Me gusta…
30 Junio, 2009

Me gusta deslizarte los dedos por el pelo.
Me gusta envolver con mis brazos tu cintura mientras tu cuerpo se mueve sobre el mío.
Me gusta pintarme los labios para ti y que tus besos los dejen despintados.
Me gusta que te guste correr riesgos conmigo.
Me gusta que no pase el tiempo cuando estamos tras las puertas.
Me gusta que me hagas sentirme en una nube.
Me gusta no saber aún todo de ti.
Me gusta que me digas lo que quieres porque cada cosa que pides es un regalo que me haces.
Realidad o sueño
25 Junio, 2009

El chico se detuvo delante de una habitación, que deduje sería el origen de donde provenía todo lo que percibía. Asomándome, en la puerta de la habitación advertí la silueta de la espalda de una muchacha iluminada por una vela, totalmente desnuda. De largos cabellos negros que le caían hasta el talle. En su espalda se dibujaba un tatuaje de henna que la ocupaba casi íntegramente. Era el contorno de un enorme sol negro con un fino trazo, algún símbolo de la cultura árabe que me resultaba familiar, pero que no acertaba a descifrar. Alrededor de toda la cintura y el vientre tenía otro tatuaje de un intrincado dibujo tribal. La muchacha permanecía inmóvil sentada de espaldas, como si de una musa que posara para mí se tratase. El chico soltó mi mano y me dejó allí, hechizado por aquella muchacha. De fondo ya no escuchaba la fiesta del salón. Sólo escuchaba la flauta y el agua y sentía que me ahogaba cada vez más en el incienso. Ella giró sobre su cintura y provocó que temblase como si hubiese viajado a otra dimensión perdiendo la lucidez. (…) Extendió su mano hacia mí y pude observar su desnudo cuerpo divino: sus preciosos pechos y su gloriosa silueta con fastuosas curvas, que terminaba en una estrecha cintura redondeada. Todo su cuerpo emanaba beatitud. Con su mano atrapó la mía y la posó mansamente en su pecho mientras cerraba los ojos. Su tacto era como acariciar una nube. Yo también cerré los ojos, pero tosía, me estaba quedando sin aire. Sólo el sedoso tacto de su cuerpo me mantenía despierto. Cuando nuestros cuerpos se acercaron, descansó su mano sobre mi cabeza y se aproximó hasta besarme. Sentí que me proporcionó aliento cuando ya desfallecía. Al desprender sus labios de los míos, un aura de humo emergía de su boca, como si hubiese extraído el incienso de mis pulmones.(…) Quise abrazar su cuerpo desesperadamente. Pero ella, con un gesto manso de negación, puso su mano en mi boca mientras susurró como un canto celestial una palabra en turco que repitió dos veces y que no pude traducir: “Seni seviyorum. Seni seviyorum”. Recogió una malla que tenía a sus pies y se cubrió con ella como quien se arrepiente de algo o quiere ocultar y enviar al olvido lo que ha sucedido. Abandoné su habitación sin comprender qué había pasado.
M. Blázquez, fragmento de Mi propia naturaleza
Foto: Katarzyna Widmanska
Otra vez
17 Junio, 2009

Foto: www.indman.ru
Otra vez los nervios.
Mientras subo la escalera por delante de él, me pregunto si se habrá dado cuenta de que me tiemblan las piernas. Igual que aquel otro día de hace ya tanto tiempo. No nos hemos dicho gran cosa, sólo alguna frase de puro trámite después de unos besos en la mejilla, cohibidos todavía.
La otra vez yo le esperaba tras la puerta, en cambio ahora hemos entrado los dos al tiempo, él aún detrás de mí, pero el ritual es el mismo. Dejo caer el bolso al suelo, cierro los ojos, me dejo estrechar en sus brazos. Se me pierden las manos entre su pelo. Pasa un buen rato hasta que sus labios buscan los míos, de momento sólo nos abrazamos, con el asombro de que esto que parecía imposible esté sucediendo. Estrecho otra vez su cintura que tan bien recuerdo y dejo resbalar mis manos por su espalda, dejando que mis nervios se transformen, gozando de la sensación de volver al hogar de su cuerpo.
No tenemos prisa, aunque cuando la tarde acabe parecerá que no ha pasado el tiempo. Me dejo llevar de la mano hasta la cama, que se adivina grande a la escasa luz que entra por la persiana. Nos tendemos, totalmente vestidos aún, sólo besándonos. Pero ahora dejando que las manos se vayan atreviendo por debajo de la ropa, reconociendo la piel que acariciaron tiempo atrás, tanteando los signos de la excitación que se abre paso casi con vergüenza, pero imparable ya. Las prendas desaparecen poco a poco, cuando nos damos cuenta están en el suelo a los pies de la cama, hechas un montón informe, y nosotros estamos desnudos y abrazados como si el tiempo no hubiera pasado desde la primera vez.
No hay ansiedad ni prisas. Todo lo que hacemos nos lleva a un solo camino, pero sólo cuenta disfrutar el trayecto. No se sabe cuánto nos demoramos en recorrer con manos y labios nuestros cuerpos cubiertos de sudor, o en besarnos sin pensar en nada más que en la calidez de la boca del otro. En algún momento, casi sin darnos cuenta, su lengua ha interrumpido su paseo por mi cuerpo y se ha parado en mi sexo, dejándome exhausta pero ansiosa de tenerle dentro: los dos sabemos cómo, él sobre mí, ambos abrazados imposiblemente cerca, moviéndonos muy despacio. Todo el mundo concentrado en ese punto donde los dos cuerpos se hacen uno solo, una unión tan cercana y tan íntima que trasciende el sexo.
Poco a poco regresamos al mundo real y las manecillas del reloj vuelven a tener sentido. Nos despediremos con un beso, quizá hasta pronto, regresaremos cansados, agradecidos, con la sensación de haber pasado unas horas en otro mundo, en una geografía hecha de pieles y deseos.
Encuentros
11 Mayo, 2009

Había una vez dos personas que casi no se conocían. Nada las unía de antemano, vivían en dos ciudades diferentes, no tan lejanas como para ser mundos distintos pero no tan cercanas como para que fuera fácil encontrarse.
Esas personas compartieron unas horas que el paso del tiempo no pudo hacer que olvidaran. Ninguno recuerda demasiado bien qué se dijeron, pero sí recuerdan las piernas entrelazadas sobre las sábanas, el agua resbalando sobre sus cuerpos desnudos, los ruidos de la ciudad nocturna tamizados por cortinas de una habitación de hotel en donde sólo se oía el sonido líquido de los besos, de las lenguas recorriendo la piel ajena, de los sexos enfrentándose.
Ambos se aprendieron el camino del placer del otro, y desearon recorrerlo nuevamente.
Quizá, más pronto que tarde, vuelvan a encontrarse.
Verte
27 Abril, 2009

De pronto me había quedado sin palabras: qué sensación de irrealidad tan fuerte cuando la realidad se presenta ante ti, viva y palpable, en vez de consistir en píxeles más o menos coloreados, hechos imagen o palabra. Pero por eso quería verte, aunque fuera sólo un momento robado con cualquier excusa durante un viaje fugaz que te había acercado a mi lugar tan lejano. Te había pedido que hicieras real para mí una fotografía, que convirtieras en carne lo que hasta ese instante eran sólo líneas, y te habías prestado a mi capricho, caprichosa a tu vez o curiosa de saber cómo era el que tras mis palabras se ocultaba.
Nadie hubiera pensado que bajo el vestido tan simple se escondiera un cuerpo ataviado para el deseo. Sólo los zapatos de tacón, demasiado abiertos y demasiado decorados como para resultar cómodos, delataban una intención maliciosa. No te invité a pasar, no hacía falta: cada punto del guión de aquella tarde calurosa estaba acordado de antemano. Me seguiste hasta mi dormitorio, te quitaste tú misma el vestido. Me miraste.
Eran los mismos que yo conocía el tanga negro y el corsé ceñido casi hasta el ahogo, y ahora quedaban explicados los zapatos que conducían la mirada de mis ojos por el camino de tus piernas. Pero no era ese el trato, así que tú misma fuiste hasta la cama, te tumbaste boca abajo, doblaste una pierna para facilitar mis maniobras. Yo tomé delicadamente la finísima tira de tu tanga y la enganché con un tacón del zapato, y me alejé para contemplarte. La fotografía estaba viva bajo mis manos, la sentía respirar con más rapidez de lo normal, quizá con miedo, quizá excitada. Ahora veía otros detalles que quizá no estuvieran en la foto original, o a lo mejor estaban pero la cámara no podía captarlos: un rastro de sudor en la parte más baja de la espalda, la ternura de la carne allí donde era presionada, el calor que desprendía.
Estuve así un tiempo, no sé si segundos o minutos, en algún sitio suspendido más allá de la habitación cerrada. No sabía si la posición te resultaba cómoda, o si te sentías cohibida por mi escrutinio. Volviste un momento la cabeza y me miraste, interrogándome sin decir nada. Me acerqué a la cama, desenganché la tira del tanga dejando caer tu pierna, y posé mi mano, suave pero segura, en el espacio oculto entre tus muslos.
Vísteme
17 Abril, 2009

Para ti, que nunca te gusta la ropa que llevo.
Hoy no voy a desnudarme para ti, hoy vas a ser tú el que me vista. Hoy abrirás mi armario de par en par, y elegirás el atuendo para la mujer que quieres que salga a la calle. Quizá escojas la falda más corta y la blusa más provocativa, o el vestido más recatado que puedas encontrar; pasarás tus manos en una caricia de amante por las telas de seda, sentirás el tacto áspero de los tejidos de invierno, hundirás los dedos en la espuma fragante de una prenda de lana. Y serás tú el que me ponga lo que hayas elegido…

Tomarás de un cajón las medias negras más delicadas y las enrollarás con todo cuidado en torno a mis tobillos; las subirás por mis piernas notando cómo se adaptan a cada curva y recoveco; las fijarás en mis muslos oprimiendo la carne en una dulce presión anticipo de tus dedos.
Elegirás cuidadosamente un sujetador que estarás deseando quitarme sólo con verlo aún guardado. Lo ceñirás a mis pechos utilizando la palma de tus manos y cerrarás sus corchetes dejándolos centrados en la curva de mi espalda.

Te pondrás frente a mí para deslizar una falda por mis brazos alzados, dejándola caer suavemente y con un sonido casi líquido hacia mis caderas. La ajustarás para que siga mis contornos, dejando advertirlos pero no demasiado, subirás su cremallera con una lentitud exasperante, más aún que cuando haces el mismo gesto a la inversa, pasarás un dedo entre la tela y mi cintura para asegurarte de que está perfectamente situada.
Tomarás mis brazos y los enfundarás en las mangas de una blusa veraniega, sólo un poco transparente, abrocharás los botones uno por uno y tomándote tu tiempo, esos botones que parece que puedan ser arrancados sólo con mirarlos, dejarás abierto uno más de lo estrictamente necesario.

¿Y qué harás con esa parte bajo mi falda que todavía está desnuda? Tú decidirás si deseas que siga sin vestir, para que sea consciente de ello cada segundo del día, o si la cubres de encaje negro que, cuando acabe la jornada, desaparecerá en primer lugar, reteniendo un hálito de la calidez que mi cuerpo guarda siempre para ti, con o sin ropa, desnudo bajo tu piel o vestido con tus manos.
Todas las fotografías, de Aleksey and Marina.
21 de marzo, día mundial de la poesía
21 Marzo, 2009
A VECES
Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
¡no pasa nada!
Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:
“Lo digo y no me corro”.
Pero él disimulaba.
Ángel González
Ella me espera
17 Marzo, 2009
Llevo un rato asomado a la ventana de la habitación. Acaba de anochecer, y desde esta altura tengo una excelente vista de la ciudad iluminada. A mis espaldas, oigo un suave gemido; me vuelvo y la veo a ella mirándome con una suave interrogación en la mirada. A lo mejor pensaba que me había olvidado de ella, pero quién podría dejar de tener presente su cuerpo tendido sobre las sábanas, iluminado sólo por la luz lejana que se escapa por la puerta del baño entreabierta, cautelosamente quieta aunque con la espalda tensa, quizá algo incómoda por las manos atadas sobre su cabeza.
En realidad podría desatarse con toda facilidad si quisiera, sólo la retienen unas leves cintas, sólo una lazada que podría deshacer con un tirón la impide cambiar de postura. Pero no tiene ninguna intención de hacerlo, porque sabe que ese sencillo gesto haría acabarse el juego, y ella quiere que el juego dure tanto tiempo como los dos podamos resistirlo.
Así pues, aunque me ha esperado desnuda como le pedí, yo sigo vestido y no me doy ninguna prisa en acercarme a la cama. Sólo la he tocado para atar las cintas; ni la he besado, enlazando mi lengua con la suya como a ambos nos gusta, ni he pasado un dedo por los labios de su sexo para comprobar, aunque ya lo sé de antemano, lo mojada que está, ni he pellizcado sus pezones que bajo mis manos se convierten en dos fresas rosadas y duras. Simplemente me siento en un sillón, a los pies de la cama, y lenta y deliberadamente le cuento punto por punto todo lo que voy a hacer en los siguientes minutos, no sin antes ordenarle que abra las piernas, para que sea consciente de que la estoy mirando.
Parece que mi narración ha hecho el efecto esperado, puesto que oigo su respiración acelerada y más de una vez la he visto retorcerse. No dice nada, quizá temerosa de que sus palabras no lleguen en el momento adecuado. Ahora me levanto y me desnudo, con toda la lentitud de la que soy capaz.
Nosotros tres
28 Febrero, 2009
Puede que ahora mismo, esta madrugada en la que escribo, estés soñando con nosotros tres en esa habitación de la que a veces hablamos. Quizá en tu sueño nos veas a ella y a mí, desnudas y de pie ante una cama, acariciándonos aún con suavidad, mirando cada una el cuerpo de la otra. Probablemente en tu mente te imagines sentado a una distancia prudencial para no perder un solo detalle de la escena. Aún no te habrás despojado de tu ropa, aunque estés ansioso por hacerlo, porque nosotras no te lo hemos permitido: queremos que te excites, te remuevas, que no puedas más de las ganas de acercarte. Yo también me muero de ganas de que te acerques: pero ahora te quiero ahí, contemplándonos goloso, sin atreverte a pedirnos que nos movamos así o de la otra manera, que hagamos esto o lo de más allá.
Parece que nos hayamos olvidado de ti, pero te tenemos muy presente: gozamos cada beso que nos damos, cada caricia de la lengua en un pezón, cada dedo jugando entre el vello del pubis, y lo gozamos tanto por lo que estamos haciéndonos la una a la otra como porque sabemos que nos miras, nos deseas, nos traspasas. Ella me susurra palabras al oído, y yo me río con picardía, y le contesto en secreto pero mirándote a los ojos. Quizá te sientas cada vez más excitado, pero recuerda que es tu sueño, y aun así sigues ahí sin acercarte: pero no somos tan malas, y te pediremos por fin que te levantes y te acerques, y te desnudaremos entre las dos con nuestras manos, y compartiremos nuestras lenguas entre nosotras y contigo, y cada uno de nosotros sentirá placer a cuatro manos, y luego dormiremos enredados y soñaremos, exhaustos, abrazados y serenos, ella tú y yo, nosotros tres.
Foto: Ludovic Goubet
De rebajas
23 Febrero, 2009
Ya han pasado las Navidades, y las luces y adornos navideños de las calles han sido sustituidos por un sinfín de carteles de todos los colores que rivalizan por ofrecer más descuentos que ninguna otra tienda. Hoy, mientras vuelvo a casa por una céntrica calle peatonal, intento no darme por enterada de las tentaciones que me llaman desde los escaparates, pero al pasar por uno de ellos, llamativamente dispuesto como los demás, no puedo por menos de pararme y entrar a mirar si hay algo que merezca la pena.
No por nada esta es mi lencería favorita. En parte es tienda de ropa interior, y en parte es un sex shop, pero dispuesto con delicadeza y buen gusto. Hoy sin embargo no busco juguetes, sólo algún conjunto nuevo que, ya estoy pensando en ello, pueda llevar la próxima vez que nos veamos.
Al principio la variedad de la oferta es casi mareante: desde los expositores me llaman prendas de todos los colores, no sólo blanco o negro; rojo, morado, rosa, azul; rasos, sedas, gasas; prendas más o menos delicadas, de firme cuero o de encajes que parece que van a romperse en las manos. Pero todas con algo en común: no sirven para cubrir o proteger, sino ante todo para exponer, ofrecer y seducir.
Después de deambular un buen rato por la tienda, tocando texturas y mirando precios, me acabo decidiendo por un conjunto de seda rosada, con encaje y cintas negras que dibujan un entrecruzado como las tiras de un corsé. El sujetador muy armado, hecho para realzar, contrasta con la ligereza del tanga, apenas un trozo de tela con cintas. Me dirijo a la dependienta para decirle que quiero probarme el sujetador y me conduce a los probadores, al fondo de la tienda.
Hay dos, y cada uno, aunque pequeño, sigue el mismo estilo decorativo del resto de la tienda: lamparitas con pantalla de seda, una banqueta tapizada, espejos barrocos, colgadores con perchas de cristal. Una gruesa cortina me aísla de la vista ajena, y la dependienta, después de advertirme que puedo avisarla tocando un timbre, cierra el acceso al probador con un ancho cordón de seda.
Fuera, oigo las risas de varias chicas que estaban mirando camisones, puede que para regalárselo a alguna amiga que va a casarse. La cortina aleja los sonidos y me da una intimidad que resulta cómoda. Me desnudo de cintura para arriba, ajusto los tirantes del sujetador, me lo pongo y me contemplo en el espejo: no sin motivo estos escotes se llaman balconet, mis pechos se levantan altivos y realzados, tentadores para tus manos. Me pongo a imaginar si te gustará cuando lo veas, si querrás quitármelo de inmediato o preferirás que lo lleve puesto todo el tiempo, simplemente apartándolo para acariciarme los pezones.
La idea me excita tanto que, sin pensármelo dos veces, me quito el resto de la ropa quedándome sólo con el sujetador, saco del bolso el móvil, me hago una fotografía y te la envío con un mensaje: “¿te gusta lo que me he comprado?”. Me miro casi desnuda en el espejo, pienso en ti recibiendo la foto y mirándola a hurtadillas en el despacho, imagino cuánto te gustaría poder estar espiándome a través de la cortina, o mejor aún, metido conmigo en el reducido espacio del probador, quizá sentado en la banqueta, cogiéndome con tus manos por las caderas y acercando tus labios a mi sexo; quizá de pie, arrinconándome contra la pared, mientras tus dedos se abren paso en mi interior y yo juego con las manos por dentro de tus pantalones, espoleados por la prisa y el riesgo de que nos encuentren…
Cuando voy a pagar, hay un chico atendiendo la caja. Me mira sonriente, y yo, pensando en mis mejillas ruborizadas, me acaloro todavía más. Me cobra el conjunto y me lo tiende en una bolsita rosa y negra.
-Aquí tienes, que lo disfrutéis…
Imágenes: Patrick Demarchelier, Ellen von Unwerth, Mario Sorrenti
Cadencias
10 Febrero, 2009
Con la cadencia del agua tus manos se deslizan por mi cuerpo.
Nuestras lenguas practican una danza aprendida desde mil siglos atrás.
No oímos ni escuchamos nada fuera de los límites que marcan nuestras pieles.
En ese instante crucial en que sólo existe mi mano y tu sexo floreciendo entre mis dedos.
Recuerdo tantas noches punteadas de jadeos.
Revivo una tarde sobre sábanas arrugadas de un hotel.
Con el ritmo del mar me penetras, me haces fluir, rompes en mi orilla.
Foto: Axel Bueckert
Sus manos
29 Enero, 2009
Abrí la puerta de cristales del local, me metí en su cálido ambiente de suelos de madera, miré a mi alrededor buscando a un hombre con traje, y una voz me llamó…
“Anaïs…”
La suerte estaba echada…
… Las instrucciones habían sido precisas, y yo las había seguido al pie de la letra. Un primer encuentro en una cervecería frente al hotel, sólo cruzar la calle adoquinada y rebosante de gente a esa hora del mediodía. Llevaría puesta una falda amplia, una camiseta y medias. Un abrigo encima, y debajo de todo ello, nada… salvo un pequeño detalle.
Hacía bastante frío en el exterior, pero yo no lo notaba. Llegué al punto de encuentro sorteando los charcos de la lluvia reciente y el tráfico de la céntrica calle. Dentro no había a la vista nadie más que la camarera tras la barra y él, sentado ante un barril que hacía las veces de mesa y de espaldas a un ventanal. Ni siquiera se había quitado el abrigo y yo tampoco lo hice. Me senté a su lado en un taburete alto. Quedamos frente a frente, nos miramos lo justo como para asegurarnos de que cada uno era el que el otro esperaba, y cumplí el siguiente punto de las instrucciones: me acerqué a él y busqué su boca con la mía, exploré sus labios y su lengua, me bebí su saliva y su aliento. Era como si hiciera meses que no había besado a nadie. Por fin nos separamos y recobramos la compostura.
-Madre mía…
Reparé en que sobre el barril me esperaba la cerveza que le había dicho previamente que me pidiera. Chocamos los vasos, bebimos un trago. Volvimos a besarnos. Apenas habíamos cruzado cuatro palabras. El barril ocultaba la parte inferior de nuestros cuerpos a la mirada de la camarera, y yo me preguntaba si alguien podría ver algo desde la calle. Pero me daba igual, en esa ciudad no me conocía nadie…
Se acercó a mi oído: -Quítatelas.
-¿Por qué no me las quitas tú? -contesté.
No se hizo de rogar: aventuró una mano entre mis piernas, mirando de reojo por si la camarera, enfrascada en sus vasos, podía notar algo raro. Yo miraba las manos de él. Tenía mucho calor.
Levanté el cuerpo ligeramente del taburete para facilitarle la maniobra y no tardé en sentir sus dedos jugando con mi sexo, sin prisa pero sabiendo lo que buscaban. Jugó un momento a meterlos y sacarlos. Yo intentaba permanecer impávida, tomando un sorbo de cerveza mientras miraba la calle por encima de su hombro. Pero no es fácil quedar indiferente cuando unos dedos de hombre entran dentro de ti y toman lo que te ha pedido que le prepares. Por fin pude ver emerger su mano entre mis piernas, con las bolas chinas en la palma, totalmente húmedas, como él y yo sabíamos que estarían. Tan húmedas como se ponía siempre mi sexo desde la primera ocasión en que había oído su voz.
Tal como las había sacado, volvió a dejarlas donde estaban. Se acercó de nuevo para besarme, y aún le dije:
-¿Estás seguro? Todavía puedes salir corriendo…
Por toda respuesta, tomó mi mano y la puso sobre sus pantalones.
-Y tú, ¿quieres salir corriendo?
-No -contesté con mis labios ya pegados a los suyos.
Buen tiempo, mal tiempo
14 Enero, 2009
El sol siempre acaba saliendo y la noche vuelve a ser el espacio de los sueños. No te rindas.
BUEN TIEMPO, MAL TIEMPO
Me alegra que se vaya
el invierno con sus nieblas, temporales y frío.
La primavera entra en mí, oh alegría verdadera.
La risa es como un rayo de sol, todo de oro puro,
no hay otro jardín como el del amor,
el calor de la canción derrite todas las nieves.
Qué agradable cuando la primavera
siembra de flores las verdes campiñas.
Pero si tienes el corazón herido es como si llegara el invierno.
La tristeza puede empañar el más brillante de los soles;
si estás apenado, mayo parecerá diciembre,
porque las lágrimas son tan frías como la nieve.
Constantinos Cavafis











