Archivo para la categoría ‘Palabras prestadas’

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Algo cede en mí, y mis codos ya no pueden sostener mi peso. Estoy de rodillas, la cabeza entre los brazos, y de mi garganta surgen sonidos que no alcanzo a interpretar: ni temor ni deseo, sino la incapacidad de distinguir entre ambas cosas y como resultado… Me golpea, tras ponerme una almohada encima de la cabeza para amortiguar mis gritos; después, me posee como poseería a un hombre. Grito más fuerte que antes, con los ojos abiertos como platos en la oscuridad, la almohada cubriéndome el rostro.

Muy dentro de mí, su golpeteo cesa abruptamente. Me empuja boca abajo, su mano derecha debajo de mí y entre mis piernas. Tumbado encima de mí cuan largo es, levanta la almohada y escucha cómo se apagan mis sollozos.

Cuando me doy cuenta de que estamos respirando al unísono, serenos, sus dedos inician su infinitesimal movimiento. Mi respiración no tarda en agitarse. Me vuelve a tapar la cara con la almohada cuando me corro y no tarda en correrse también. Coge Kleenex reforzado de la mesilla y me lo mete por entre las nalgas. Cuando, más tarde, lo saca de allí. está empapado de semen y teñido de rosa. Acurrucado contra mí murmura:

-Tan prieto tan caliente, no puedes imaginarte…

A veces me preguntaba, en abstracto, cómo podía el dolor excitarme tanto. En cierta ocasión, durante aquella época, me golpeé el dedo gordo del pie, protegido sólo por una sandalia contra el último cajón de mi escritorio. Juré, salté de un lado para otro, recorrí cojeando el pasillo hasta el despacho de un compañero de trabajo para mendigar su compasión, y no fui capaz de concentrarme durante los siguientes quince minutos, porque la ligera, pero insistente, palpitación me distraía e irritaba. Pero, cuando el que infligía dolor era él, la diferencia entre el dolor y el placer se oscurecía de tal forma que los transformaba en dos lados de una misma moneda: sensaciones de diferente calidad, pero con el mismo resultado, igualmente intensas; ambos estímulos eran igualmente poderosos y capaces de excitarme. Dado que el dolor siempre aparecía como preludio, y sólo como preludio -a veces horas antes, pero siempre finalmente conducente al orgasmo-, era tan deseado, tan sensual, tan consustancial al acto del amor como las caricias que recibían mis pechos.

Leí por primera vez Nueve semanas y media, de Elizabeth McNeill, cuando tenía dieciocho años, en casa de una amiga con la que pasaba unos días, y mucho antes de ver la famosísima película que la tomó como base. En su momento, probablemente me causó una mezcla de fascinación y estupor, ese que procede de ser, aún, incapaz de entender que alguien pueda encontrar placer alguno en recibir o infligir daño, en someter o someterse. Tiempo después, sólo podía recordar nítidamente la frase con la que la novela se cierra, que me dejó especialmente impresionada. Y hace algunas semanas estuve con alguien que hizo venir esa frase a mi memoria, y eso a su vez me hizo repasar aquella lectura de tantos años atrás.

Para mi sorpresa, y aunque yo creía no recordar los detalles del resto del libro, debió de marcarme más de lo que pensaba. Hay mucho de ese ambiente, de esos juegos -si bien no tan llevados al límite- en mis escritos y en mis fantasías, esa búsqueda del placer y de las propias fronteras y recovecos de la sensualidad. Es más, en la novela figura un pasaje ambientado en el Hotel Chelsea, incluso parte de la película se rodó allí, si bien está completamente ausente esa aura romántica que lo rodea en otras ocasiones y que yo evocaba en mi anterior post:

Esta vez, no hay paquetes amontonados encima de la cama, tampoco hay nota. En las paredes, necesitadas de pintura, seis ganchos de baratillo, del tamaño que yo uso para colgar mis recordatorios menos pesados; parecen insectos emplazados a intervalos irregulares. Los cuadrados blancos debajo de los ganchos hacen que la superficie de pared que los rodea parezca aún más gris, y dan a la habitación un aire de haber sido recientemente evacuada… de un lugar abandonado por alguien precipitadamente, quien, sin tiempo para hacer las maletas, se ha ido arrancando a toda prisa las fotografías familiares que colgaban de las paredes en marcos baratos. En el borde posterior del lavabo del cuarto de baño, al lado del grifo del agua fría, hay una cucaracha muerta, y otra más pequeña yace cerca del desagüe de la bañera.

Me siento en el cobertor de felpa anaranjada que cubre la cama individual, y el colchón se comba abruptamente.

En cualquier caso, recomiendo su lectura, quizá a alguien le ayude a entender mejor esos recovecos oscuros del placer. O no…

A ciegas

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Bebieron en silencio observándose los dos. Ulises traía un mapa. Después de cada trago se miraban y sonreían. Como dos desconocidos que se han citado a ciegas y no tienen nada que decirse salvo apurar el tiempo necesario antes de comenzar a devorarse permanecían con el licor en la mano y cuando Ulises hizo el gesto de extender el mapa sobre el mostrador para mostrarle a Martina la situación de un punto perdido en el océano Índico, semejante a un residuo de mosca, que era una isla de Indonesia, la mujer rehusó mirar y continuó bebiendo hasta apurar el vaso. Luego pagó. A continuación le dijo a Ulises que la siguiera. Se lo dijo sin palabras moviendo la cabeza sin más.

Por una acera muy estrecha de la calle de la Bolsería lo llevaba de la mano, ella delante, él detrás como siendo arrastrado, hasta encontrar el balcón con geranios donde colgaba el nombre de la pensión La Mallorquina. Ulises sintió que la mano de Martina seguía siendo de acero y esa sensación le atacaba directamente la voluntad hasta anularla. Entraron en el costroso portal y fueron salvando todos los obstáculos que se interponían a su paso: una escalera mugrienta con peldaños de madera carcomida hasta el tercer piso, una puerta verde repintada, un timbrazo violento que sonó en el recibidor, una vieja que descorrió la mirilla, un gato que maulló de forma siniestra al ver a la pareja bajo la bombilla del rellano, la vieja que les obligó a limpiarse las suelas de los zapatos en el felpudo, un pasillo largo con olor a repollo, un retrete al fondo, una habitación a la derecha con el número siete sobre el dintel, una lámpara rosa en la mesilla, un balcón con geranios, una cama grande con cabezal de férreos barrotes muy propios para atar al amante que le guste, un espejo en el armario en el cual se reflejaron los dos cuerpos tal como eran ahora.

Con el balcón abierto y todos los ruidos y voces de la calle dentro de la habitación, sonidos menestrales de pequeños comercios y carromatos, ellos se arrojaron el uno contra el otro en la cama desnudándose con los dientes y a medida que descubrían una parte del cuerpo después de cada mordisco les crecía una furia que les impulsaba hacia dentro de sí mismos para salirse al instante con más fuerza.  Cuando Ulises quedó totalmente desnudo Martina estaba también desnuda y tendida, jadeando los dos como caballos que llegan juntos a una meta con sólo media cabeza de ventaja la yegua y la claridad que entraba por el balcón era suficiente para buscar sobre la piel sudorosa cualquier seña de identidad. Martina buscó con los labios aquella peca rubia de Ulises bajo la tetilla izquierda y ni siquiera tuvo tiempo de alegrarse de encontrarla exactamente igual porque de pronto sintió que Ulises la poseía con una fuerza desmesurada y era como si una ola la cubriera y llenara de agua el fondo de su memoria.

Manuel Vicent, Son de mar

Para estar desnuda

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Lo que su amante quería de ella era muy simple: que estuviera accesible de un modo constante e in­mediato. No le bastaba saber que lo estaba; que­ría que lo estuviera sin el menor obstáculo y que tanto su actitud como su manera de vestir así lo advirtieran a los iniciados. Esto quería decir, pro­siguió él, dos cosas: la primera, que ella sabía ya, puesto que se lo habían explicado la noche de su llegada al castillo: nunca debía cruzar las piernas y debía mantener siempre los labios entreabiertos. Seguramente, ella creía que esto no tenía importancia (y así lo creía, en efecto); sin embargo, pronto descubriría que, para observar esta disciplina, tenía que poner una atención constante que le recordaría, en el secreto compartido entre ellos dos y acaso al­guna otra persona, pero durante sus ocupaciones ordinarias y entre todos aquellos ajenos a tal secre­to, le recordaría la realidad de su condición. En cuan­to a su ropa, debería elegirla o, en caso necesario, inventarla de manera que hubiera necesidad de re­petir aquel semidesnudamiento a que la había so­metido en el coche que los llevaba a Roissy. Al día siguiente, ella escogería en sus armarios y cajones los vestidos y la ropa interior y descartaría absolu­tamente todos los slips y los sujetadores parecidos a aquél cuyos tirantes había tenido que cortar él para quitárselo, las combinaciones cuyo cuerpo le cubrie­ra los senos, las blusas y los vestidos que no se abrochasen por delante y las faldas que fueran de­masiado estrechas para que pudiera levantarlas con un solo movimiento. Que encargara otros sujetado­res, otras blusas y otros vestidos. Hasta entonces, ¿tendría que ir con los senos desnudos bajo la blu­sa o el jersey? Pues bien, que fuera. Si alguien lo notaba, ella podría explicarlo como mejor le pare­ciera o no dar ninguna explicación, era asunto suyo. En cuanto a las demás cosas que debía decirle, pre­fería esperar unos días y deseaba que, para oírlas, ella estuviera vestida como él quería. En el cajoncito del escritorio, encontraría todo el dinero que necesitara. Cuando él acabó de hablar, ella mur­muró «te quiero» sin el menor gesto.

Pauline Reage, Historia de O

Si estuviera contigo, también me vestiría para estar desnuda…

Realidad o sueño

Foto: Katarzyna Widmanska

El chico se detuvo delante de una habitación, que deduje sería el origen de donde provenía todo lo que percibía. Asomándome, en la puerta de la habitación advertí la silueta de la espalda de una muchacha iluminada por una vela, totalmente desnuda. De largos cabellos negros que le caían hasta el talle. En su espalda se dibujaba un tatuaje de henna que la ocupaba casi íntegramente. Era el contorno de un enorme sol negro con un fino trazo, algún símbolo de la cultura árabe que me resultaba familiar, pero que no acertaba a descifrar. Alrededor de toda la cintura y el vientre tenía otro tatuaje de un intrincado dibujo tribal. La muchacha permanecía inmóvil sentada de espaldas, como si de una musa que posara para mí se tratase. El chico soltó mi mano y me dejó allí, hechizado por aquella muchacha. De fondo ya no escuchaba la fiesta del salón. Sólo escuchaba la flauta y el agua y sentía que me ahogaba cada vez más en el incienso. Ella giró sobre su cintura y provocó que temblase como si hubiese viajado a otra dimensión perdiendo la lucidez. (…) Extendió su mano hacia mí y pude observar su desnudo cuerpo divino: sus preciosos pechos y su gloriosa silueta con fastuosas curvas, que terminaba en una estrecha cintura redondeada. Todo su cuerpo emanaba beatitud. Con su mano atrapó la mía y la posó mansamente en su pecho mientras cerraba los ojos. Su tacto era como acariciar una nube. Yo también cerré los ojos, pero tosía, me estaba quedando sin aire. Sólo el sedoso tacto de su cuerpo me mantenía despierto. Cuando nuestros cuerpos se acercaron, descansó su mano sobre mi cabeza y se aproximó hasta besarme. Sentí que me proporcionó aliento cuando ya desfallecía. Al desprender sus labios de los míos, un aura de humo emergía de su boca, como si hubiese extraído el incienso de mis pulmones.(…) Quise abrazar su cuerpo desesperadamente. Pero ella, con un gesto manso de negación, puso su mano en mi boca mientras susurró como un canto celestial una palabra en turco que repitió dos veces y que no pude traducir: “Seni seviyorum. Seni seviyorum”. Recogió una malla que tenía a sus pies y se cubrió con ella como quien se arrepiente de algo o quiere ocultar y enviar al olvido lo que ha sucedido. Abandoné su habitación sin comprender qué había pasado.

M. Blázquez, fragmento de Mi propia naturaleza

Foto: Katarzyna Widmanska

Buen tiempo, mal tiempo

El sol siempre acaba saliendo y la noche vuelve a ser el espacio de los sueños. No te rindas.

BUEN TIEMPO, MAL TIEMPO

Me alegra que se vaya
el invierno con sus nieblas, temporales y frío.
La primavera entra en mí, oh alegría verdadera.
La risa es como un rayo de sol, todo de oro puro,
no hay otro jardín como el del amor,
el calor de la canción derrite todas las nieves.
Qué agradable cuando la primavera
siembra de flores las verdes campiñas.
Pero si tienes el corazón herido es como si llegara el invierno.
La tristeza puede empañar el más brillante de los soles;
si estás apenado, mayo parecerá diciembre,
porque las lágrimas son tan frías como la nieve.

Constantinos Cavafis

Foto: Cellarlight.com

Del deseo

Me esperabas con alma descubierta,
y el alma entera con pasión te di.
Me entreabriste tu más secreta puerta,
y mi puerta secreta yo te abrí.
Mi vida estaba estéril y desierta,
y entraste en ella cuando entré yo en ti.
Y sólo quiero al verme en tu mirada,
tenerte para siempre penetrada.

Déjame entrar en ti por las esquinas,
tocándote la mano con la mano,
el brazo en la cintura si caminas,
o el beso del amigo o del hermano.

Pero ábrete también a mis deseos,
con impulsos desnudos y humedades,
sin escrúpulos y sin titubeos,
con invasiones y voracidades.

Te vas, me voy, qué fría es la distancia,
qué largo es el camino que divide:
Que tu amor permanezca en vigilancia,
me sueñe cada noche, y no me olvide.

Bajo los pliegues semitransparentes
de la bata adivino tu figura;
deslizando mi mano en la abertura
florecerán deseos inminentes
al rodear mi brazo tu cintura.

Recogeré en otoño tus sonrisas
bajo los olmos desnudando el llanto
de las hojas, que flotan indecisas,
y al fin descansan en crujiente manto.

Sobre esta alfombra te hallaré tendida,
bajo diáfana cúpula de ramas,
sólo de tus deseos revestida,
y ofreciendo lo mismo que reclamas.

Poemas: Francisco Álvarez

Fotos: John Peri

De la ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Jorge Luis Borges

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres
sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
seguro sin seguro
te dejo frente al mar
descifrándote a solas
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota
te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía
pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono
estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos
estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra
estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen
y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

Mario Benedetti

Foto: Stilettostudios

Diecisiete sílabas

Son las que tienen los haikus, una forma poética venida de Oriente que se basa en un estricto esquema, sólo diecisiete sílabas en tres versos de cinco, siete y cinco, normalmente sin rima. Mario Benedetti ha escrito algunos muy hermosos. Reproduzco algunos de ellos.

me gustaría
mirar todo de lejos
pero contigo

dame cobijo
con toda la ternura
que te he prestado

en plena noche
si mis manos te llaman
tus pechos vienen

pasan las nubes
y el cielo queda limpio
de toda culpa

desde la biblia
el cielo y el desnudo
pecaron juntos

si me mareo
puede que esté borracho
de tu mirada

en todo idilio
una boca hay que besa
y otra es besada

no más rodeos
prefiere que la besen
a quemarropa

cada mujer
puede ser dos mujeres
déjenme una

qué buen insomnio
si me desvelo sobre
tu cuerpo único

nada conforta
como una teta tibia
o mejor dos

Imagen: Sifu (deviantart)

Poema oculto

Este breve poema apareció entre los papeles del poeta griego Constantinos Cavafis tras su muerte, y no se publicó hasta bastantes años después. La foto está sacada de aquí.

Así (1913)

En esa fotografía indecente que a escondidas
en la calle (que no la viera el policía) me vendieron,
en esta fotografía porno,
cómo fue a encontrarse un rostro tal
de ensueño; cómo fuiste a encontrarte tú.

Quién sabe qué vida degradada, soez vivirás;
qué infame sería el entorno
cuando posaste para que te fotografiasen;
de qué índole será tu propio espíritu.
Pero con todo ello, y aún más, para mí quedas
como el rostro de ensueño, la forma
modelada y entregada a un placer griego –
así quedas para mí y te nombra mi poesía.

Un buen amante

No hay mejor manera de disfrutar del tiempo que despreocupándose de él. Y no hay mejor manera de ser un buen amante que despreocupándose de serlo.

Valérie Tasso

Foto: Paul Hiller

Amar es combatir

Amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres.

Octavio Paz, fragmento de Piedra de Sol

Foto: Torsten Brandt

Brindis

Últimamente parece que las palabras no quieren salirme fácilmente. Por hoy dejo el blog en buenas manos, las de la poetisa María Rosal.

BRINDIS

Pongamos por ejemplo
que hoy es jueves.
Que un sol de plomo
cae tras los cristales
y recuerdo
tu mano en día de lluvia.
Digamos que estoy sola
y te deseo.
Que no hallo el escenario
donde acoplar tu imagen
con mi aliento.

Bebamos y brindemos
por la triste ironía
de estar vivos
y no poder amarnos.

Foto: Frantisek Sotja

Razón de amor

In memoriam Leopoldo Alas, poeta español, 1962-2008.

RAZÓN DE AMOR

No es sólo la pasión de los abrazos,
la saliva, el aroma, el vértigo, los besos
o el plácido desvelo de la ausencia.

Mi amor es la fábula y la trama,
el relato interior que sigue a cada encuentro,
la glosa que acompaña los adioses,
el minucioso examen de las frases
y el eco que tu voz le pone a mi silencio.

Mi amor es ser feliz y no engañarme
anticipando el daño del negro desengaño,
cuando el sexo se esfume en el recuerdo
remoto y resentido de un orgasmo.
El consentir la calma en las mareas
y atesorar las horas y los días
de la fiesta de luz que celebramos,
del banquete voraz de los sentidos.

Y abolir la frontera de los cuerpos,
detenernos, subiendo la escalera,
a besarnos en todos los peldaños.

Foto: Darren Holmes

La obsesión

El dolor que nace de una obsesión no está hecho de estridencias. No se trata de aquellas manifestaciones de pena de las que participa todo el cuerpo, la voz y los gestos. No hay arrebatos ni excesos. Suele ser una pena honda, callada, que surge de la imposibilidad de moverse, de actuar, porque las obsesiones nos paralizan el cuerpo y la vida. (…)

Desear de lejos significa precisar con la mente. El deseo acostumbra a nacer desde la distancia, pero se concreta en la proximidad porque une y empuja. Dos cuerpos que se desean se buscan. Si no hay obstáculos insalvables que les impidan la proximidad, la vida se convierte en una fiesta de tactos y besos. Tocar no es sencillo. Hay quien asegura que se trata de un arte. ¿Quién sabe tocar la piel del otro con dedos lo bastante hábiles para hacerlo estremecer? La cuerda del violín se estira, el arco se tensa, la música surge, rotunda. Hay manos que acarician como si esparcieran perfumes. Se produce una eclosión de espuma. El deseo se vuelve real cuando el otro es presencia concreta, palpable. Un cuerpo que podemos recorrer con los labios, que las manos exploran en la avidez de los dedos. Carne contra carne, dureza que se vuelve realidad en el envite. (…)

El deseo que se vive de lejos se convierte en una mezcla de dolor e incredulidad. Está el dolor de no poder tocar al ser querido. Está la duda de imaginar que nunca nos va a ser posible tocarlo. Cuando el deseo ha de concretarse en la mirada, en el olfato, en la percepción lejana del gusto (¿qué gusto tiene el aire que respira el otro?), sólo satisface una parte de su potencial. Quedan las manos: los dedos huérfanos de piel. Los dedos sólo existen para poder tocar otros dedos. Si no, pasan demasiado frío. Este deseo vivido desde fuera alimenta el pensamiento de añoranzas.

María de la Pau Janer, Las mujeres que hay en mí

Foto: Patricio Suárez

Libertad


Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
Cuyo nombre no puedo oir sin escalofrío;
Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
Como leños perdidos que el mar anega o levanta
Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta.
La única libertad porque muero.

Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco, no he vivido;
Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Luis Cernuda
Fragmento de Si el hombre pudiera decir

Foto: Mim
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