¿Por qué?

¿Por qué, después de tanto tiempo, aún sueño contigo cuando duermo?
¿Por qué sigo buscando tus rastros en otros caminos, aunque tenga miedo de encontrarlos?
¿Por qué un día se fueron la ternura, las noches compartidas y los versos?
¿Por qué tus ojos y tu voz ya no me llegan?
¿Por qué, después de tanto tiempo, aún te quiero?
Foto: Imagen con licencia CC de Pulo
¿Qué crees que pasaría…

… si tú y yo trabajáramos juntos?
Naturalmente, seríamos discretos; nadie podría nunca imaginar que fuéramos otra cosa que unos buenos amigos, quizá de esa clase de amigos superficiales que se hacen en el trabajo. Sin embargo, si alguien se molestara en mirarnos con un poco de detalle, probablemente podría darse cuenta de que algo parecido a una corriente eléctrica, un flujo submarino, llena el espacio entre nosotros cuando estamos cerca.
A lo mejor, observando con cuidado, verían que si nos encontramos en el ascensor nos saludamos como todos los días, y nos situamos el uno al lado del otro, tú mirando los titulares del periódico, yo enfrascada en leer un mensaje en el teléfono; pero sólo unos centímetros más abajo, mi otra mano, a salvo de indiscreciones gracias a la multitud que llena el ascensor, se pasea por encima de tus pantalones, como quien no quiere la cosa, un toque suave pero suficiente para notar tu polla endurecida…
También, si alguien se atreviera a mirar ese mismo mensaje de mi teléfono, leería el que tú me has mandado mientras venías de camino a la oficina; tus verdaderos buenos días, alguna frase obscena y tierna al mismo tiempo. Puede que te lo conteste durante la mañana de la misma forma, o puede que te envíe un email, con un escueto “Últimos balances” en la línea del asunto pero con un contenido mucho más comprometedor, rezando en mi interior para que nadie de la empresa, como alguna vez han dicho por ahí, nos lea los correos…
Y si alguien pudiera esconderse debajo de la mesa en esas aburridas reuniones en las que a veces coincidimos, a lo mejor se daría cuenta del auténtico motivo por el que siempre nos sentamos frente a frente: para que mi pie descalzo pueda subir por tu pantorrilla, poniéndote nervioso frecuentemente en el preciso momento en el que tienes que hablar delante de todos; o, estirándolo un poquito más, incluso rozarte en ese mismo sitio en donde por la mañana se entretuvieron mis dedos…
Probablemente, alguna de mis compañeras de despacho se echaría las manos a la cabeza si supiera que te he llamado por teléfono para pedirte que vengas con alguna buena excusa, y unos minutos antes de que aparezcas he estado en el baño para quitarme las bragas, que te daré metidas en un sobre…
Y seguramente a nuestros jefes no les haría ni la más mínima gracia si supieran que muy de vez en cuando, en las horas del almuerzo, desaparecemos para todos y nos escondemos en un cuartito de archivo donde nunca entra nadie, para devorarnos a toda prisa, vestidos y calzados, intentando que nuestros gemidos no se oigan, mordiéndonos los labios para no gritar de gusto, recomponiendo como podemos la ropa arrugada y sabiendo que hasta el último de nuestros poros huele a sexo…
Pensándolo bien, probablemente es mucho mejor que tú y yo nunca trabajemos juntos.
Soñar contigo

La noche pasada soñé contigo. Sabes que sueño contigo a menudo. Siempre contigo, aunque no siempre con tu cara, ni con tu cuerpo: a veces el hombre en mi sueño tiene el aspecto de otro, no habla como tú, se mueve diferente. Pero yo sé que eres tú. Puede que en mi sueño estemos rodeados de personas, o puede que estemos en mitad de la calle, pero da lo mismo; somos tú y yo solos, sólo nosotros dos.
Gracias a mis sueños conozco muy bien tu olor, el sabor de tu saliva, el peso de tu cuerpo. He lamido mil veces tus labios con los míos y he vestido tu piel sólo con mis manos. Te he cubierto de besos cuidadosos y te he pedido que invadas mis caminos y desveles mis secretos.
Si sueño contigo, no quiero que llegue la mañana. Aunque me despierte, cierro los ojos para conservar el color de ese último sueño. Intento retener en mis oídos la voz con que me hablas de deseo y bajo mis manos por mi cuerpo hasta alcanzar el sexo que acariciaste en el sueño y que el sueño humedeció como el rocío temprano. Alargo un poco más la sensación hasta que la luz del día me hace abrir los ojos y abandonarte.
Sabes que sueño contigo a menudo, y que conozco tu olor, tu piel y tus caricias. Puede que alguna vez se hagan reales, o puede que nunca haga nada más que continuar soñándote. Pero yo, noche tras noche, sigo acudiendo, húmeda y dispuesta bajo las sábanas, a mi cita contigo.
Aún

Aún recuerdo el calor de tu cuerpo en las sábanas.
Aún tengo en mi mente tu perfil recortado contra la luz gris del amanecer; el frío en la calle, el silencio alrededor, y mi dedo dibujando tu silueta…
Aún, si cierro los ojos, puedo sentir tus labios y tu lengua, besando, lamiendo, devorando casi.
Tantos recuerdos, y tanto tiempo que falta para volver a hacerlos presentes…
Foto: Ilkka Kallio
¿Has sido bueno este año?

Si tú te has portado bien durante estos doce meses, entonces yo seré buena contigo y te concederé un deseo.
O, a lo mejor, muchos deseos todos juntos.
Te dejaré que elijas el qué, el cuándo y el cómo (el cuánto es fácil… ¡siempre mucho!)
Te dejaré que elijas los participantes del juego y, si te parece, los disfraces.
Pero sólo si has sido muy bueno…
Aunque, si quieres que te diga la verdad, me gustas mucho más cuando eres malo.
Foto: Kassandra
Días fríos

Hoy me ha costado un mundo decidirme a salir de la cama…
pero si hubieras estado conmigo no habría salido de ella en todo el día.
Foto: Ilya Rashap
¿Quieres que te tiente?

Sé que te resistes, que no quieres caer…
Pero si cayeras, comprobarías que mis labios siguen siendo húmedos y suaves, sobre todo cuando se acercan a los tuyos. Los sentirías bajando por tu pecho y recorriendo tu piel temblorosa, dejando un rastro húmedo de saliva desde tu boca hasta los dedos de tus pies.
Puede que te atrajera la idea de darnos una ducha juntos, después de quitarme esa ropa que elegí con tanto esmero aun sabiendo que la sentiría en mi piel sólo durante un momento mientras se desliza hasta el suelo. Dejaríamos que la lluvia caliente de la ducha cayera sobre nosotros, resbaladizos de jabón, sin poder resistir más tiempo para explorar todos nuestros recovecos, incluso los rincones más secretos que nunca dejamos entrever a nadie; tu sexo buscaría el hueco de mis piernas, se dejaría abrazar por mis nalgas y jugaría a encontrar entre mis pechos el cobijo que tanto desea…
O, quizá, te gustaría más pensar en mi cuerpo desnudo sobre la cama. Mostrándote sin tapujos todo cuanto guarda, y dándome con mis manos el placer que será la antesala del que tú me darás luego. Te diría que hicieras conmigo cuanto quisieras, me abriría ante ti sin tabúes, sin penas, una vez más me abriría a tu sexo y acabaríamos derramados uno sobre otro, fundidos en el abrazo imposiblemente cerca…
Pero cuidado con las tentaciones… puedes desear caer en ellas.
Foto: Publicidad de Aubade
Lecciones de estilo
Si hay una mujer que, saliéndose por completo de los cánones que impone la moda del momento, ha llegado por méritos propios al olimpo de las más deseadas, esa es Dita von Teese, nacida Heather Sweet hace treinta y siete años, bailarina, modelo y actriz ocasional, y dueña de un estilo que ella misma ha pulido a su entero gusto y manera, heredero de las pin ups, del cine clásico y la tradición del burlesque y el vodevil actualizados con elegancia.
Lo que me parece admirable de esta mujer, aparte de sus más que obvias belleza y elegancia, es que es ella misma: no necesita estilistas, se ocupa personalmente de todos los detalles de sus espectáculos, “vive” su papel fuera y dentro de los escenarios y reivindica la libertad de las mujeres para hacer lo que quieran, aunque sea bailar desnudas o vivir su sexualidad de una forma “alternativa”, actitud que a mí me parece de un feminismo mucho más auténtico que el de aquellas que se empeñan en imponernos hasta lo que hacemos en la cama…



Para estar desnuda

Lo que su amante quería de ella era muy simple: que estuviera accesible de un modo constante e inmediato. No le bastaba saber que lo estaba; quería que lo estuviera sin el menor obstáculo y que tanto su actitud como su manera de vestir así lo advirtieran a los iniciados. Esto quería decir, prosiguió él, dos cosas: la primera, que ella sabía ya, puesto que se lo habían explicado la noche de su llegada al castillo: nunca debía cruzar las piernas y debía mantener siempre los labios entreabiertos. Seguramente, ella creía que esto no tenía importancia (y así lo creía, en efecto); sin embargo, pronto descubriría que, para observar esta disciplina, tenía que poner una atención constante que le recordaría, en el secreto compartido entre ellos dos y acaso alguna otra persona, pero durante sus ocupaciones ordinarias y entre todos aquellos ajenos a tal secreto, le recordaría la realidad de su condición. En cuanto a su ropa, debería elegirla o, en caso necesario, inventarla de manera que hubiera necesidad de repetir aquel semidesnudamiento a que la había sometido en el coche que los llevaba a Roissy. Al día siguiente, ella escogería en sus armarios y cajones los vestidos y la ropa interior y descartaría absolutamente todos los slips y los sujetadores parecidos a aquél cuyos tirantes había tenido que cortar él para quitárselo, las combinaciones cuyo cuerpo le cubriera los senos, las blusas y los vestidos que no se abrochasen por delante y las faldas que fueran demasiado estrechas para que pudiera levantarlas con un solo movimiento. Que encargara otros sujetadores, otras blusas y otros vestidos. Hasta entonces, ¿tendría que ir con los senos desnudos bajo la blusa o el jersey? Pues bien, que fuera. Si alguien lo notaba, ella podría explicarlo como mejor le pareciera o no dar ninguna explicación, era asunto suyo. En cuanto a las demás cosas que debía decirle, prefería esperar unos días y deseaba que, para oírlas, ella estuviera vestida como él quería. En el cajoncito del escritorio, encontraría todo el dinero que necesitara. Cuando él acabó de hablar, ella murmuró «te quiero» sin el menor gesto.
Pauline Reage, Historia de O
Si estuviera contigo, también me vestiría para estar desnuda…
Tú…

Para ti, que a veces… me buscas
…me buscas
me esperas
me celas
me encuentras
me agitas
me miras
me enseñas
me alumbras
me excitas
me llevas
me inundas
me mimas
me dejas…
Foto: Pascal Renoux
A ti…

No, no fue la noche que habíamos soñado.
Pero yo no olvidaré tu cuerpo en la penumbra.
No me olvidaré de tus labios y tu lengua enredándose en los míos.
Ni dejaré de pensar en tu piel tan cerca de mi piel sin nada separándolas.
Soñaré con tus abrazos y despertaré con tus suspiros.
Y quizá alguna vez volvamos a entrar uno en el otro como aquella noche entramos.
Foto: John McCall
Me gusta…

Me gusta deslizarte los dedos por el pelo.
Me gusta envolver con mis brazos tu cintura mientras tu cuerpo se mueve sobre el mío.
Me gusta pintarme los labios para ti y que tus besos los dejen despintados.
Me gusta que te guste correr riesgos conmigo.
Me gusta que no pase el tiempo cuando estamos tras las puertas.
Me gusta que me hagas sentirme en una nube.
Me gusta no saber aún todo de ti.
Me gusta que me digas lo que quieres porque cada cosa que pides es un regalo que me haces.
Realidad o sueño

El chico se detuvo delante de una habitación, que deduje sería el origen de donde provenía todo lo que percibía. Asomándome, en la puerta de la habitación advertí la silueta de la espalda de una muchacha iluminada por una vela, totalmente desnuda. De largos cabellos negros que le caían hasta el talle. En su espalda se dibujaba un tatuaje de henna que la ocupaba casi íntegramente. Era el contorno de un enorme sol negro con un fino trazo, algún símbolo de la cultura árabe que me resultaba familiar, pero que no acertaba a descifrar. Alrededor de toda la cintura y el vientre tenía otro tatuaje de un intrincado dibujo tribal. La muchacha permanecía inmóvil sentada de espaldas, como si de una musa que posara para mí se tratase. El chico soltó mi mano y me dejó allí, hechizado por aquella muchacha. De fondo ya no escuchaba la fiesta del salón. Sólo escuchaba la flauta y el agua y sentía que me ahogaba cada vez más en el incienso. Ella giró sobre su cintura y provocó que temblase como si hubiese viajado a otra dimensión perdiendo la lucidez. (…) Extendió su mano hacia mí y pude observar su desnudo cuerpo divino: sus preciosos pechos y su gloriosa silueta con fastuosas curvas, que terminaba en una estrecha cintura redondeada. Todo su cuerpo emanaba beatitud. Con su mano atrapó la mía y la posó mansamente en su pecho mientras cerraba los ojos. Su tacto era como acariciar una nube. Yo también cerré los ojos, pero tosía, me estaba quedando sin aire. Sólo el sedoso tacto de su cuerpo me mantenía despierto. Cuando nuestros cuerpos se acercaron, descansó su mano sobre mi cabeza y se aproximó hasta besarme. Sentí que me proporcionó aliento cuando ya desfallecía. Al desprender sus labios de los míos, un aura de humo emergía de su boca, como si hubiese extraído el incienso de mis pulmones.(…) Quise abrazar su cuerpo desesperadamente. Pero ella, con un gesto manso de negación, puso su mano en mi boca mientras susurró como un canto celestial una palabra en turco que repitió dos veces y que no pude traducir: “Seni seviyorum. Seni seviyorum”. Recogió una malla que tenía a sus pies y se cubrió con ella como quien se arrepiente de algo o quiere ocultar y enviar al olvido lo que ha sucedido. Abandoné su habitación sin comprender qué había pasado.
M. Blázquez, fragmento de Mi propia naturaleza
Foto: Katarzyna Widmanska
Otra vez

Foto: www.indman.ru
Otra vez los nervios.
Mientras subo la escalera por delante de él, me pregunto si se habrá dado cuenta de que me tiemblan las piernas. Igual que aquel otro día de hace ya tanto tiempo. No nos hemos dicho gran cosa, sólo alguna frase de puro trámite después de unos besos en la mejilla, cohibidos todavía.
La otra vez yo le esperaba tras la puerta, en cambio ahora hemos entrado los dos al tiempo, él aún detrás de mí, pero el ritual es el mismo. Dejo caer el bolso al suelo, cierro los ojos, me dejo estrechar en sus brazos. Se me pierden las manos entre su pelo. Pasa un buen rato hasta que sus labios buscan los míos, de momento sólo nos abrazamos, con el asombro de que esto que parecía imposible esté sucediendo. Estrecho otra vez su cintura que tan bien recuerdo y dejo resbalar mis manos por su espalda, dejando que mis nervios se transformen, gozando de la sensación de volver al hogar de su cuerpo.
No tenemos prisa, aunque cuando la tarde acabe parecerá que no ha pasado el tiempo. Me dejo llevar de la mano hasta la cama, que se adivina grande a la escasa luz que entra por la persiana. Nos tendemos, totalmente vestidos aún, sólo besándonos. Pero ahora dejando que las manos se vayan atreviendo por debajo de la ropa, reconociendo la piel que acariciaron tiempo atrás, tanteando los signos de la excitación que se abre paso casi con vergüenza, pero imparable ya. Las prendas desaparecen poco a poco, cuando nos damos cuenta están en el suelo a los pies de la cama, hechas un montón informe, y nosotros estamos desnudos y abrazados como si el tiempo no hubiera pasado desde la primera vez.
No hay ansiedad ni prisas. Todo lo que hacemos nos lleva a un solo camino, pero sólo cuenta disfrutar el trayecto. No se sabe cuánto nos demoramos en recorrer con manos y labios nuestros cuerpos cubiertos de sudor, o en besarnos sin pensar en nada más que en la calidez de la boca del otro. En algún momento, casi sin darnos cuenta, su lengua ha interrumpido su paseo por mi cuerpo y se ha parado en mi sexo, dejándome exhausta pero ansiosa de tenerle dentro: los dos sabemos cómo, él sobre mí, ambos abrazados imposiblemente cerca, moviéndonos muy despacio. Todo el mundo concentrado en ese punto donde los dos cuerpos se hacen uno solo, una unión tan cercana y tan íntima que trasciende el sexo.
Poco a poco regresamos al mundo real y las manecillas del reloj vuelven a tener sentido. Nos despediremos con un beso, quizá hasta pronto, regresaremos cansados, agradecidos, con la sensación de haber pasado unas horas en otro mundo, en una geografía hecha de pieles y deseos.

