos los días, y nos situamos el uno al lado del otro, tú mirando los titulares del periódico, yo enfrascada en leer un mensaje en el teléfono; pero sólo unos centímetros más abajo, mi otra mano, a salvo de indiscreciones gracias a la multitud que llena el ascensor, se pasea por encima de tus pantalones, como quien no quiere la cosa, un toque suave pero suficiente para notar tu polla endurecida…

También, si alguien se atreviera a mirar ese mismo mensaje de mi teléfono, leería el que tú me has mandado mientras venías de camino a la oficina; tus verdaderos buenos días, alguna frase obscena y tierna al mismo tiempo. Puede que te lo conteste durante la mañana de la misma forma, o puede que te envíe un email, con un escueto “Últimos balances” en la línea del asunto pero con un contenido mucho más comprometedor, rezando en mi interior para que nadie de la empresa, como alguna vez han dicho por ahí, nos lea los correos…

Y si alguien pudiera esconderse debajo de la mesa en esas aburridas reuniones en las que a veces coincidimos, a lo mejor se daría cuenta del auténtico motivo por el que siempre nos sentamos frente a frente: para que mi pie descalzo pueda subir por tu pantorrilla, poniéndote nervioso frecuentemente en el preciso momento en el que tienes que hablar delante de todos; o, estirándolo un poquito más, incluso rozarte en ese mismo sitio en donde por la mañana se entretuvieron mis dedos…

Probablemente, alguna de mis compañeras de despacho se echaría las manos a la cabeza si supiera que te he llamado por teléfono para pedirte que vengas con alguna buena excusa, y unos minutos antes de que aparezcas he estado en el baño para quitarme las bragas, que te daré metidas en un sobre…

Y seguramente a nuestros jefes no les haría ni la más mínima gracia si supieran que muy de vez en cuando, en las horas del almuerzo, desaparecemos para todos y nos escondemos en un cuartito de archivo donde nunca entra nadie, para devorarnos a toda prisa, vestidos y calzados, intentando que nuestros gemidos no se oigan, mordiéndonos los labios para no gritar de gusto, recomponiendo como podemos la ropa arrugada y sabiendo que hasta el último de nuestros poros huele a sexo…

Pensándolo bien, probablemente es mucho mejor que tú y yo nunca trabajemos juntos.

Otra vez

Foto: www.indman.ru

Foto: www.indman.ru


Otra vez los nervios.

Mientras subo la escalera por delante de él, me pregunto si se habrá dado cuenta de que me tiemblan las piernas. Igual que aquel otro día de hace ya tanto tiempo. No nos hemos dicho gran cosa, sólo alguna frase de puro trámite después de unos besos en la mejilla, cohibidos todavía.

La otra vez yo le esperaba tras la puerta, en cambio ahora hemos entrado los dos al tiempo, él aún detrás de mí, pero el ritual es el mismo. Dejo caer el bolso al suelo, cierro los ojos, me dejo estrechar en sus brazos. Se me pierden las manos entre su pelo. Pasa un buen rato hasta que sus labios buscan los míos, de momento sólo nos abrazamos, con el asombro de que esto que parecía imposible esté sucediendo. Estrecho otra vez su cintura que tan bien recuerdo y dejo resbalar mis manos por su espalda, dejando que mis nervios se transformen, gozando de la sensación de volver al hogar de su cuerpo.

No tenemos prisa, aunque cuando la tarde acabe parecerá que no ha pasado el tiempo. Me dejo llevar de la mano hasta la cama, que se adivina grande a la escasa luz que entra por la persiana. Nos tendemos, totalmente vestidos aún, sólo besándonos. Pero ahora dejando que las manos se vayan atreviendo por debajo de la ropa, reconociendo la piel que acariciaron tiempo atrás, tanteando los signos de la excitación que se abre paso casi con vergüenza, pero imparable ya. Las prendas desaparecen poco a poco, cuando nos damos cuenta están en el suelo a los pies de la cama, hechas un montón informe, y nosotros estamos desnudos y abrazados como si el tiempo no hubiera pasado desde la primera vez.

No hay ansiedad ni prisas. Todo lo que hacemos nos lleva a un solo camino, pero sólo cuenta disfrutar el trayecto. No se sabe cuánto nos demoramos en recorrer con manos y labios nuestros cuerpos cubiertos de sudor, o en besarnos sin pensar en nada más que en la calidez de la boca del otro. En algún momento, casi sin darnos cuenta, su lengua ha interrumpido su paseo por mi cuerpo y se ha parado en mi sexo, dejándome exhausta pero ansiosa de tenerle dentro: los dos sabemos cómo, él sobre mí, ambos abrazados imposiblemente cerca, moviéndonos muy despacio. Todo el mundo concentrado en ese punto donde los dos cuerpos se hacen uno solo, una unión tan cercana y tan íntima que trasciende el sexo.

Poco a poco regresamos al mundo real y las manecillas del reloj vuelven a tener sentido. Nos despediremos con un beso, quizá hasta pronto, regresaremos cansados, agradecidos, con la sensación de haber pasado unas horas en otro mundo, en una geografía hecha de pieles y deseos.

Verte

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De pronto me había quedado sin palabras: qué sensación de irrealidad tan fuerte cuando la realidad se presenta ante ti, viva y palpable, en vez de consistir en píxeles más o menos coloreados, hechos imagen o palabra. Pero por eso quería verte, aunque fuera sólo un momento robado con cualquier excusa durante un viaje fugaz que te había acercado a mi lugar tan lejano. Te había pedido que hicieras real para mí una fotografía, que convirtieras en carne lo que hasta ese instante eran sólo líneas, y te habías prestado a mi capricho, caprichosa a tu vez o curiosa de saber cómo era el que tras mis palabras se ocultaba.

Nadie hubiera pensado que bajo el vestido tan simple se escondiera un cuerpo ataviado para el deseo. Sólo los zapatos de tacón, demasiado abiertos y demasiado decorados como para resultar cómodos, delataban una intención maliciosa. No te invité a pasar, no hacía falta: cada punto del guión de aquella tarde calurosa estaba acordado de antemano. Me seguiste hasta mi dormitorio, te quitaste tú misma el vestido. Me miraste.

Eran los mismos que yo conocía el tanga negro y el corsé ceñido casi hasta el ahogo, y ahora quedaban explicados los zapatos que conducían la mirada de mis ojos por el camino de tus piernas. Pero no era ese el trato, así que tú misma fuiste hasta la cama, te tumbaste boca abajo, doblaste una pierna para facilitar mis maniobras. Yo tomé delicadamente la finísima tira de tu tanga y la enganché con un tacón del zapato, y me alejé para contemplarte. La fotografía estaba viva bajo mis manos, la sentía respirar con más rapidez de lo normal, quizá con miedo, quizá excitada. Ahora veía otros detalles que quizá no estuvieran en la foto original, o a lo mejor estaban pero la cámara no podía captarlos: un rastro de sudor en la parte más baja de la espalda, la ternura de la carne allí donde era presionada, el calor que desprendía.

Estuve así un tiempo, no sé si segundos o minutos, en algún sitio suspendido más allá de la habitación cerrada. No sabía si la posición te resultaba cómoda, o si te sentías cohibida por mi escrutinio. Volviste un momento la cabeza y me miraste, interrogándome sin decir nada. Me acerqué a la cama, desenganché la tira del tanga dejando caer tu pierna, y posé mi mano, suave pero segura, en el espacio oculto entre tus muslos.

Ella me espera

Foto: China Hamilton
Foto: China Hamilton

Llevo un rato asomado a la ventana de la habitación. Acaba de anochecer, y desde esta altura tengo una excelente vista de la ciudad iluminada. A mis espaldas, oigo un suave gemido; me vuelvo y la veo a ella mirándome con una suave interrogación en la mirada. A lo mejor pensaba que me había olvidado de ella, pero quién podría dejar de tener presente su cuerpo tendido sobre las sábanas, iluminado sólo por la luz lejana que se escapa por la puerta del baño entreabierta, cautelosamente quieta aunque con la espalda tensa, quizá algo incómoda por las manos atadas sobre su cabeza.

En realidad podría desatarse con toda facilidad si quisiera, sólo la retienen unas leves cintas, sólo una lazada que podría deshacer con un tirón la impide cambiar de postura. Pero no tiene ninguna intención de hacerlo, porque sabe que ese sencillo gesto haría acabarse el juego, y ella quiere que el juego dure tanto tiempo como los dos podamos resistirlo.

Así pues, aunque me ha esperado desnuda como le pedí, yo sigo vestido y no me doy ninguna prisa en acercarme a la cama. Sólo la he tocado para atar las cintas; ni la he besado, enlazando mi lengua con la suya como a ambos nos gusta, ni he pasado un dedo por los labios de su sexo para comprobar, aunque ya lo sé de antemano, lo mojada que está, ni he pellizcado sus pezones que bajo mis manos se convierten en dos fresas rosadas y duras. Simplemente me siento en un sillón, a los pies de la cama, y lenta y deliberadamente le cuento punto por punto todo lo que voy a hacer en los siguientes minutos, no sin antes ordenarle que abra las piernas, para que sea consciente de que la estoy mirando.

Parece que mi narración ha hecho el efecto esperado, puesto que oigo su respiración acelerada y más de una vez la he visto retorcerse. No dice nada, quizá temerosa de que sus palabras no lleguen en el momento adecuado. Ahora me levanto y me desnudo, con toda la lentitud de la que soy capaz.

De rebajas

Ya han pasado las Navidades, y las luces y adornos navideños de las calles han sido sustituidos por un sinfín de carteles de todos los colores que rivalizan por ofrecer más descuentos que ninguna otra tienda. Hoy, mientras vuelvo a casa por una céntrica calle peatonal, intento no darme por enterada de las tentaciones que me llaman desde los escaparates, pero al pasar por uno de ellos, llamativamente dispuesto como los demás, no puedo por menos de pararme y entrar a mirar si hay algo que merezca la pena.

No por nada esta es mi lencería favorita. En parte es tienda de ropa interior, y en parte es un sex shop, pero dispuesto con delicadeza y buen gusto. Hoy sin embargo no busco juguetes, sólo algún conjunto nuevo que, ya estoy pensando en ello, pueda llevar la próxima vez que nos veamos.

Al principio la variedad de la oferta es casi mareante: desde los expositores me llaman prendas de todos los colores, no sólo blanco o negro; rojo, morado, rosa, azul; rasos, sedas, gasas; prendas más o menos delicadas, de firme cuero o de encajes que parece que van a romperse en las manos. Pero todas con algo en común: no sirven para cubrir o proteger, sino ante todo para exponer, ofrecer y seducir.

Después de deambular un buen rato por la tienda, tocando texturas y mirando precios, me acabo decidiendo por un conjunto de seda rosada, con encaje y cintas negras que dibujan un entrecruzado como las tiras de un corsé. El sujetador muy armado, hecho para realzar, contrasta con la ligereza del tanga, apenas un trozo de tela con cintas. Me dirijo a la dependienta para decirle que quiero probarme el sujetador y me conduce a los probadores, al fondo de la tienda.

Hay dos, y cada uno, aunque pequeño, sigue el mismo estilo decorativo del resto de la tienda: lamparitas con pantalla de seda, una banqueta tapizada, espejos barrocos, colgadores con perchas de cristal. Una gruesa cortina me aísla de la vista ajena, y la dependienta, después de advertirme que puedo avisarla tocando un timbre, cierra el acceso al probador con un ancho cordón de seda.

Fuera, oigo las risas de varias chicas que estaban mirando camisones, puede que para regalárselo a alguna amiga que va a casarse. La cortina aleja los sonidos y me da una intimidad que resulta cómoda. Me desnudo de cintura para arriba, ajusto los tirantes del sujetador, me lo pongo y me contemplo en el espejo: no sin motivo estos escotes se llaman balconet, mis pechos se levantan altivos y realzados, tentadores para tus manos. Me pongo a imaginar si te gustará cuando lo veas, si querrás quitármelo de inmediato o preferirás que lo lleve puesto todo el tiempo, simplemente apartándolo para acariciarme los pezones.

La idea me excita tanto que, sin pensármelo dos veces, me quito el resto de la ropa quedándome sólo con el sujetador, saco del bolso el móvil, me hago una fotografía y te la envío con un mensaje: “¿te gusta lo que me he comprado?”. Me miro casi desnuda en el espejo, pienso en ti recibiendo la foto y mirándola a hurtadillas en el despacho, imagino cuánto te gustaría poder estar espiándome a través de la cortina, o mejor aún, metido conmigo en el reducido espacio del probador, quizá sentado en la banqueta, cogiéndome con tus manos por las caderas y acercando tus labios a mi sexo; quizá de pie, arrinconándome contra la pared, mientras tus dedos se abren paso en mi interior y yo juego con las manos por dentro de tus pantalones, espoleados por la prisa y el riesgo de que nos encuentren…

Cuando voy a pagar, hay un chico atendiendo la caja. Me mira sonriente, y yo, pensando en mis mejillas ruborizadas, me acaloro todavía más. Me cobra el conjunto y me lo tiende en una bolsita rosa y negra.

-Aquí tienes, que lo disfrutéis…

Imágenes: Patrick Demarchelier, Ellen von Unwerth, Mario Sorrenti

Sus manos

Abrí la puerta de cristales del local, me metí en su cálido ambiente de suelos de madera, miré a mi alrededor buscando a un hombre con traje, y una voz me llamó…

“Anaïs…”

La suerte estaba echada…

… Las instrucciones habían sido precisas, y yo las había seguido al pie de la letra. Un primer encuentro en una cervecería frente al hotel, sólo cruzar la calle adoquinada y rebosante de gente a esa hora del mediodía. Llevaría puesta una falda amplia, una camiseta y medias. Un abrigo encima, y debajo de todo ello, nada… salvo un pequeño detalle.

Hacía bastante frío en el exterior, pero yo no lo notaba. Llegué al punto de encuentro sorteando los charcos de la lluvia reciente y el tráfico de la céntrica calle. Dentro no había a la vista nadie más que la camarera tras la barra y él, sentado ante un barril que hacía las veces de mesa y de espaldas a un ventanal. Ni siquiera se había quitado el abrigo y yo tampoco lo hice. Me senté a su lado en un taburete alto. Quedamos frente a frente, nos miramos lo justo como para asegurarnos de que cada uno era el que el otro esperaba, y cumplí el siguiente punto de las instrucciones: me acerqué a él y busqué su boca con la mía, exploré sus labios y su lengua, me bebí su saliva y su aliento. Era como si hiciera meses que no había besado a nadie. Por fin nos separamos y recobramos la compostura.

-Madre mía…

Reparé en que sobre el barril me esperaba la cerveza que le había dicho previamente que me pidiera. Chocamos los vasos, bebimos un trago. Volvimos a besarnos. Apenas habíamos cruzado cuatro palabras. El barril ocultaba la parte inferior de nuestros cuerpos a la mirada de la camarera, y yo me preguntaba si alguien podría ver algo desde la calle. Pero me daba igual, en esa ciudad no me conocía nadie…

Se acercó a mi oído: -Quítatelas.

-¿Por qué no me las quitas tú? -contesté.

No se hizo de rogar: aventuró una mano entre mis piernas, mirando de reojo por si la camarera, enfrascada en sus vasos, podía notar algo raro. Yo miraba las manos de él. Tenía mucho calor.

Levanté el cuerpo ligeramente del taburete para facilitarle la maniobra y no tardé en sentir sus dedos jugando con mi sexo, sin prisa pero sabiendo lo que buscaban. Jugó un momento a meterlos y sacarlos. Yo intentaba permanecer impávida, tomando un sorbo de cerveza mientras miraba la calle por encima de su hombro. Pero no es fácil quedar indiferente cuando unos dedos de hombre entran dentro de ti y toman lo que te ha pedido que le prepares. Por fin pude ver emerger su mano entre mis piernas, con las bolas chinas en la palma, totalmente húmedas, como él y yo sabíamos que estarían. Tan húmedas como se ponía siempre mi sexo desde la primera ocasión en que había oído su voz.

Tal como las había sacado, volvió a dejarlas donde estaban. Se acercó de nuevo para besarme, y aún le dije:

-¿Estás seguro? Todavía puedes salir corriendo…

Por toda respuesta, tomó mi mano y la puso sobre sus pantalones.

-Y tú, ¿quieres salir corriendo?

-No -contesté con mis labios ya pegados a los suyos.

Frío

La neblina que veía esta mañana por mis ventanas no engañaba: nada más salir del portal de casa, una ráfaga de aire helado, cortante como un cuchillo, envuelve mis piernas, sólo cubiertas por unas medias que son un arma inútil contra la humedad que sube de los adoquines. Llevo el abrigo completamente cerrado y me subo aún más el cuello con las manos, añorando el calor de unos buenos pantalones de lana.

Por suerte el camino es corto, pero aun así estoy aterida cuando llego a la puerta del edificio donde trabajas y toco el timbre. El rellano aún está frío, pero voy entrando en calor según subo la escalera. Me abre la puerta un compañero de tu oficina, le digo que tengo cita contigo aunque no es cierto, ruego interiormente no venir en mal momento. Me pide el abrigo pero no acepto, lo que me vale una mirada curiosa ya que en la oficina hay aire acondicionado. Se encoge de hombros y se va. Entro en tu despacho y cierro la puerta.

-Hola, no te esperaba.
-Lo sé. ¿Molesto?
-No, aunque en una hora tengo visita.
-Será suficiente.
-Vale, anda, siéntate.
-No, estoy mejor de pie.

Hasta ese momento he estado parada frente a la puerta, ahora voy hacia tu mesa, la rodeo y me apoyo en ella. Ya no llevo las solapas del abrigo subidas, así que puedes ver entre sombras un trozo de piel aún algo erizada. Tu mirada sigue la ruta que le marca el escote del abrigo, baja resbalando por el cinturón y llega hasta el bajo ligeramente abierto, por el que asoman mis piernas envueltas en medias negras. Un movimiento de éstas, al apoyarme en la mesa, abre algo más el abrigo y revela una franja de un negro más intenso: la liga de las medias. Ya las conoces, son esas con el lazo que se sujetan solas. Pero también revela que no hay nada que las cubra: levantas los ojos para interrogarme con la mirada. Yo sólo sonrío y desato el cinturón: en efecto, no hay nada debajo de la prenda.

No hago más que eso, todavía; te dejo vagar la vista por la piel blanca, más pálida aún por el frío y el contraste con el abrigo y las medias negras; el surco entre los pechos que han quedado tapados por la tela, la línea hacia el ombligo y el vientre que tantas veces has recorrido con la yema de los dedos; el monte de Venus completamente depilado como a ti te gusta; los labios de mi sexo pudorosamente cerrados entre mis piernas cruzadas; la piel aún algo aterida.

Cambio ligeramente de postura y acerco lentamente una mano al vértice escondido bajo el pubis. Por fría que esté mi piel, yo sé, y tú sabes, que mis dedos encontrarán una suave tibieza. La parte superior de los muslos está húmeda y los labios se entreabren dispuestos a la caricia. Acercas tu silla hacia mí e intentas unir tu mano a la mía, pero te hago un gesto para detenerte antes de que llegues a tocarme: ahora sólo quiero que me mires.

Aparto unos papeles sobre la mesa y me siento encima, con las piernas abiertas; abro también por completo el abrigo, aunque sin quitármelo del todo, si bien en este momento no me haría ninguna falta ya. Con toda la deliberación del mundo paseo mis dedos por el cuello, el escote, la piel tan suave de los senos; acaricio, haciendo círculos, las areolas, hasta que los pezones quedan duros, como cuando tú los rozas con tu lengua, estirándolos un poquito entre tus dientes; continúo por el talle sereno y el vientre ya enardecido, atrayendo mi mano, como un imán, hacia el sexo abierto, impúdico ante tu mirada, provocando tu deseo y gozando de saberte provocado. Estallando allí mismo, delante de tus ojos.

Cuando abro los míos sigues ahí, esperándome interrogante. Bajo de la mesa, voy hacia ti, con las manos en los apoyabrazos de la silla te beso suavemente, a punto de repetir con mis labios, sobre tu cuerpo expectante, la ruta que minutos antes tracé con mis manos sobre mi propio cuerpo. Mientras empiezo a desabrocharte la camisa, aún recuerdo que quería decirte algo.

-Feliz Navidad, amor mío.

Foto: Nikola Borissov

A escondidas

Para ti.

Nadie lo diría viéndome sentada a mi mesa de la oficina, aparentemente tranquila y concentrada en la montaña de papeles que delante de mí decrece lentamente. Pero una actividad subterránea e invisible para mis compañeros de trabajo surge de mis dedos y continúa ante mis ojos: un intercambio de mensajes que van haciéndose progresivamente más intensos hasta que, mediada la mañana, llega el más esperado.

“Vete al baño y mastúrbate”.

La puerta de los aseos está muy cerca de mi mesa, así que es un camino corto, pero lo recorro creyendo, aunque no sea así, que tengo todos los ojos fijos en mi espalda y que todo el mundo sabe a qué voy allí. Abro la puerta, un breve pasillo. Hay tres aseos, uno de hombres y dos de mujeres, vaya usted a saber por qué motivo. Entro en el más alejado, cierro con pestillo pero no enciendo la luz. A tientas me bajo los pantalones hasta las rodillas, con una mano subo el suéter y lo sostengo bajo el pecho, la otra se pierde siguiendo una ruta bien conocida por debajo de las bragas. Los labios de mi sexo parecen engañosamente cerrados, pero al contacto de mis dedos se abren como una flor colmada de rocío que no tarda en empaparlos mientras, ora se pierden en mi interior, ora acarician ese pequeño botón que hace un minuto permanecía escondido entre sus pliegues y ahora sobresale hinchado y desafiante.

Un ruido me sobresalta, alguien ha entrado en el aseo contiguo. Pero no por eso dejo de tocarme, mordiéndome los labios y tragándome los gemidos que a duras penas consigo reprimir. Sigo a oscuras, sólo una ligera claridad se filtra bajo la puerta, pero aun así cierro los ojos y lo imagino a él, delante de mí mirando lo que hago y diciéndome cuánto le gusta verme y lo que me va a hacer en cuanto acabe. Como si viniera de muy lejos oigo un poco más allá los ruidos que confirman que estoy otra vez sola en los aseos, se me pasa por la cabeza que ya llevo mucho rato allí. Ahora mismo no importa. Subo ligeramente el tono de mis jadeos, y dejo que un ligerísimo ay se escape de entre mis labios, arqueo el cuerpo, me tiemblan las piernas, me corro en mi mano que ahora huele a mar, a sal y a mujer saciada.

Háblame sucio

Hola, guapa. ¿Cómo estás? Sorprendida, ¿eh? Mira, me acordaba de ti y me he dicho, voy a llamarla. ¿Has pensado en mí estos días? Mmmm, eso me gusta, lo sabes… ¿Dónde estás ahora? Yo sentado en el sofá, sí. ¿De pie? ¿No estás incómoda? Sí, mejor en la cama. Te espero. ¿Ya? Dime, ¿qué llevas? Ese albornoz blanco que usas para estar en casa, ¿verdad? ¿Y debajo? ¿Nada? ¿En serio? Pues para eso casi mejor ábrelo… muy bien, eso, quítatelo. Así. Eso, tendida en la camita y desnuda…

¿No tienes frío? Me alegro. Ya sabes que me gustaría ahora mismo tocar esa piel tan suave que tienes después de la ducha y ese olor… Sí, tan suave, compruébalo tú misma, acaríciate el pecho despacito… eso es… me gusta oír cómo se te acelera la respiración… ahora un poquito más intenso. Así. Cógete un pezón con los dedos y estira un poquito… un poquito más. ¿Se pone duro, a que sí? Cómo querría lamértelo con la punta de la lengua, así tan duro y grande como se te pone… estirarte un poquito con los dientes… sí, mujer, sin hacerte daño… así, hazlo como yo te lo digo.

¿Te estás poniendo muy caliente? A ver, baja la mano por entre los pechos. Baja, baja más, entre las piernas… ¿Estás ya mojada? ¿Mucho? Métete un dedo y dime a qué sabe… ¿Sí? Mmm, si estuviera ahí te pasaría la lengua entre los labios del coñito… te saborearía toda y no dejaría nada… toda para mí… ¿Te tocas? Eso es, ahora métete dos dedos, imagínate que te estoy follando, piensa en mi polla entrando y saliendo de ese coñito tan húmedo… Se me pone durísima de pensarlo… Claro que me estoy tocando yo también, imaginando lo mojada que estás ahora mismo por mí, ¿verdad?

Sigue, sigue tocándote, me encanta oír cómo jadeas… dime que quieres tenerme dentro… que quieres mi polla… claro que la vas a tener, zorrita mía… cómo jadeas… así, córrete, córrete, venga… así… ¿Ya? Mmmm, qué gusto imaginarte así relajada… ¿Sí, tienes los muslos mojados? ¿Y la mano? Cómo me gusta ese olor… pero no pares ahora, continúa tocándote. ¿Que no puedes? Claro que sí, tócate más suave, pero no pares, quiero que te corras otra vez… casi puedo oír el sonido de tus dedos en toda esa humedad… Piensa en la próxima vez que follemos, cómo te voy a poner a cuatro patas, te la voy a meter y te voy a penetrar bien fuerte, vas a gritar salvajemente, eso es, como te gusta… vas a sentir mi polla metida hasta el fondo de ese coñito… sí, y mis dedos en tu culo… te gusta que te lo diga, zorrita, vas a correrte pensando en cuánto te gusta que te folle… que te hable sucio… muy sucio…

Foto: Redmonolithe

Plaza libre

No suele gustarme dejar el coche en aparcamientos subterráneos. Normalmente tienen techos bajos, ambiente agobiante y unas plazas estrechísimas que siempre temo que no me dejen suficiente espacio para maniobrar sin darle al coche de al lado o a una columna. Pero hoy ha habido suerte y he encontrado una plaza amplia muy cerca de la entrada.

Memorizo el sitio, no sea que luego tenga que estar un rato dando vueltas para encontrarlo (ya he dicho que los aparcamientos no son lo mío…). Me dirijo hacia la salida, que resulta estar bastante lejos de mi plaza. No está muy lleno, sólo se ve algún coche aquí y allá, no más de dos o tres juntos.

Unos metros a mi izquierda diviso un automóvil negro aparcado en un lugar aislado. Una de las luces del parking se refleja sobre el parabrisas, y borrosamente, distingo que hay alguien sentado en el asiento del conductor. Me desvío de mi camino discretamente y vuelvo a mirar desde un sitio donde ya no molesta el reflejo: sí, hay un hombre sentado, parece estar leyendo un periódico.

Más resueltamente, me dirijo hacia allí. Mis zapatos de tacón resuenan en el suelo sintético, donde las marcas blancas que delimitan las plazas parecen señalarme la ruta. No se ve ni se oye a nadie más que a mí y al hombre del coche negro. Alcanzo su plaza, me agacho y miro por la ventanilla del acompañante. El hombre me devuelve la mirada sin expresión, sin sobresalto. Sus ojos se posan sobre mi escote, que desde ese punto de vista debe resultarle muy notorio. No dice nada, ni hace ningún gesto. La puerta tiene el seguro quitado. La abro, entro en el coche. Pongo el seguro.

Dentro, es como estar en una pecera aislada del exterior. Tiene puesta la radio en alguna emisora de noticias, pero casi no se oye. La pequeña luz sobre el retrovisor, que obviamente estaba usando para leer, resulta algo molesta. La apago. Aún no hemos dicho nada.

Muevo el cuerpo para acomodarlo en el asiento, quizá demasiado rígido y demasiado cerca del salpicadero. Me sitúo de cara hacia él, que ha doblado el periódico y lo ha dejado en la parte de atrás, y parece estar esperando mi próximo movimiento. Doblo las piernas un poco para situarlas mejor, el vestido se me levanta unos centímetros. Le miro a la cara mientras extiendo la mano hacia él, y la mano encuentra su sitio sin buscarlo, posándose con toda naturalidad sobre la cremallera de su pantalón.

Él baja la vista hacia mis dedos, que se han adaptado al bulto que se dibuja más que evidente bajo la tela. No me muevo todavía, él sube la mirada por mi brazo y vuelve a posarse sobre mi escote. En esta posición es más obvio el surco entre mis pechos, y también es obvia la respiración que se agita bajo ellos, aunque aún callada. No hace nada más, aunque la carne bajo mi mano tiene vida propia, palpita y crece. Atiendo a su muda llamada y, ayudándome de la otra mano, suelto el botón, bajo la cremallera y le libero.

Aunque la distancia entre los asientos no es mucha, la palanca del cambio y el freno de mano dificultan el contacto, pero no propongo que nos vayamos detrás; seguimos mudos, aunque él ha empezado a jadear al sentir mis manos sobre su piel, apartando la ropa que incomoda, investigando y acariciando su vientre, sus testículos, la piel de su sexo imposiblemente suave que se rebulle en mis dedos. Me inclino hacia él para tomar posesión de su carne entre mis labios, en mi lengua, dentro de mi boca.

Los jadeos han subido de tono, aunque seguramente en el solitario aparcamiento no puedan oírse. Probablemente ya estén las ventanillas empañadas, y mi ligero vestido se me antoja un estorbo insoportable. Ajusto los movimientos de mis manos y mi boca, acompaso mi velocidad a la que marcan sus gemidos, aprieto más cuando le siento ansioso y aumento el ritmo cuando la tensión de su cuerpo y sus dedos enredados en mi pelo lo piden.

Finalmente, disipada la tensión, calmados los gemidos, vuelvo a levantar la cabeza y le miro mientras con la yema de un dedo recojo una gota que resbala por mi barbilla. El hombre me sonríe por primera vez, se inclina hacia mí y aventura una mano entre mis piernas.

-Sin bragas, como te pedí. Así me gusta, que me hagas caso…

Foto: RBenson (deviantart)

Suavidad

Esta podría ser la segunda parte de El sofá. Al menos lo inspiró la misma persona.

Íbamos andando por la calle, un día especialmente nublado y frío. J me propuso subir a su casa y acepté sin pensarlo dos veces: ya hacía tiempo que no nos veíamos a solas y ambos podíamos percibir claramente el deseo transpirando la piel del otro.

En el ascensor, se pegó a mí hasta arrinconarme en una esquina, metió una mano bajo mi falda y tanteó los bordes del tanga, metió los dedos por la parte de delante, jugueteó con el vello del pubis. Retiró la mano sonriendo con picardía, como si se le hubiera ocurrido algo muy gracioso.

Ya en su casa, me hizo pasar al salón y sentarme en el sofá negro que tan bien recordaba de alguna otra vez. Se arrodilló ante mí y me quitó los zapatos. Empezó a masajearme los pies, cosa que agradecí porque los tenía muy fríos. Después, con manos suaves pero firmes, ascendió, muy despacio, por las pantorrillas.

Lejos de relajarme, me sentía cada vez más excitada. Sobre todo cuando el masaje, tras un rato que se me hizo eterno, llegó a las rodillas. Fue levantando la falda, lo justo para no estorbar sus movimientos, un poquito más arriba cada vez. Me hizo abrir un poco más las piernas, me quitó las medias. Me desabrochó la falda y la sacó tirando hacia abajo, haciéndome incorporar un poco. Después tomó delicadamente el tanga por sus bordes y lo bajó por las piernas. Se quedó enredado en mis tobillos.

Entonces J se levantó y me contempló, desnuda de cintura abajo, abierta para él, con el sexo y los muslos perlados de humedad. Aún estaba vestido, aunque yo suponía que no por mucho tiempo, porque era más que evidente su excitación. Pero suponía mal: dio media vuelta y salió del salón, para volver al momento cargado con varios objetos que dejó en el suelo ante mí. “Levántate”. Así lo hice; puso una toalla doblada en el sofá y me indicó que me sentara de nuevo. Tomó una brocha de afeitar y la mojó en un barreñito con agua, para seguidamente pasarla entre mis piernas.

El contacto de la brocha con mi sexo me hizo arquear el cuerpo, como si toda la impaciencia que sus manos me habían hecho sentir se hubiera acumulado allí. Pero él siguió imperturbable humedeciendo la zona con agua, y yo decidí dejarme hacer y concentrarme en las sensaciones.

Después, vino el jabón. Notaba la brocha subiendo y bajando, haciendo círculos por el monte de Venus, los labios mayores y algo más abajo. Estuvo pasando la brocha mucho más rato de lo necesario, y cada vez que me rozaba el clítoris daba un respingo. El jabón me producía una sensación extraña, fresca y picante a la vez, una especie de suave escozor. Finalmente, debió suponer que ya había suficiente, dejó de enjabonar y poco después percibí el primer contacto de la cuchilla.

La pasó despacio por toda la zona, tirando de la piel con una mano mientras la otra rasuraba, registrando bien todos los pliegues, con cuidado para no cortarme. A la vez pasaba los dedos por las partes ya afeitadas e insistía en algunos sitios. Supuse que había acabado cuando volví a sentir la brocha, esta vez sólo con agua, para retirar los restos de jabón. Por fin me secó con otra toalla y me tendió un espejo de mano. “Por si quieres ver cómo ha quedado”.

Puse el espejo ante mi sexo, ahora perfectamente suave y sin un solo vello, pero también evidentemente ansioso, hinchado y ardiente. Me retiró el espejo de las manos. “Y ahora un poco de crema, no sea que se irrite”. Tomó un pellizco de crema de un bote y con dos dedos la extendió por el pubis y los labios exteriores, con movimientos suaves y deliberados.

Yo me sentía cada vez más blanda, todas las sensaciones de mi cuerpo concentradas en aquellos escasos centímetros, ahora completamente expuestos y sensibles. La humedad no tardó en manar en gotas blancas y translúcidas que él tomó con la yema de sus dedos y esparció como si hubiera sido la crema que antes me puso para suavizarme. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza en el respaldo del sofá. En aquel momento podía hacerme lo que quisiera, lo que se le ocurriera, toda yo estaba concentrada en aquella piel rosada e hinchada, flor mojada de lluvia. Dejé de saber dónde estaba cuando sentí la punta de su lengua acompañando a sus dedos, acariciándome el clítoris con toda la lentitud del mundo, haciéndome olvidar de todo, allí, en su sofá, sobre una toalla…

Foto: Didier Carré

La puerta 15

Como sigo algo perezosa, estos días -que de todas formas estaré desaparecida- dejaré algunos antiguos posts de A escondidas. Además, alguien demasiado delicado ha presentado una queja ante Blogger y ahora se le considera un sitio “dudoso”, así que me traigo aquí una parte, sin censuras.

A este relatillo en particular, a pesar de su ingenuidad, le tengo bastante cariño. Se me ocurrió al ver la foto de arriba, así que ninguna otra le cuadraría mejor.

Llevaba una semana viviendo en mi nuevo apartamento cuando me crucé por primera vez con mi vecino de la puerta de al lado. Coincidió que salíamos los dos a la vez de nuestros pisos, cruzamos las miradas, esbozamos sonrisas de compromiso. Él bajó la escalera detrás de mí. Al llegar a la puerta de la calle, se adelantó para abrírmela.

-Hasta luego, vecina -me dijo mientras pasaba por su lado.

A partir de entonces me lo encontré con alguna frecuencia, siempre en el rellano o en la escalera. Me sonreía, cruzábamos algún saludo o algún comentario sobre el tiempo. Parecía algo más joven que yo, solía llevar vaqueros y camisas sueltas y lucía un flequillo siempre despeinado que le daba cierto aire travieso.

Las ventanas de mi salón, si es que se puede llamar así a la habitación que hacía de cuarto de estar, comedor y estudio todo-en-uno, daban a un patio interior, afortunadamente bastante luminoso, por el cual me enteré, al poco de llegar al piso, de toda la vida y milagros del resto del vecindario, merced a los comadreos que podía oír perfectamente incluso con las ventanas cerradas. Las de mi vecino, supuse, serían las que quedaban al lado de las mías, formando un ángulo recto, pero solían estar cerradas y con las persianas echadas. Sin embargo, al cabo de unos días empecé a verlas abiertas de vez en cuando, normalmente a altas horas de la noche, cuando yo aprovechaba para estudiar o leer gracias a la disminución de los ruidos que llegaban a mi salón. Unas cortinas oscuras, sin embargo, me velaban la visión del interior de su casa, pero no pasó mucho tiempo sin que mi vecino se dejara ver ocasionalmente a través de la abertura entre ellas, siempre fugazmente, echando una mirada al patio para desaparecer en segundos. Alguna vez me vio y me hizo con la mano un gesto de saludo.

Así pasó un mes o mes y medio, mientras llegaba el verano a la ciudad, un verano pesado y caluroso como hacía tiempo que no se recordaba, sin una brizna de aire que despejara las noches o hiciera las mañanas más llevaderas. Buena parte de las horas que pasaba en casa lo hacía metida en la ducha, en un combate inútil por librarme del sudor, que convertía cualquier esfuerzo en un mundo. Una de las tardes más insoportables, me encontraba en el salón, vestida sólo con una camiseta larga, intentando decidir si me daba otra ducha o lo dejaba correr. Estaba de pie, en el centro de la habitación. Levanté la mirada hacia una de las ventanas, la única con las cortinas abiertas en ese momento. Desde ella sólo se veía la ventana de mi vecino. Abierta también. Él asomado a ella. Aún no sé por qué lo hice, pero sin pensármelo, como en un trance, tomé la camiseta por el faldón, la levanté, me la quité. Nos miramos. Cerré los ojos. Al abrirlos él ya no estaba.

No le vi en varios días, ni en la escalera ni por la ventana. Me quedaba una sensación de vergüenza por haber cedido a aquel impulso inexplicable, pero no había podido evitarlo. Justo una semana después de aquello, mientras volvía a casa tras un día especialmente largo y cansado, me lo encontré de nuevo. Pero no nos cruzamos, sino que me estaba esperando, en lo alto del tramo de escaleras que llevaba a nuestra planta. Al verme me tendió la mano, sin decir palabra. Abrió su puerta y me hizo pasar a su casa.

Para mi sorpresa, fue como si aquel espacio se encontrara fuera del calendario que regía para el resto del mundo. Las cortinas cerradas, además de filtrar la luz, teñían el aire de una tonalidad azulada, dejando ver los contornos de la habitación a través de una fresca penumbra. Se oía, como si llegara de otra estancia, el sonido de una música que no supe identificar. Nos sentamos en el centro de la habitación, sobre cojines en el suelo, uno frente a otro. Puso su mano en mi mejilla y me olvidé del calor, del cansancio y de la extraña sensación de estar allí frente a frente con un casi desconocido para el que días antes me había quedado desnuda.

La mano con la que me tocaba la mejilla empezó a acariciarme, dibujando mis contornos, como para aprenderse con el tacto lo que casi no se veía en la oscuridad, se entrelazó en mi pelo, rodeó mis orejas, siguió el perfil de mis labios hasta que los entreabrí y acercó los suyos para besarme despacio, primero tanteando con la lengua, luego más atrevido, cálido, húmedo, en tanto percibía sus manos perdiéndose debajo de mi falda, arremangándola y subiéndola hasta que con un movimiento me sacó el vestido.

Me hizo tumbarme en los cojines, otra vez desnuda ante sus ojos. No se quitó la ropa ni se dio prisa. Me recorrió entera con su lengua, despacio pero sin pausa, el pecho jadeante, el vientre tembloroso, las piernas, los brazos. El sexo húmedo, abierto y ansioso. La espalda interminablemente, las nalgas y el ano. En algún momento y sin que me diera cuenta se quedó desnudo, delgado, hermoso, expectante. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y me puse sobre él, dejándome caer con toda la lentitud del mundo para clavarme en su sexo erecto, mientras me sujetaba por las caderas, sin dejar de mirarnos un instante y oyendo sólo nuestros propios jadeos y la música lejana. Dónde estaban los ruidos del patio, quién lo sabe.

Cuando salí de allí y volví al calor agobiante de mi casa ya era noche cerrada. Las ventanas volvían a estar cerradas y no las vi abrirse en los días sucesivos, ni me encontré más a mi vecino en la escalera. Terminaba ya agosto y me pregunté qué habría sido de él, quizá estuviera de vacaciones, pensé con una punzada de rabia porque no se hubiera, al menos, despedido. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, aquella tarde no habíamos hablado prácticamente, y ni en la puerta ni en el buzón constaba rótulo alguno. Un día, armándome de valor, decidí preguntarle a la portera, como quien no quiere la cosa, si sabía algo del inquilino de la puerta 15. La portera, una mujer muy amable aunque algo socarrona, se me quedó mirando, al parecer intentando decidir si le gastaba una broma.

-¿La puerta 15, dices?

-Sí, ya sabe, un chico moreno, con flequillo, siempre lleva vaqueros…

-Me da que te confundes, guapa…

-No, seguro que no… es que me dejaron el otro día una carta en el buzón por error, y quería dársela.

Aunque parecía a punto de echarse a reír, la portera se lo pensó mejor, cogió unas llaves de la portería y me invitó a seguirla. Subimos hasta mi piso, abrió la puerta contigua a la mía y con un gesto me invitó a mirar dentro.

Sin entender muy bien de qué iba aquello, me asomé al piso. Los muebles que yo había visto seguían en su sitio, pero tapados por fundas blancas, o más bien grises, puesto que estaban cubiertas de la misma capa de polvo que el resto de la habitación. El papel de las paredes estaba descolorido y en algunos sitios hecho jirones, no había rastro de los cojines ni las cortinas, y el ambiente no podía ser más opresivo.

-¿Lo ves? Hace diez años que aquí no vive nadie. Y no me suena que en la escalera haya ningún chico como el que me has dicho.

Murmuré una disculpa aturullada y me metí en mi piso. No he vuelto a ver su ventana abierta, ni me he cruzado con el chico del flequillo, pero a veces cuando paso por la puerta 15 aún juraría que oigo esa música desconocida.

Foto: Aleksandr Shahabalov

El sofá


Hoy me apetecía traer un viejo post de A escondidas. Eso, o que con este calor estoy más perezosa de la cuenta…

Aquella tarde había empezado siendo una de tantas: los amigos reunidos en un bar del casco antiguo, charla, copas, un rato agradable. Sin embargo, por una cosa o por otra todo el mundo se había tenido que ir antes de hora, y finalmente nos quedamos solos J y yo en el bar.

-Bueno, pues será cosa de irse a casa, te acompaño…

Nos pusimos las chaquetas y salimos a la calle, caminando tranquilamente. Él vivía algo más cerca del bar. Al pasar por una calle próxima a su casa, me dijo:


-Ah, por cierto, me acabo de comprar un sofá nuevo, y algunas cosillas para el piso. A ti te gusta la decoración, si quieres podríamos subir a verlo…


-Vale, por qué no, aún no es tarde…


Dicho y hecho, nos dirigimos a su portal. En el corto trayecto del ascensor no dijimos nada, notaba que me miraba algo más intensamente que de costumbre, y que estaba más cerca de mí de lo que requería el espacio. Le sonreí. Sabía lo que estaba pensando.


Llegamos a su piso, abrió la puerta, entramos, cogiéndome por los brazos me arrinconó contra la puerta y me besó hasta quedarnos sin aire, un beso húmedo, salvaje. Su mano intentaba subir por entre mis piernas, la detuve.


-Espérame en el salón.


Ahora sonrió él, y se dirigió obediente al salón. Yo ya conocía la casa, y me encaminé a su dormitorio. Sobre la cama estaba una de sus camisas, extendida. Me desnudé por completo y me la puse.


Regresé al salón, donde él ya me esperaba, sentado en el sofá; se había quitado la chaqueta y los zapatos. Me puse ante él, a la distancia justa para no tocarle. Me desabroché la camisa con toda la lentitud de que fui capaz, botón a botón, hasta dejarla caer al suelo.


Él me miraba con ojos de deseo. Podía apreciar su respiración agitada y su excitación creciente. Me agaché hasta quedar levemente por encima de su cabeza y acerqué un dedo a su frente, desde donde lo fui bajando por la nariz, los labios, la barbilla, el cuello. Tropecé con un botón de su camisa, lo desabroché con una mano. Otro, otro, y otro más.


Yo no le miraba, pero podía sentir sus leves gemidos cuando mis dedos rozaban su torso, y su mirada detenida sobre mis pechos.


Ya desabrochada la camisa, el siguiente paso requería acercarse más: me puse a horcajadas sobre él, le saqué la camisa, desabroché el cinturón y lo saqué lentamente de sus presillas, mirándole con picardía. Deslicé un dedo travieso entre el pantalón y su cintura. Desabroché el botón del pantalón, cogí la cremallera con la punta de los dedos, la bajé tan despacio como pude con un interminable risssss.


Me levanté de nuevo, y tomando a la vez el pantalón y el calzoncillo le quité ambos. Con las manos le hice abrir las piernas y me arrodillé entre ellas. Desde las rodillas mis manos bajaron hasta tocarle los pies, las pantorrillas, la cara interna de los muslos, la cara exterior hasta llegar al culo. El vientre.


Un dedo se acerca al sexo. Lo recorre explorándolo, sintiendo sus ligeros movimientos como si tuviera vida propia. Rodea la punta y vuelve a bajar. Acaricio los testículos y se los beso. Ahora es toda la mano la que toca, investiga, siente el calor, la suavidad, la dureza. Rodea el glande para aprenderse su textura y su forma y lo siente húmedo. Los labios se aproximan para besarlo, la lengua lo recorre para humedecerlo, se desliza suavamente en mi mano y entra dócil en mi boca ávida. Entra y sale, los dientes rozan un poquito la punta.


Los gemidos habían ido subiendo de tono, nos cubría el sudor, no habíamos dicho aún nada, pero los dos sabíamos que le deseaba dentro. Acerqué un puf que había por allí, le hice subir las piernas y me puse otra vez sobre él, pero ahora dándole la espalda, con las manos en sus rodillas. Su sexo estaba tan duro y yo tan húmeda que entró en mí casi sin más que acercarnos. Me quedé quieta un momento, disfrutando de la sensación de tenerle dentro, y empezando luego a moverme despacio, despacio, cada vez más rápido, sintiendo sus dedos clavados en mis pechos, en mis caderas, en mi culo, sintiéndonos jadear y gritar, sintiéndole correrse en mi interior.

Agotada, me tumbé sobre el sofá, mientras él se levantaba y salía del salón, para volver al poco rato llevando en la mano un pañuelo que yo tenía puesto ese día, uno de seda, alargado, que me había regalado precisamente él en mi último cumpleaños. Me lo quedé mirando sorprendida.

-No te preocupes -me dijo sonriente-. Si se estropea, te regalo otro…

Se acercó de nuevo al sofá, se sentó ante mí en el puf y con delicadeza me abrió las piernas y se inclinó para acariciar mi sexo, primero con los dedos, después con su lengua, explorando, recorriendo, tomando posesión de cada recoveco, y provocándome un respingo al sentir que lentamente, pero con decisión, me introducía el pañuelo en la vagina, algo más de la mitad; y después, ayudándose de mis flujos, recorría con sus dedos el camino que llevaba al ano, y suavemente y muy despacio metía el resto del pañuelo por allí; siguió lamiendo mi sexo, estimulándolo con labios, lengua, dedos, atento al temblor que anunciaba mi orgasmo, para sacarme el pañuelo a la vez y provocarme la más deliciosa corrida que recordaba yo en mucho tiempo.

Al recuperarme, pude verle sentado en el sofá, a mis pies, mirándome y acariciándome las piernas. Sólo entonces me di cuenta de que efectivamente el sofá era nuevo. Nuevo, pero ya bien estrenado…

Foto: Jean Paul Four

Laura

Nunca he sido uno de esos hombres que van por ahí perdiendo el culo detrás de las jovencitas. Sí, me gusta mirar a las muchachas guapas, por supuesto, pero para menesteres más íntimos siempre he preferido a mujeres con experiencia. Claro que nunca se sabe cuándo uno va a tener que romper sus propias normas.

Fue una coincidencia, sí, pero yo jamás he creído en las coincidencias.

Quizá fue casual que ayer, uno de los días más calurosos en lo que llevamos de verano, me encontrara con Laura. Conozco a Laura desde hace años, porque es la hija de un compañero mío de trabajo. Tiempo atrás él y yo nos veíamos a menudo, puesto que compartíamos despacho y me invitaba a su casa con alguna frecuencia. Sin embargo, hace un par de años le destinaron a otra sucursal de la empresa y empezamos a vernos menos, aunque quedábamos de vez en cuando a tomarnos un café, y en esas ocasiones me contaba cómo le iba a la niña, que así sin darnos cuenta ya estaba a punto de empezar en la universidad. Yo la recordaba menudita, con una larga melena oscura, un aspecto algo más infantil de lo que le correspondía a su edad, y muy tímida, sobre todo muy tímida.

Pero ayer, que tanto calor hacía, me costó un poco reconocerla: sigue siendo menuda y delgadita, pero se ha cortado el pelo, dejándose una melenita con flequillo, y aunque aún parece más joven de lo que es, ya no tiene aspecto de niña. Me saludó como si nos hubiéramos visto el día anterior, lo que me sorprendió un poco dado que para ella yo debía ser únicamente un antiguo amigo de su padre al que no había tratado en mucho tiempo. Me contó que había comido con una amiga, que iba de vuelta a su casa (muy cerca de allí) y me invitó a acompañarla.

Acepté y nos dirigimos a su piso. De camino, y mientras ella me hablaba de su próximo ingreso en la universidad, la pude observar con algo más de detenimiento. Llevaba una camiseta de tirantes finos, y por debajo de éstos una ligerísima presión en la piel de los hombros delataba uno de esos sujetadores con tiras transparentes. Los pechos que se adivinaban bajo la camiseta tampoco tenían ya nada de infantiles, y el valle que se abría entre ellos se perdía en una oscuridad prendida de promesas. Una falda larga escondía sus piernas y caía suavemente sobre sus caderas. Por último unas sandalias con algo de tacón, supuse que para compensar mínimamente su poca altura, porque no parecían muy cómodas.

Llegamos por fin a nuestro destino. Al subir en el ascensor, se hizo un silencio espeso. Noté que de repente, como recordando su timidez de otros tiempos, ella evitaba mi mirada, y pude ver en el espejo que sonreía nerviosa, mientras jugueteaba con las llaves.

Al entrar en su casa, me di cuenta de que no había nadie. Me sorprendí, o me hice el sorprendido.

-Oh… ¿es que no están tus padres?
-No, es verdad, no te lo he dicho… Están de viaje, se han ido una semana a Noruega…
-Ah, yo… creía…
-Siéntate, ¿quieres tomar algo? Ahora vengo, voy a refrescarme un poco, ¿vale?

Me quedé sentado en el sofá del salón, perfecta y dolorosamente consciente de que nos encontrábamos solos, de que ella podía ser más que mi hija, de que no tenía sentido que estuviera allí, de que estaba terriblemente excitado. Intentado distraerme miré alrededor; el mobiliario había cambiado, el sofá era nuevo, de esos con chaise-longue, la televisión ahora era de plasma, el antiguo mueble de salón oscuro y pesado ahora se había reducido a unas baldas y unos módulos con puertas. Hacía calor, pero las cortinas echadas parecían crear un ambiente más tenue, de hora de la siesta.

No habían pasado ni cinco minutos cuando ella volvió conmigo, llevando unas latas de Coca Cola y unos vasos en una bandeja. Se había recogido el pelo en la nuca y seguramente también se había lavado la cara, se le adivinaba la humedad en la frente y las mejillas. También me di cuenta de que se había quitado el sujetador.

En realidad, éste no le hubiera hecho falta. Ahora que nada se interponía entre su pecho y la camiseta, los contornos de su piel eran tan evidentes que casi podía tocarlos con la mirada; se notaban redondos, perfectos, con el rastro de unos pezones desafiantes, obvios bajo la tela, sin que eso pareciera importarle a su dueña.

Laura dejó la bandeja en la mesa de café y se sentó en un sillón, a un lado de donde yo estaba. Vi que también se había descalzado. No podía quitarle la mirada de encima. Ella me respondió con sus ojos verdes, toda inocencia, me pareció más joven que nunca. Al ver que yo no dejaba de observarla, volvió a reírse nerviosa, pero sin rastro de temor, como una niña a la que nadie sabe decir que no.

-¿Qué pasa, que no dejas de mirarme? ¿Tengo algo raro?

No sabía muy bien cómo salir de aquello, pero decidí jugármelo todo a una carta, aunque manteniendo una expresión lo suficientemente jocosa como para que Laura pensara que sólo estaba bromeando.

-No, qué va, te veo la mar de bien… sólo es que me andaba preguntando si todo eso que tienes ahí es tuyo, como la última vez que te vi no estaba así…

Nada más decir esa frase me maldije a mí mismo pensando que tenía que haber sonado patética. Pero a Laura no pareció sorprenderle, ni molestarle. Simplemente, bajó la vista hacia su escote, como si acabara de darse cuenta de que allí había algo. Al parecer no le bastó, porque cogió entre sus dedos el borde de la tela y la apartó para mirar más adentro. Levantó los ojos hacia los míos, me contestó con toda naturalidad.

-Pues yo diría que es todo mío, pero mejor nos aseguramos, ¿no?

Se levantó del sillón, se puso de pie frente a mí, se levantó la falda hasta las rodillas y se sentó sobre mis piernas a horcajadas.

-¿A ti qué te parecen?

Tuve que contenerme para no decirle que, suyos por naturaleza o por obra de un cirujano, me parecían dignos de ser eternamente contemplados y acariciados, pero no dije nada, sencillamente los rocé por encima de la camiseta con las palmas de mis manos.

-Por dentro se notan mejor, ¿no crees?

Y ella misma cogió mi mano derecha entre las suyas y la introdujo entre la tela y la piel, haciéndome recorrer el camino entre su cintura y su pecho, que me pareció interminable, una de esas eternidades que duran unos segundos, un trayecto directo hacia el cielo de aquella curva perfecta, aquella piel de porcelana con la que ni el calor podía, aquella firmeza sorprendentemente tierna. Yo observaba mi mano perdiéndose en una duna de arena abrasadora, ella me miraba a mí con sus ojos de ángel.

Aún parecía un ángel cuando acercó sus labios a mis labios y los recorrió hasta aprendérselos, cuando su lengua se enlazó con la mía y sus manos tiraron de mi camisa para quitármela. Incluso a través de los pantalones podía sentir su humedad y el calor de sus rincones más íntimos. Abandoné con esfuerzo su pecho para explorar el universo entero que se prometía bajo la falda y me encontré con que cuando había ido a refrescarse también se había quitado las bragas.

-Hacía calor… -contestó sin que yo le preguntara, y ya no era el ángel el que hablaba.

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