Aún

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Aún recuerdo el calor de tu cuerpo en las sábanas.

Aún tengo en mi mente tu perfil recortado contra la luz gris del amanecer; el frío en la calle, el silencio alrededor, y mi dedo dibujando tu silueta…

Aún, si cierro los ojos, puedo sentir tus labios y tu lengua, besando, lamiendo, devorando casi.

Tantos recuerdos, y tanto tiempo que falta para volver a hacerlos presentes…

Foto: Ilkka Kallio

¿Has sido bueno este año?

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Si tú te has portado bien durante estos doce meses, entonces yo seré buena contigo y te concederé un deseo.

O, a lo mejor, muchos deseos todos juntos.

Te dejaré que elijas el qué, el cuándo y el cómo (el cuánto es fácil… ¡siempre mucho!)

Te dejaré que elijas los participantes del juego y, si te parece, los disfraces.

Pero sólo si has sido muy bueno…

Aunque, si quieres que te diga la verdad, me gustas mucho más cuando eres malo.

Foto: Kassandra

Días fríos

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Hoy me ha costado un mundo decidirme a salir de la cama…

pero si hubieras estado conmigo no habría salido de ella en todo el día.

Foto: Ilya Rashap

¿Quieres que te tiente?

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Sé que te resistes, que no quieres caer…

Pero si cayeras, comprobarías que mis labios siguen siendo húmedos y suaves, sobre todo cuando se acercan a los tuyos. Los sentirías bajando por tu pecho y recorriendo tu piel temblorosa, dejando un rastro húmedo de saliva desde tu boca hasta los dedos de tus pies.

Puede que te atrajera la idea de darnos una ducha juntos, después de quitarme esa ropa que elegí con tanto esmero aun sabiendo que la sentiría en mi piel sólo durante un momento mientras se desliza hasta el suelo. Dejaríamos que la lluvia caliente de la ducha cayera sobre nosotros, resbaladizos de jabón, sin poder resistir más tiempo para explorar todos nuestros recovecos, incluso los rincones más secretos que nunca dejamos entrever a nadie; tu sexo buscaría el hueco de mis piernas, se dejaría abrazar por mis nalgas y jugaría a encontrar entre mis pechos el cobijo que tanto desea…

O, quizá, te gustaría más pensar en mi cuerpo desnudo sobre la cama. Mostrándote sin tapujos todo cuanto guarda, y dándome con mis manos el placer que será la antesala del que tú me darás luego. Te diría que hicieras conmigo cuanto quisieras, me abriría ante ti sin tabúes, sin penas, una vez más me abriría a tu sexo y acabaríamos derramados uno sobre otro, fundidos en el abrazo imposiblemente cerca…

Pero cuidado con las tentaciones… puedes desear caer en ellas.

Foto: Publicidad de Aubade

Lecciones de estilo

Si hay una mujer que, saliéndose por completo de los cánones que impone la moda del momento, ha llegado por méritos propios al olimpo de las más deseadas, esa es Dita von Teese, nacida Heather Sweet hace treinta y siete años, bailarina, modelo y actriz ocasional, y dueña de un estilo que ella misma ha pulido a su entero gusto y manera, heredero de las pin ups, del cine clásico y la tradición del burlesque y el vodevil actualizados con elegancia.

Lo que me parece admirable de esta mujer, aparte de sus más que obvias belleza y elegancia, es que es ella misma: no necesita estilistas, se ocupa personalmente de todos los detalles de sus espectáculos, “vive” su papel fuera y dentro de los escenarios y reivindica la libertad de las mujeres para hacer lo que quieran, aunque sea bailar desnudas o vivir su sexualidad de una forma “alternativa”, actitud que a mí me parece de un feminismo mucho más auténtico que el de aquellas que se empeñan en imponernos hasta lo que hacemos en la cama…

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Para estar desnuda

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Lo que su amante quería de ella era muy simple: que estuviera accesible de un modo constante e in­mediato. No le bastaba saber que lo estaba; que­ría que lo estuviera sin el menor obstáculo y que tanto su actitud como su manera de vestir así lo advirtieran a los iniciados. Esto quería decir, pro­siguió él, dos cosas: la primera, que ella sabía ya, puesto que se lo habían explicado la noche de su llegada al castillo: nunca debía cruzar las piernas y debía mantener siempre los labios entreabiertos. Seguramente, ella creía que esto no tenía importancia (y así lo creía, en efecto); sin embargo, pronto descubriría que, para observar esta disciplina, tenía que poner una atención constante que le recordaría, en el secreto compartido entre ellos dos y acaso al­guna otra persona, pero durante sus ocupaciones ordinarias y entre todos aquellos ajenos a tal secre­to, le recordaría la realidad de su condición. En cuan­to a su ropa, debería elegirla o, en caso necesario, inventarla de manera que hubiera necesidad de re­petir aquel semidesnudamiento a que la había so­metido en el coche que los llevaba a Roissy. Al día siguiente, ella escogería en sus armarios y cajones los vestidos y la ropa interior y descartaría absolu­tamente todos los slips y los sujetadores parecidos a aquél cuyos tirantes había tenido que cortar él para quitárselo, las combinaciones cuyo cuerpo le cubrie­ra los senos, las blusas y los vestidos que no se abrochasen por delante y las faldas que fueran de­masiado estrechas para que pudiera levantarlas con un solo movimiento. Que encargara otros sujetado­res, otras blusas y otros vestidos. Hasta entonces, ¿tendría que ir con los senos desnudos bajo la blu­sa o el jersey? Pues bien, que fuera. Si alguien lo notaba, ella podría explicarlo como mejor le pare­ciera o no dar ninguna explicación, era asunto suyo. En cuanto a las demás cosas que debía decirle, pre­fería esperar unos días y deseaba que, para oírlas, ella estuviera vestida como él quería. En el cajoncito del escritorio, encontraría todo el dinero que necesitara. Cuando él acabó de hablar, ella mur­muró «te quiero» sin el menor gesto.

Pauline Reage, Historia de O

Si estuviera contigo, también me vestiría para estar desnuda…

Tú…

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Para ti, que a veces… me buscas

…me buscas

me esperas

me celas

me encuentras

me agitas

me miras

me enseñas

me alumbras

me excitas

me llevas

me inundas

me mimas

me dejas…

Foto: Pascal Renoux

A ti…

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No, no fue la noche que habíamos soñado.

Pero yo no olvidaré tu cuerpo en la penumbra.

No me olvidaré de tus labios y tu lengua enredándose en los míos.

Ni dejaré de pensar en tu piel tan cerca de mi piel sin nada separándolas.

Soñaré con tus abrazos y despertaré con tus suspiros.

Y quizá alguna vez volvamos a entrar uno en el otro como aquella noche entramos.

Foto: John McCall

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Ya queda menos…

Quizá no fue coincidencia encontrarme contigo,
Tal vez esto lo hizo el destino.
Quiero dormirme de nuevo en tu pecho
Y después me despierten tus besos.

(Carlos Baute)

 

Foto: Martin Toyé

Me gusta…

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Me gusta deslizarte los dedos por el pelo.

Me gusta envolver con mis brazos tu cintura mientras tu cuerpo se mueve sobre el mío.

Me gusta pintarme los labios para ti y que tus besos los dejen despintados.

Me gusta que te guste correr riesgos conmigo.

Me gusta que no pase el tiempo cuando estamos tras las puertas.

Me gusta que me hagas sentirme en una nube.

Me gusta no saber aún todo de ti.

Me gusta que me digas lo que quieres porque cada cosa que pides es un regalo que me haces.

Foto: Pascal Renoux

Realidad o sueño

Foto: Katarzyna Widmanska

El chico se detuvo delante de una habitación, que deduje sería el origen de donde provenía todo lo que percibía. Asomándome, en la puerta de la habitación advertí la silueta de la espalda de una muchacha iluminada por una vela, totalmente desnuda. De largos cabellos negros que le caían hasta el talle. En su espalda se dibujaba un tatuaje de henna que la ocupaba casi íntegramente. Era el contorno de un enorme sol negro con un fino trazo, algún símbolo de la cultura árabe que me resultaba familiar, pero que no acertaba a descifrar. Alrededor de toda la cintura y el vientre tenía otro tatuaje de un intrincado dibujo tribal. La muchacha permanecía inmóvil sentada de espaldas, como si de una musa que posara para mí se tratase. El chico soltó mi mano y me dejó allí, hechizado por aquella muchacha. De fondo ya no escuchaba la fiesta del salón. Sólo escuchaba la flauta y el agua y sentía que me ahogaba cada vez más en el incienso. Ella giró sobre su cintura y provocó que temblase como si hubiese viajado a otra dimensión perdiendo la lucidez. (…) Extendió su mano hacia mí y pude observar su desnudo cuerpo divino: sus preciosos pechos y su gloriosa silueta con fastuosas curvas, que terminaba en una estrecha cintura redondeada. Todo su cuerpo emanaba beatitud. Con su mano atrapó la mía y la posó mansamente en su pecho mientras cerraba los ojos. Su tacto era como acariciar una nube. Yo también cerré los ojos, pero tosía, me estaba quedando sin aire. Sólo el sedoso tacto de su cuerpo me mantenía despierto. Cuando nuestros cuerpos se acercaron, descansó su mano sobre mi cabeza y se aproximó hasta besarme. Sentí que me proporcionó aliento cuando ya desfallecía. Al desprender sus labios de los míos, un aura de humo emergía de su boca, como si hubiese extraído el incienso de mis pulmones.(…) Quise abrazar su cuerpo desesperadamente. Pero ella, con un gesto manso de negación, puso su mano en mi boca mientras susurró como un canto celestial una palabra en turco que repitió dos veces y que no pude traducir: “Seni seviyorum. Seni seviyorum”. Recogió una malla que tenía a sus pies y se cubrió con ella como quien se arrepiente de algo o quiere ocultar y enviar al olvido lo que ha sucedido. Abandoné su habitación sin comprender qué había pasado.

M. Blázquez, fragmento de Mi propia naturaleza

Foto: Katarzyna Widmanska

Otra vez

Foto: www.indman.ru

Foto: www.indman.ru


Otra vez los nervios.

Mientras subo la escalera por delante de él, me pregunto si se habrá dado cuenta de que me tiemblan las piernas. Igual que aquel otro día de hace ya tanto tiempo. No nos hemos dicho gran cosa, sólo alguna frase de puro trámite después de unos besos en la mejilla, cohibidos todavía.

La otra vez yo le esperaba tras la puerta, en cambio ahora hemos entrado los dos al tiempo, él aún detrás de mí, pero el ritual es el mismo. Dejo caer el bolso al suelo, cierro los ojos, me dejo estrechar en sus brazos. Se me pierden las manos entre su pelo. Pasa un buen rato hasta que sus labios buscan los míos, de momento sólo nos abrazamos, con el asombro de que esto que parecía imposible esté sucediendo. Estrecho otra vez su cintura que tan bien recuerdo y dejo resbalar mis manos por su espalda, dejando que mis nervios se transformen, gozando de la sensación de volver al hogar de su cuerpo.

No tenemos prisa, aunque cuando la tarde acabe parecerá que no ha pasado el tiempo. Me dejo llevar de la mano hasta la cama, que se adivina grande a la escasa luz que entra por la persiana. Nos tendemos, totalmente vestidos aún, sólo besándonos. Pero ahora dejando que las manos se vayan atreviendo por debajo de la ropa, reconociendo la piel que acariciaron tiempo atrás, tanteando los signos de la excitación que se abre paso casi con vergüenza, pero imparable ya. Las prendas desaparecen poco a poco, cuando nos damos cuenta están en el suelo a los pies de la cama, hechas un montón informe, y nosotros estamos desnudos y abrazados como si el tiempo no hubiera pasado desde la primera vez.

No hay ansiedad ni prisas. Todo lo que hacemos nos lleva a un solo camino, pero sólo cuenta disfrutar el trayecto. No se sabe cuánto nos demoramos en recorrer con manos y labios nuestros cuerpos cubiertos de sudor, o en besarnos sin pensar en nada más que en la calidez de la boca del otro. En algún momento, casi sin darnos cuenta, su lengua ha interrumpido su paseo por mi cuerpo y se ha parado en mi sexo, dejándome exhausta pero ansiosa de tenerle dentro: los dos sabemos cómo, él sobre mí, ambos abrazados imposiblemente cerca, moviéndonos muy despacio. Todo el mundo concentrado en ese punto donde los dos cuerpos se hacen uno solo, una unión tan cercana y tan íntima que trasciende el sexo.

Poco a poco regresamos al mundo real y las manecillas del reloj vuelven a tener sentido. Nos despediremos con un beso, quizá hasta pronto, regresaremos cansados, agradecidos, con la sensación de haber pasado unas horas en otro mundo, en una geografía hecha de pieles y deseos.

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Tengo hambre de ti, ¿sabes?

 

Foto: Bodenschatz

Encuentros

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Había una vez dos personas que casi no se conocían. Nada las unía de antemano, vivían en dos ciudades diferentes, no tan lejanas como para ser mundos distintos pero no tan cercanas como para que fuera fácil encontrarse.

Esas personas compartieron unas horas que el paso del tiempo no pudo hacer que olvidaran. Ninguno recuerda demasiado bien qué se dijeron, pero sí recuerdan las piernas entrelazadas sobre las sábanas, el agua resbalando sobre sus cuerpos desnudos, los ruidos de la ciudad nocturna tamizados por cortinas de una habitación de hotel en donde sólo se oía el sonido líquido de los besos, de las lenguas recorriendo la piel ajena, de los sexos enfrentándose.

Ambos se aprendieron el camino del placer del otro, y desearon recorrerlo nuevamente.

Quizá, más pronto que tarde, vuelvan a encontrarse.

Verte

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De pronto me había quedado sin palabras: qué sensación de irrealidad tan fuerte cuando la realidad se presenta ante ti, viva y palpable, en vez de consistir en píxeles más o menos coloreados, hechos imagen o palabra. Pero por eso quería verte, aunque fuera sólo un momento robado con cualquier excusa durante un viaje fugaz que te había acercado a mi lugar tan lejano. Te había pedido que hicieras real para mí una fotografía, que convirtieras en carne lo que hasta ese instante eran sólo líneas, y te habías prestado a mi capricho, caprichosa a tu vez o curiosa de saber cómo era el que tras mis palabras se ocultaba.

Nadie hubiera pensado que bajo el vestido tan simple se escondiera un cuerpo ataviado para el deseo. Sólo los zapatos de tacón, demasiado abiertos y demasiado decorados como para resultar cómodos, delataban una intención maliciosa. No te invité a pasar, no hacía falta: cada punto del guión de aquella tarde calurosa estaba acordado de antemano. Me seguiste hasta mi dormitorio, te quitaste tú misma el vestido. Me miraste.

Eran los mismos que yo conocía el tanga negro y el corsé ceñido casi hasta el ahogo, y ahora quedaban explicados los zapatos que conducían la mirada de mis ojos por el camino de tus piernas. Pero no era ese el trato, así que tú misma fuiste hasta la cama, te tumbaste boca abajo, doblaste una pierna para facilitar mis maniobras. Yo tomé delicadamente la finísima tira de tu tanga y la enganché con un tacón del zapato, y me alejé para contemplarte. La fotografía estaba viva bajo mis manos, la sentía respirar con más rapidez de lo normal, quizá con miedo, quizá excitada. Ahora veía otros detalles que quizá no estuvieran en la foto original, o a lo mejor estaban pero la cámara no podía captarlos: un rastro de sudor en la parte más baja de la espalda, la ternura de la carne allí donde era presionada, el calor que desprendía.

Estuve así un tiempo, no sé si segundos o minutos, en algún sitio suspendido más allá de la habitación cerrada. No sabía si la posición te resultaba cómoda, o si te sentías cohibida por mi escrutinio. Volviste un momento la cabeza y me miraste, interrogándome sin decir nada. Me acerqué a la cama, desenganché la tira del tanga dejando caer tu pierna, y posé mi mano, suave pero segura, en el espacio oculto entre tus muslos.

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