Recordar…
Recuerdos.
Una mano que se atreve a cruzar el aire entre nosotros y se posa en mi pecho. Tus labios entreabiertos mientras duermes. La dulce ansiedad de ver lo que me espera antes de terminar de desnudarte. Una caricia en tu cintura. Tu mirada contemplando la noche por la ventana. El sonido de los cierres de un corsé que desabrochas a la vez que me penetras. Tu olor. Tu lengua lamiéndome los dedos.
Recuerdo todo eso mientras mis dedos buscan el temblor que los tuyos provocaron.
Algo cede en mí, y mis codos ya no pueden sostener mi peso. Estoy de rodillas, la cabeza entre los brazos, y de mi garganta surgen sonidos que no alcanzo a interpretar: ni temor ni deseo, sino la incapacidad de distinguir entre ambas cosas y como resultado… Me golpea, tras ponerme una almohada encima de la cabeza para amortiguar mis gritos; después, me posee como poseería a un hombre. Grito más fuerte que antes, con los ojos abiertos como platos en la oscuridad, la almohada cubriéndome el rostro.
Muy dentro de mí, su golpeteo cesa abruptamente. Me empuja boca abajo, su mano derecha debajo de mí y entre mis piernas. Tumbado encima de mí cuan largo es, levanta la almohada y escucha cómo se apagan mis sollozos.
Cuando me doy cuenta de que estamos respirando al unísono, serenos, sus dedos inician su infinitesimal movimiento. Mi respiración no tarda en agitarse. Me vuelve a tapar la cara con la almohada cuando me corro y no tarda en correrse también. Coge Kleenex reforzado de la mesilla y me lo mete por entre las nalgas. Cuando, más tarde, lo saca de allí. está empapado de semen y teñido de rosa. Acurrucado contra mí murmura:
-Tan prieto tan caliente, no puedes imaginarte…
A veces me preguntaba, en abstracto, cómo podía el dolor excitarme tanto. En cierta ocasión, durante aquella época, me golpeé el dedo gordo del pie, protegido sólo por una sandalia contra el último cajón de mi escritorio. Juré, salté de un lado para otro, recorrí cojeando el pasillo hasta el despacho de un compañero de trabajo para mendigar su compasión, y no fui capaz de concentrarme durante los siguientes quince minutos, porque la ligera, pero insistente, palpitación me distraía e irritaba. Pero, cuando el que infligía dolor era él, la diferencia entre el dolor y el placer se oscurecía de tal forma que los transformaba en dos lados de una misma moneda: sensaciones de diferente calidad, pero con el mismo resultado, igualmente intensas; ambos estímulos eran igualmente poderosos y capaces de excitarme. Dado que el dolor siempre aparecía como preludio, y sólo como preludio -a veces horas antes, pero siempre finalmente conducente al orgasmo-, era tan deseado, tan sensual, tan consustancial al acto del amor como las caricias que recibían mis pechos.
Leí por primera vez Nueve semanas y media, de Elizabeth McNeill, cuando tenía dieciocho años, en casa de una amiga con la que pasaba unos días, y mucho antes de ver la famosísima película que la tomó como base. En su momento, probablemente me causó una mezcla de fascinación y estupor, ese que procede de ser, aún, incapaz de entender que alguien pueda encontrar placer alguno en recibir o infligir daño, en someter o someterse. Tiempo después, sólo podía recordar nítidamente la frase con la que la novela se cierra, que me dejó especialmente impresionada. Y hace algunas semanas estuve con alguien que hizo venir esa frase a mi memoria, y eso a su vez me hizo repasar aquella lectura de tantos años atrás.
Para mi sorpresa, y aunque yo creía no recordar los detalles del resto del libro, debió de marcarme más de lo que pensaba. Hay mucho de ese ambiente, de esos juegos -si bien no tan llevados al límite- en mis escritos y en mis fantasías, esa búsqueda del placer y de las propias fronteras y recovecos de la sensualidad. Es más, en la novela figura un pasaje ambientado en el Hotel Chelsea, incluso parte de la película se rodó allí, si bien está completamente ausente esa aura romántica que lo rodea en otras ocasiones y que yo evocaba en mi anterior post:
Esta vez, no hay paquetes amontonados encima de la cama, tampoco hay nota. En las paredes, necesitadas de pintura, seis ganchos de baratillo, del tamaño que yo uso para colgar mis recordatorios menos pesados; parecen insectos emplazados a intervalos irregulares. Los cuadrados blancos debajo de los ganchos hacen que la superficie de pared que los rodea parezca aún más gris, y dan a la habitación un aire de haber sido recientemente evacuada… de un lugar abandonado por alguien precipitadamente, quien, sin tiempo para hacer las maletas, se ha ido arrancando a toda prisa las fotografías familiares que colgaban de las paredes en marcos baratos. En el borde posterior del lavabo del cuarto de baño, al lado del grifo del agua fría, hay una cucaracha muerta, y otra más pequeña yace cerca del desagüe de la bañera.
Me siento en el cobertor de felpa anaranjada que cubre la cama individual, y el colchón se comba abruptamente.
En cualquier caso, recomiendo su lectura, quizá a alguien le ayude a entender mejor esos recovecos oscuros del placer. O no…
Hoteles
Si hay un elemento que aparezca con cierta asiduidad en este blog (ya lo hacía en su predecesor, por cierto) son las habitaciones de hotel. Escenarios más o menos privilegiados de tardes (más frecuentemente) o noches apasionadas, dulces o morbosas, punto de encuentro entre dos ciudades alejadas o refugio de escarceos no del todo lícitos.
Sín embargo, dudo de que alguna vez tenga la ocasión de pasar una de esas tardes de sudor y cortinas cerradas en uno de los hoteles con más historia del mundo: el Chelsea Hotel, en Nueva York, con más de un siglo de existencia y que ha albergado a un sinnúmero de artistas (de Robert Mapplethorpe y Patti Smith a Dylan Thomas, de Arthur C. Clarke a Jimi Hendrix…), ha sido escenario de películas y sesiones de fotografía y ha inspirado obras como la que sigue, la canción que escribió Leonard Cohen después de un fugaz encuentro con Janis Joplin.
Te la dedico a ti, con quien pasé unas horas memorables en una habitación con vistas a cierto aparcamiento…
Chelsea Hotel
(Letra: Leonard Cohen)
Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel,
hablabas tan segura y tan dulcemente,
mamándomela sobre una cama deshecha
mientras en la calle te esperaba la limusina.
Esas eran las razones y ésa fue Nueva York,
nos movíamos por el dinero y la carne
y a eso lo llamaban amor, los del oficio,
probablemente, aún lo es para los que quedan.
Pero te fuiste, ¿verdad, nena?
Sólo le diste la espalda a la gente
y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir:
«Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito»,
mientras todos te bailaban alrededor.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda.
Volviste a decirme que preferías hombres bien parecidos
pero que por mí harías una excepción.
Y cerrando el puño por los que como nosotros
están oprimidos por los cánones de belleza,
te arreglaste un poco y dijiste: «No importa,
somos feos, pero tenemos la música».
Y entonces te fuiste, ¿no es así, tía?
Simplemente, diste la espalda a la gente
y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir:
«Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito»,
coreándote todos alrededor.
Y no pretendo sugerir que yo te amara mejor
No puedo llevar la cuenta de cada pájaro que cazaste.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Eso es todo, no pienso en ti muy a menudo.
Foto: Julia Calfee
Letra de la canción tomada de aquí
A ciegas
Bebieron en silencio observándose los dos. Ulises traía un mapa. Después de cada trago se miraban y sonreían. Como dos desconocidos que se han citado a ciegas y no tienen nada que decirse salvo apurar el tiempo necesario antes de comenzar a devorarse permanecían con el licor en la mano y cuando Ulises hizo el gesto de extender el mapa sobre el mostrador para mostrarle a Martina la situación de un punto perdido en el océano Índico, semejante a un residuo de mosca, que era una isla de Indonesia, la mujer rehusó mirar y continuó bebiendo hasta apurar el vaso. Luego pagó. A continuación le dijo a Ulises que la siguiera. Se lo dijo sin palabras moviendo la cabeza sin más.
Por una acera muy estrecha de la calle de la Bolsería lo llevaba de la mano, ella delante, él detrás como siendo arrastrado, hasta encontrar el balcón con geranios donde colgaba el nombre de la pensión La Mallorquina. Ulises sintió que la mano de Martina seguía siendo de acero y esa sensación le atacaba directamente la voluntad hasta anularla. Entraron en el costroso portal y fueron salvando todos los obstáculos que se interponían a su paso: una escalera mugrienta con peldaños de madera carcomida hasta el tercer piso, una puerta verde repintada, un timbrazo violento que sonó en el recibidor, una vieja que descorrió la mirilla, un gato que maulló de forma siniestra al ver a la pareja bajo la bombilla del rellano, la vieja que les obligó a limpiarse las suelas de los zapatos en el felpudo, un pasillo largo con olor a repollo, un retrete al fondo, una habitación a la derecha con el número siete sobre el dintel, una lámpara rosa en la mesilla, un balcón con geranios, una cama grande con cabezal de férreos barrotes muy propios para atar al amante que le guste, un espejo en el armario en el cual se reflejaron los dos cuerpos tal como eran ahora.
Con el balcón abierto y todos los ruidos y voces de la calle dentro de la habitación, sonidos menestrales de pequeños comercios y carromatos, ellos se arrojaron el uno contra el otro en la cama desnudándose con los dientes y a medida que descubrían una parte del cuerpo después de cada mordisco les crecía una furia que les impulsaba hacia dentro de sí mismos para salirse al instante con más fuerza. Cuando Ulises quedó totalmente desnudo Martina estaba también desnuda y tendida, jadeando los dos como caballos que llegan juntos a una meta con sólo media cabeza de ventaja la yegua y la claridad que entraba por el balcón era suficiente para buscar sobre la piel sudorosa cualquier seña de identidad. Martina buscó con los labios aquella peca rubia de Ulises bajo la tetilla izquierda y ni siquiera tuvo tiempo de alegrarse de encontrarla exactamente igual porque de pronto sintió que Ulises la poseía con una fuerza desmesurada y era como si una ola la cubriera y llenara de agua el fondo de su memoria.
Manuel Vicent, Son de mar
Una historia
Echo una última mirada a la habitación en penumbra antes de cerrar la puerta con cuidado. Mis tacones no hacen ningún ruido sobre la moqueta del pasillo, iluminado por luces indirectas y flanqueado por una docena de puertas idénticas a la mía. Mientras paso entre ellas me pregunto por las historias que habrá detrás, quizá hombres de negocios, parejas de turismo en la ciudad abrumada de calor, solitarios en busca de compañía.
Pulso el botón de llamada del ascensor y espero, mirando mi reflejo en la puerta de metal. Ya me he observado una y otra vez ante el espejo, pero siempre cabe la duda de si el aspecto será el adecuado, si me habré pasado o quedado corta. El vestido negro con flores blancas se ciñe sin mostrar demasiado, aunque en algún momento posiblemente el escote se abra un poco para dejar ver el sujetador de satén rosa. El collar y los pendientes a juego tintinean leves con cada movimiento. Nada permite adivinar que bajo el vestido se aprieta un corsé negro que a altas horas de la noche caerá al suelo de mi habitación…
Una oleada de calor me corta la respiración al salir a la calle desde la frescura del hotel, y aprieto el paso para llegar a la cercana cafetería donde se va a producir el encuentro. Es un local sin nada de particular, escaso de clientela a esta hora de la tarde. Echo una ojeada, parece que aún no ha llegado, o por lo menos no hay nadie a la vista que se parezca al hombre que sólo he visto en fotografías. Me siento a una mesa junto a las ventanas, al menos podré verle antes de que entre; el camarero me pregunta qué quiero y le pido mecánicamente una cerveza.
Cuando me la traen le doy algunos sorbos y agradezco su frescura, aunque en realidad casi habría dado igual cualquier otra cosa porque mi cabeza es un caos: me pregunto si vendrá o habrá ocurrido algún imprevisto, si todo saldrá bien, si los nervios del principio me harán decir alguna tontería o reírme a destiempo.
Me empiezo a preocupar ligeramente, ya hace algún tiempo desde que recibí su mensaje: ve preparándote, ya he llegado. Sé que tiene la dirección y sabe la forma de venir, pero puede que el tráfico haya jugado una mala pasada, o que esté intentando jugar con la situación. Ha dado resultado, si es así: me doy cuenta de que me siento más excitada por momentos.
No he dejado de mirar por la ventana, por eso la sorpresa es mayor cuando una mano se posa suavemente en mi hombro. Me giro y le veo de pie a mi lado, sonriéndome. No hace falta decirlo, sé que me ha reconocido, pero aun así afirma más que pregunta ¿Anaïs?
Se sienta frente a mí, pide otra cerveza. Hablamos de muchas cosas, lugares comunes y otros no tanto, aunque nada de lo que no se pueda hablar en público. Pero de pronto, casi en mitad de una frase, me mira a los ojos, y en voz muy baja, fuera del alcance de los oídos de los pocos clientes de la cafetería, me da una orden. Me levanto y voy hacia el baño. Empieza el juego.
Imagen: Mirco Rossi
Besos de café

Una cita para un café rápido, en ese local pequeño de al lado de la oficina. Una charla casual hecha de sobreentendidos, risa nerviosa, cuánto hace que no te veo y qué es de tu vida. Te acompaño al autobús, ven por aquí que llegamos antes, una calle estrecha y oscura punteada de rincones. ¿No decías que querías darme un beso? Pues acércate, labios con sabor a café, mis pies de puntillas, la mano en la cintura amagando un abrazo que no podrá ser ahora mismo. Tarde que presagia otros atardeceres tras una ventana con las cortinas cerradas…
Si…

Si fuera más paciente…
Si fuera menos perezosa…
Si fuera más decidida…
Si fuera menos tímida…
Si fuera más bella…
Si yo no fuera yo, sería más feliz de lo que soy?
Foto: David le Beck
Sólo una fotografía

Quien me haya leído alguna vez, aquí o en A escondidas, sabe que las imágenes son parte inseparable de este rinconcito de la blogosfera. Paso muchísimo tiempo buscando fotografías, en páginas especializadas, en otros blogs o a veces en las fuentes más insospechadas (y una que otra me la facilita algún fanático del octavo arte). No siempre voy a la caza de la foto más adecuada para un texto, a veces es al revés, surgen las letras tras la imagen, o la utilizo sólo porque me gusta su estética; rara vez las pongo con la intención de que resulten simplemente eróticas, quiero que, sobre todo, sean bellas, obviamente para mi gusto. Y raramente encuentro alguna que, sin un motivo claro, me llama la atención lo suficiente como para dedicarle un sitio a ella sola. Como esta joven de arriba, que no sólo es hermosa, sino que tiene algo más, indefinible pero magnético: quizá esa mirada, quizá esos labios, quizá el collar que la viste, quizá la luz que la moldea. Sea como sea, no es sólo una fotografía.
Por otro lado, justo es darle crédito, aunque he tenido que investigar un poco para encontrarlo: el fotógrafo es Brigham Field y la modelo se llama Roberta Murgo.
7 de abril
Hoy, un pequeño regalo para alguien con quien hago diabluras de vez en cuando.
Subterráneo

Hoy llueve, y las escaleras que bajan al subterráneo del metro londinense están mojadas y resbaladizas. El andén es una marea de gente yendo y viniendo, absortos en sus teléfonos móviles, leyendo periódicos de grandes y llamativos titulares o mirando a un punto lejano del túnel mientras esperan el vagón que les llevará a quién sabe dónde.
He conseguido encontrar un asiento libre, todo un logro a estas horas. En la siguiente estación casi no se baja nadie y los que suben han de ir colocándose como pueden en el pasillo central entre los asientos, agarrados a las barras superiores. Una de las que suben es una mujer rubia, que evidentemente viene de trabajar, cargada con un enorme bolso abierto del que sobresalen un portátil, un fajo de folios escritos y una agenda. Deja el bolso en el suelo y se queda de pie ante mí, sosteniéndose como puede en precario equilibrio.
No es especialmente hermosa, pero sabe aprovechar bien su apariencia. Se alza sobre tacones, lleva el pelo largo, una blusa elegante, de raso, que le queda algo estrecha y hace que se le note el sujetador de encaje, y una falda negra y sencilla que le ciñe las caderas. Entre dos botones de la blusa se puede vislumbrar, cuando queda un poco de lado, un rombo de la piel de su pecho. Se le ven las mejillas ruborizadas por el calor del vagón y los ojos maquillados algo soñolientos, pero a mí me llaman más la atención sus labios, pintados en un tono claro, llenos y besables, entreabiertos en un gesto absorto.
Me imagino pasándoles un dedo por encima, dibujándolos con un leve toque antes de intentar contactos más osados. Pero ahí de pie frente a mí, completamente ajena a mis pensamientos que la desnudan, me tienta más imaginar que eres tú el que, de pie tras ella, desliza las manos por sus caderas, tantea la abertura de su falda y nota el calor entre sus piernas, acaricia la blusa casi transparente llenándose las manos con sus pechos redondos y dulces; y me tienta aún más pensarla atrapada entre tú y yo, los tres cuerpos desnudos, calientes, mezclados en un vaivén de manos y labios, moviéndose al ritmo del vagón que nos lleva a quién sabe dónde.
Hemos llegado a mi destino (This is Earl’s Court. Mind the gap…) y he de bajarme para coger un transbordo. Me levanto y sin palabras le indico mi asiento a la mujer, que me lo agradece con un movimiento de cabeza, y se olvida de mí en cuanto bajo del vagón.
¿Por qué?

¿Por qué, después de tanto tiempo, aún sueño contigo cuando duermo?
¿Por qué sigo buscando tus rastros en otros caminos, aunque tenga miedo de encontrarlos?
¿Por qué un día se fueron la ternura, las noches compartidas y los versos?
¿Por qué tus ojos y tu voz ya no me llegan?
¿Por qué, después de tanto tiempo, aún te quiero?
Foto: Imagen con licencia CC de Pulo
¿Qué crees que pasaría…

… si tú y yo trabajáramos juntos?
Naturalmente, seríamos discretos; nadie podría nunca imaginar que fuéramos otra cosa que unos buenos amigos, quizá de esa clase de amigos superficiales que se hacen en el trabajo. Sin embargo, si alguien se molestara en mirarnos con un poco de detalle, probablemente podría darse cuenta de que algo parecido a una corriente eléctrica, un flujo submarino, llena el espacio entre nosotros cuando estamos cerca.
A lo mejor, observando con cuidado, verían que si nos encontramos en el ascensor nos saludamos como todos los días, y nos situamos el uno al lado del otro, tú mirando los titulares del periódico, yo enfrascada en leer un mensaje en el teléfono; pero sólo unos centímetros más abajo, mi otra mano, a salvo de indiscreciones gracias a la multitud que llena el ascensor, se pasea por encima de tus pantalones, como quien no quiere la cosa, un toque suave pero suficiente para notar tu polla endurecida…
También, si alguien se atreviera a mirar ese mismo mensaje de mi teléfono, leería el que tú me has mandado mientras venías de camino a la oficina; tus verdaderos buenos días, alguna frase obscena y tierna al mismo tiempo. Puede que te lo conteste durante la mañana de la misma forma, o puede que te envíe un email, con un escueto “Últimos balances” en la línea del asunto pero con un contenido mucho más comprometedor, rezando en mi interior para que nadie de la empresa, como alguna vez han dicho por ahí, nos lea los correos…
Y si alguien pudiera esconderse debajo de la mesa en esas aburridas reuniones en las que a veces coincidimos, a lo mejor se daría cuenta del auténtico motivo por el que siempre nos sentamos frente a frente: para que mi pie descalzo pueda subir por tu pantorrilla, poniéndote nervioso frecuentemente en el preciso momento en el que tienes que hablar delante de todos; o, estirándolo un poquito más, incluso rozarte en ese mismo sitio en donde por la mañana se entretuvieron mis dedos…
Probablemente, alguna de mis compañeras de despacho se echaría las manos a la cabeza si supiera que te he llamado por teléfono para pedirte que vengas con alguna buena excusa, y unos minutos antes de que aparezcas he estado en el baño para quitarme las bragas, que te daré metidas en un sobre…
Y seguramente a nuestros jefes no les haría ni la más mínima gracia si supieran que muy de vez en cuando, en las horas del almuerzo, desaparecemos para todos y nos escondemos en un cuartito de archivo donde nunca entra nadie, para devorarnos a toda prisa, vestidos y calzados, intentando que nuestros gemidos no se oigan, mordiéndonos los labios para no gritar de gusto, recomponiendo como podemos la ropa arrugada y sabiendo que hasta el último de nuestros poros huele a sexo…
Pensándolo bien, probablemente es mucho mejor que tú y yo nunca trabajemos juntos.
Soñar contigo

La noche pasada soñé contigo. Sabes que sueño contigo a menudo. Siempre contigo, aunque no siempre con tu cara, ni con tu cuerpo: a veces el hombre en mi sueño tiene el aspecto de otro, no habla como tú, se mueve diferente. Pero yo sé que eres tú. Puede que en mi sueño estemos rodeados de personas, o puede que estemos en mitad de la calle, pero da lo mismo; somos tú y yo solos, sólo nosotros dos.
Gracias a mis sueños conozco muy bien tu olor, el sabor de tu saliva, el peso de tu cuerpo. He lamido mil veces tus labios con los míos y he vestido tu piel sólo con mis manos. Te he cubierto de besos cuidadosos y te he pedido que invadas mis caminos y desveles mis secretos.
Si sueño contigo, no quiero que llegue la mañana. Aunque me despierte, cierro los ojos para conservar el color de ese último sueño. Intento retener en mis oídos la voz con que me hablas de deseo y bajo mis manos por mi cuerpo hasta alcanzar el sexo que acariciaste en el sueño y que el sueño humedeció como el rocío temprano. Alargo un poco más la sensación hasta que la luz del día me hace abrir los ojos y abandonarte.
Sabes que sueño contigo a menudo, y que conozco tu olor, tu piel y tus caricias. Puede que alguna vez se hagan reales, o puede que nunca haga nada más que continuar soñándote. Pero yo, noche tras noche, sigo acudiendo, húmeda y dispuesta bajo las sábanas, a mi cita contigo.
Aún

Aún recuerdo el calor de tu cuerpo en las sábanas.
Aún tengo en mi mente tu perfil recortado contra la luz gris del amanecer; el frío en la calle, el silencio alrededor, y mi dedo dibujando tu silueta…
Aún, si cierro los ojos, puedo sentir tus labios y tu lengua, besando, lamiendo, devorando casi.
Tantos recuerdos, y tanto tiempo que falta para volver a hacerlos presentes…
Foto: Ilkka Kallio
¿Has sido bueno este año?

Si tú te has portado bien durante estos doce meses, entonces yo seré buena contigo y te concederé un deseo.
O, a lo mejor, muchos deseos todos juntos.
Te dejaré que elijas el qué, el cuándo y el cómo (el cuánto es fácil… ¡siempre mucho!)
Te dejaré que elijas los participantes del juego y, si te parece, los disfraces.
Pero sólo si has sido muy bueno…
Aunque, si quieres que te diga la verdad, me gustas mucho más cuando eres malo.
Foto: Kassandra





