Si hay algo que yo querría…
4 Septiembre, 2008
…es hacer el amor contigo.
No follar contigo; hacer el amor contigo.
Sin que importaran las horas por delante.
Aprendiéndome tu cuerpo hasta el último centímetro.
Saboreándote, oliéndote, escuchándote.
No imagino mejor palacio en el mundo que unas sábanas blancas y tu cuerpo sobre ellas.
Si hay algo que yo querría
es mirarte a los ojos y decirte lo que siento.
Fotos: Andreas Heumann, Tom Baril
Amar es combatir
2 Septiembre, 2008
Amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres.
Octavio Paz, fragmento de Piedra de Sol
Foto: Torsten Brandt
Suavidad
28 Agosto, 2008
Esta podría ser la segunda parte de El sofá. Al menos lo inspiró la misma persona.
Íbamos andando por la calle, un día especialmente nublado y frío. J me propuso subir a su casa y acepté sin pensarlo dos veces: ya hacía tiempo que no nos veíamos a solas y ambos podíamos percibir claramente el deseo transpirando la piel del otro.
En el ascensor, se pegó a mí hasta arrinconarme en una esquina, metió una mano bajo mi falda y tanteó los bordes del tanga, metió los dedos por la parte de delante, jugueteó con el vello del pubis. Retiró la mano sonriendo con picardía, como si se le hubiera ocurrido algo muy gracioso.
Ya en su casa, me hizo pasar al salón y sentarme en el sofá negro que tan bien recordaba de alguna otra vez. Se arrodilló ante mí y me quitó los zapatos. Empezó a masajearme los pies, cosa que agradecí porque los tenía muy fríos. Después, con manos suaves pero firmes, ascendió, muy despacio, por las pantorrillas.
Lejos de relajarme, me sentía cada vez más excitada. Sobre todo cuando el masaje, tras un rato que se me hizo eterno, llegó a las rodillas. Fue levantando la falda, lo justo para no estorbar sus movimientos, un poquito más arriba cada vez. Me hizo abrir un poco más las piernas, me quitó las medias. Me desabrochó la falda y la sacó tirando hacia abajo, haciéndome incorporar un poco. Después tomó delicadamente el tanga por sus bordes y lo bajó por las piernas. Se quedó enredado en mis tobillos.
Entonces J se levantó y me contempló, desnuda de cintura abajo, abierta para él, con el sexo y los muslos perlados de humedad. Aún estaba vestido, aunque yo suponía que no por mucho tiempo, porque era más que evidente su excitación. Pero suponía mal: dio media vuelta y salió del salón, para volver al momento cargado con varios objetos que dejó en el suelo ante mí. “Levántate”. Así lo hice; puso una toalla doblada en el sofá y me indicó que me sentara de nuevo. Tomó una brocha de afeitar y la mojó en un barreñito con agua, para seguidamente pasarla entre mis piernas.
El contacto de la brocha con mi sexo me hizo arquear el cuerpo, como si toda la impaciencia que sus manos me habían hecho sentir se hubiera acumulado allí. Pero él siguió imperturbable humedeciendo la zona con agua, y yo decidí dejarme hacer y concentrarme en las sensaciones.
Después, vino el jabón. Notaba la brocha subiendo y bajando, haciendo círculos por el monte de Venus, los labios mayores y algo más abajo. Estuvo pasando la brocha mucho más rato de lo necesario, y cada vez que me rozaba el clítoris daba un respingo. El jabón me producía una sensación extraña, fresca y picante a la vez, una especie de suave escozor. Finalmente, debió suponer que ya había suficiente, dejó de enjabonar y poco después percibí el primer contacto de la cuchilla.
La pasó despacio por toda la zona, tirando de la piel con una mano mientras la otra rasuraba, registrando bien todos los pliegues, con cuidado para no cortarme. A la vez pasaba los dedos por las partes ya afeitadas e insistía en algunos sitios. Supuse que había acabado cuando volví a sentir la brocha, esta vez sólo con agua, para retirar los restos de jabón. Por fin me secó con otra toalla y me tendió un espejo de mano. “Por si quieres ver cómo ha quedado”.
Puse el espejo ante mi sexo, ahora perfectamente suave y sin un solo vello, pero también evidentemente ansioso, hinchado y ardiente. Me retiró el espejo de las manos. “Y ahora un poco de crema, no sea que se irrite”. Tomó un pellizco de crema de un bote y con dos dedos la extendió por el pubis y los labios exteriores, con movimientos suaves y deliberados.
Yo me sentía cada vez más blanda, todas las sensaciones de mi cuerpo concentradas en aquellos escasos centímetros, ahora completamente expuestos y sensibles. La humedad no tardó en manar en gotas blancas y translúcidas que él tomó con la yema de sus dedos y esparció como si hubiera sido la crema que antes me puso para suavizarme. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza en el respaldo del sofá. En aquel momento podía hacerme lo que quisiera, lo que se le ocurriera, toda yo estaba concentrada en aquella piel rosada e hinchada, flor mojada de lluvia. Dejé de saber dónde estaba cuando sentí la punta de su lengua acompañando a sus dedos, acariciándome el clítoris con toda la lentitud del mundo, haciéndome olvidar de todo, allí, en su sofá, sobre una toalla…
Foto: Didier Carré
A tu merced
26 Agosto, 2008
Y sigo estándolo.
Esta noche, amor, quiero que me hagas olvidarme hasta de mi propio nombre.
Quiero ser en tus manos como arcilla, quiero que sentir sea lo único que importe. Quiero que cubras mis ojos para no saber dónde recibiré tu próxima caricia. Quiero poder olerte, saborearte y aprenderte. Quiero que me invadas sin que oponga resistencia y quiero que poseas cada centímetro de piel, cada saliente y cada hueco. Quiero que me susurres al oído las palabras más obscenas y los versos más delicados. Quiero que me hagas estremecerme hasta que no me queden fuerzas y seguir pidiéndonos lo imposible hasta derramarnos por completo.
Esta noche quiero que me lo entregues todo, amor, porque yo todo te lo entrego.
Foto: Bernd Mueller
La puerta 15
23 Agosto, 2008
Como sigo algo perezosa, estos días -que de todas formas estaré desaparecida- dejaré algunos antiguos posts de A escondidas. Además, alguien demasiado delicado ha presentado una queja ante Blogger y ahora se le considera un sitio “dudoso”, así que me traigo aquí una parte, sin censuras.
A este relatillo en particular, a pesar de su ingenuidad, le tengo bastante cariño. Se me ocurrió al ver la foto de arriba, así que ninguna otra le cuadraría mejor.
Llevaba una semana viviendo en mi nuevo apartamento cuando me crucé por primera vez con mi vecino de la puerta de al lado. Coincidió que salíamos los dos a la vez de nuestros pisos, cruzamos las miradas, esbozamos sonrisas de compromiso. Él bajó la escalera detrás de mí. Al llegar a la puerta de la calle, se adelantó para abrírmela.
-Hasta luego, vecina -me dijo mientras pasaba por su lado.
A partir de entonces me lo encontré con alguna frecuencia, siempre en el rellano o en la escalera. Me sonreía, cruzábamos algún saludo o algún comentario sobre el tiempo. Parecía algo más joven que yo, solía llevar vaqueros y camisas sueltas y lucía un flequillo siempre despeinado que le daba cierto aire travieso.
Las ventanas de mi salón, si es que se puede llamar así a la habitación que hacía de cuarto de estar, comedor y estudio todo-en-uno, daban a un patio interior, afortunadamente bastante luminoso, por el cual me enteré, al poco de llegar al piso, de toda la vida y milagros del resto del vecindario, merced a los comadreos que podía oír perfectamente incluso con las ventanas cerradas. Las de mi vecino, supuse, serían las que quedaban al lado de las mías, formando un ángulo recto, pero solían estar cerradas y con las persianas echadas. Sin embargo, al cabo de unos días empecé a verlas abiertas de vez en cuando, normalmente a altas horas de la noche, cuando yo aprovechaba para estudiar o leer gracias a la disminución de los ruidos que llegaban a mi salón. Unas cortinas oscuras, sin embargo, me velaban la visión del interior de su casa, pero no pasó mucho tiempo sin que mi vecino se dejara ver ocasionalmente a través de la abertura entre ellas, siempre fugazmente, echando una mirada al patio para desaparecer en segundos. Alguna vez me vio y me hizo con la mano un gesto de saludo.
Así pasó un mes o mes y medio, mientras llegaba el verano a la ciudad, un verano pesado y caluroso como hacía tiempo que no se recordaba, sin una brizna de aire que despejara las noches o hiciera las mañanas más llevaderas. Buena parte de las horas que pasaba en casa lo hacía metida en la ducha, en un combate inútil por librarme del sudor, que convertía cualquier esfuerzo en un mundo. Una de las tardes más insoportables, me encontraba en el salón, vestida sólo con una camiseta larga, intentando decidir si me daba otra ducha o lo dejaba correr. Estaba de pie, en el centro de la habitación. Levanté la mirada hacia una de las ventanas, la única con las cortinas abiertas en ese momento. Desde ella sólo se veía la ventana de mi vecino. Abierta también. Él asomado a ella. Aún no sé por qué lo hice, pero sin pensármelo, como en un trance, tomé la camiseta por el faldón, la levanté, me la quité. Nos miramos. Cerré los ojos. Al abrirlos él ya no estaba.
No le vi en varios días, ni en la escalera ni por la ventana. Me quedaba una sensación de vergüenza por haber cedido a aquel impulso inexplicable, pero no había podido evitarlo. Justo una semana después de aquello, mientras volvía a casa tras un día especialmente largo y cansado, me lo encontré de nuevo. Pero no nos cruzamos, sino que me estaba esperando, en lo alto del tramo de escaleras que llevaba a nuestra planta. Al verme me tendió la mano, sin decir palabra. Abrió su puerta y me hizo pasar a su casa.
Para mi sorpresa, fue como si aquel espacio se encontrara fuera del calendario que regía para el resto del mundo. Las cortinas cerradas, además de filtrar la luz, teñían el aire de una tonalidad azulada, dejando ver los contornos de la habitación a través de una fresca penumbra. Se oía, como si llegara de otra estancia, el sonido de una música que no supe identificar. Nos sentamos en el centro de la habitación, sobre cojines en el suelo, uno frente a otro. Puso su mano en mi mejilla y me olvidé del calor, del cansancio y de la extraña sensación de estar allí frente a frente con un casi desconocido para el que días antes me había quedado desnuda.
La mano con la que me tocaba la mejilla empezó a acariciarme, dibujando mis contornos, como para aprenderse con el tacto lo que casi no se veía en la oscuridad, se entrelazó en mi pelo, rodeó mis orejas, siguió el perfil de mis labios hasta que los entreabrí y acercó los suyos para besarme despacio, primero tanteando con la lengua, luego más atrevido, cálido, húmedo, en tanto percibía sus manos perdiéndose debajo de mi falda, arremangándola y subiéndola hasta que con un movimiento me sacó el vestido.
Me hizo tumbarme en los cojines, otra vez desnuda ante sus ojos. No se quitó la ropa ni se dio prisa. Me recorrió entera con su lengua, despacio pero sin pausa, el pecho jadeante, el vientre tembloroso, las piernas, los brazos. El sexo húmedo, abierto y ansioso. La espalda interminablemente, las nalgas y el ano. En algún momento y sin que me diera cuenta se quedó desnudo, delgado, hermoso, expectante. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y me puse sobre él, dejándome caer con toda la lentitud del mundo para clavarme en su sexo erecto, mientras me sujetaba por las caderas, sin dejar de mirarnos un instante y oyendo sólo nuestros propios jadeos y la música lejana. Dónde estaban los ruidos del patio, quién lo sabe.
Cuando salí de allí y volví al calor agobiante de mi casa ya era noche cerrada. Las ventanas volvían a estar cerradas y no las vi abrirse en los días sucesivos, ni me encontré más a mi vecino en la escalera. Terminaba ya agosto y me pregunté qué habría sido de él, quizá estuviera de vacaciones, pensé con una punzada de rabia porque no se hubiera, al menos, despedido. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, aquella tarde no habíamos hablado prácticamente, y ni en la puerta ni en el buzón constaba rótulo alguno. Un día, armándome de valor, decidí preguntarle a la portera, como quien no quiere la cosa, si sabía algo del inquilino de la puerta 15. La portera, una mujer muy amable aunque algo socarrona, se me quedó mirando, al parecer intentando decidir si le gastaba una broma.
-¿La puerta 15, dices?
-Sí, ya sabe, un chico moreno, con flequillo, siempre lleva vaqueros…
-Me da que te confundes, guapa…
-No, seguro que no… es que me dejaron el otro día una carta en el buzón por error, y quería dársela.
Aunque parecía a punto de echarse a reír, la portera se lo pensó mejor, cogió unas llaves de la portería y me invitó a seguirla. Subimos hasta mi piso, abrió la puerta contigua a la mía y con un gesto me invitó a mirar dentro.
Sin entender muy bien de qué iba aquello, me asomé al piso. Los muebles que yo había visto seguían en su sitio, pero tapados por fundas blancas, o más bien grises, puesto que estaban cubiertas de la misma capa de polvo que el resto de la habitación. El papel de las paredes estaba descolorido y en algunos sitios hecho jirones, no había rastro de los cojines ni las cortinas, y el ambiente no podía ser más opresivo.
-¿Lo ves? Hace diez años que aquí no vive nadie. Y no me suena que en la escalera haya ningún chico como el que me has dicho.
Murmuré una disculpa aturullada y me metí en mi piso. No he vuelto a ver su ventana abierta, ni me he cruzado con el chico del flequillo, pero a veces cuando paso por la puerta 15 aún juraría que oigo esa música desconocida.
Foto: Aleksandr Shahabalov
Brindis
21 Agosto, 2008
Últimamente parece que las palabras no quieren salirme fácilmente. Por hoy dejo el blog en buenas manos, las de la poetisa María Rosal.
BRINDIS
Pongamos por ejemplo
que hoy es jueves.
Que un sol de plomo
cae tras los cristales
y recuerdo
tu mano en día de lluvia.
Digamos que estoy sola
y te deseo.
Que no hallo el escenario
donde acoplar tu imagen
con mi aliento.
Bebamos y brindemos
por la triste ironía
de estar vivos
y no poder amarnos.
Foto: Frantisek Sotja
El sofá
15 Agosto, 2008
Hoy me apetecía traer un viejo post de A escondidas. Eso, o que con este calor estoy más perezosa de la cuenta…
Aquella tarde había empezado siendo una de tantas: los amigos reunidos en un bar del casco antiguo, charla, copas, un rato agradable. Sin embargo, por una cosa o por otra todo el mundo se había tenido que ir antes de hora, y finalmente nos quedamos solos J y yo en el bar.
-Bueno, pues será cosa de irse a casa, te acompaño…
Nos pusimos las chaquetas y salimos a la calle, caminando tranquilamente. Él vivía algo más cerca del bar. Al pasar por una calle próxima a su casa, me dijo:
-Ah, por cierto, me acabo de comprar un sofá nuevo, y algunas cosillas para el piso. A ti te gusta la decoración, si quieres podríamos subir a verlo…
-Vale, por qué no, aún no es tarde…
Dicho y hecho, nos dirigimos a su portal. En el corto trayecto del ascensor no dijimos nada, notaba que me miraba algo más intensamente que de costumbre, y que estaba más cerca de mí de lo que requería el espacio. Le sonreí. Sabía lo que estaba pensando.
Llegamos a su piso, abrió la puerta, entramos, cogiéndome por los brazos me arrinconó contra la puerta y me besó hasta quedarnos sin aire, un beso húmedo, salvaje. Su mano intentaba subir por entre mis piernas, la detuve.
-Espérame en el salón.
Ahora sonrió él, y se dirigió obediente al salón. Yo ya conocía la casa, y me encaminé a su dormitorio. Sobre la cama estaba una de sus camisas, extendida. Me desnudé por completo y me la puse.
Regresé al salón, donde él ya me esperaba, sentado en el sofá; se había quitado la chaqueta y los zapatos. Me puse ante él, a la distancia justa para no tocarle. Me desabroché la camisa con toda la lentitud de que fui capaz, botón a botón, hasta dejarla caer al suelo.
Él me miraba con ojos de deseo. Podía apreciar su respiración agitada y su excitación creciente. Me agaché hasta quedar levemente por encima de su cabeza y acerqué un dedo a su frente, desde donde lo fui bajando por la nariz, los labios, la barbilla, el cuello. Tropecé con un botón de su camisa, lo desabroché con una mano. Otro, otro, y otro más.
Yo no le miraba, pero podía sentir sus leves gemidos cuando mis dedos rozaban su torso, y su mirada detenida sobre mis pechos.
Ya desabrochada la camisa, el siguiente paso requería acercarse más: me puse a horcajadas sobre él, le saqué la camisa, desabroché el cinturón y lo saqué lentamente de sus presillas, mirándole con picardía. Deslicé un dedo travieso entre el pantalón y su cintura. Desabroché el botón del pantalón, cogí la cremallera con la punta de los dedos, la bajé tan despacio como pude con un interminable risssss.
Me levanté de nuevo, y tomando a la vez el pantalón y el calzoncillo le quité ambos. Con las manos le hice abrir las piernas y me arrodillé entre ellas. Desde las rodillas mis manos bajaron hasta tocarle los pies, las pantorrillas, la cara interna de los muslos, la cara exterior hasta llegar al culo. El vientre.
Un dedo se acerca al sexo. Lo recorre explorándolo, sintiendo sus ligeros movimientos como si tuviera vida propia. Rodea la punta y vuelve a bajar. Acaricio los testículos y se los beso. Ahora es toda la mano la que toca, investiga, siente el calor, la suavidad, la dureza. Rodea el glande para aprenderse su textura y su forma y lo siente húmedo. Los labios se aproximan para besarlo, la lengua lo recorre para humedecerlo, se desliza suavamente en mi mano y entra dócil en mi boca ávida. Entra y sale, los dientes rozan un poquito la punta.
Los gemidos habían ido subiendo de tono, nos cubría el sudor, no habíamos dicho aún nada, pero los dos sabíamos que le deseaba dentro. Acerqué un puf que había por allí, le hice subir las piernas y me puse otra vez sobre él, pero ahora dándole la espalda, con las manos en sus rodillas. Su sexo estaba tan duro y yo tan húmeda que entró en mí casi sin más que acercarnos. Me quedé quieta un momento, disfrutando de la sensación de tenerle dentro, y empezando luego a moverme despacio, despacio, cada vez más rápido, sintiendo sus dedos clavados en mis pechos, en mis caderas, en mi culo, sintiéndonos jadear y gritar, sintiéndole correrse en mi interior.
Agotada, me tumbé sobre el sofá, mientras él se levantaba y salía del salón, para volver al poco rato llevando en la mano un pañuelo que yo tenía puesto ese día, uno de seda, alargado, que me había regalado precisamente él en mi último cumpleaños. Me lo quedé mirando sorprendida.
-No te preocupes -me dijo sonriente-. Si se estropea, te regalo otro…
Se acercó de nuevo al sofá, se sentó ante mí en el puf y con delicadeza me abrió las piernas y se inclinó para acariciar mi sexo, primero con los dedos, después con su lengua, explorando, recorriendo, tomando posesión de cada recoveco, y provocándome un respingo al sentir que lentamente, pero con decisión, me introducía el pañuelo en la vagina, algo más de la mitad; y después, ayudándose de mis flujos, recorría con sus dedos el camino que llevaba al ano, y suavemente y muy despacio metía el resto del pañuelo por allí; siguió lamiendo mi sexo, estimulándolo con labios, lengua, dedos, atento al temblor que anunciaba mi orgasmo, para sacarme el pañuelo a la vez y provocarme la más deliciosa corrida que recordaba yo en mucho tiempo.
Al recuperarme, pude verle sentado en el sofá, a mis pies, mirándome y acariciándome las piernas. Sólo entonces me di cuenta de que efectivamente el sofá era nuevo. Nuevo, pero ya bien estrenado…
Foto: Jean Paul Four
En otro tiempo…
13 Agosto, 2008
La pequeña muerte
7 Agosto, 2008
Lo que se puede conseguir con una voz sugerente y unas cuantas letras bien usadas.
(Vídeo realizado por Xnographics para Late Chocolate)
Dos años…
4 Agosto, 2008
Dos años ya, desde aquella primera noche en la que entraste de puntillas en mi escondite y te quedaste ahí, aunque a veces no te dejes ver… Tantas noches, tantos días, momentos inolvidables y momentos malos, letras, imágenes, algunos despertares compartidos…
Gracias por hacer posibles tantas cosas.
Foto: Darren Holmes
Razón de amor
3 Agosto, 2008
In memoriam Leopoldo Alas, poeta español, 1962-2008.
RAZÓN DE AMOR
No es sólo la pasión de los abrazos,
la saliva, el aroma, el vértigo, los besos
o el plácido desvelo de la ausencia.
Mi amor es la fábula y la trama,
el relato interior que sigue a cada encuentro,
la glosa que acompaña los adioses,
el minucioso examen de las frases
y el eco que tu voz le pone a mi silencio.
Mi amor es ser feliz y no engañarme
anticipando el daño del negro desengaño,
cuando el sexo se esfume en el recuerdo
remoto y resentido de un orgasmo.
El consentir la calma en las mareas
y atesorar las horas y los días
de la fiesta de luz que celebramos,
del banquete voraz de los sentidos.
Y abolir la frontera de los cuerpos,
detenernos, subiendo la escalera,
a besarnos en todos los peldaños.
Foto: Darren Holmes
Rastros
29 Julio, 2008
No siempre tengo tu presencia.
A veces eres una huella, rastros en la arena.
Las alas de una mariposa que hacen temblar el aire.
Gotas de tinta sobre papel en blanco.
Palabras susurradas a destiempo.
(Ahora te encuentro, y ahora no te encuentro)
Signos que me hablan de ti y me mantienen en vilo.
Hilos invisibles que me unen contigo.
Foto: Nikolaj Ladnjuk
Laura
28 Julio, 2008
Nunca he sido uno de esos hombres que van por ahí perdiendo el culo detrás de las jovencitas. Sí, me gusta mirar a las muchachas guapas, por supuesto, pero para menesteres más íntimos siempre he preferido a mujeres con experiencia. Claro que nunca se sabe cuándo uno va a tener que romper sus propias normas.
Fue una coincidencia, sí, pero yo jamás he creído en las coincidencias.
Quizá fue casual que ayer, uno de los días más calurosos en lo que llevamos de verano, me encontrara con Laura. Conozco a Laura desde hace años, porque es la hija de un compañero mío de trabajo. Tiempo atrás él y yo nos veíamos a menudo, puesto que compartíamos despacho y me invitaba a su casa con alguna frecuencia. Sin embargo, hace un par de años le destinaron a otra sucursal de la empresa y empezamos a vernos menos, aunque quedábamos de vez en cuando a tomarnos un café, y en esas ocasiones me contaba cómo le iba a la niña, que así sin darnos cuenta ya estaba apunto de empezar en la universidad. Yo la recordaba menudita, con una larga melena oscura, un aspecto algo más infantil de lo que le correspondía a su edad, y muy tímida, sobre todo muy tímida.
Pero ayer, que tanto calor hacía, me costó un poco reconocerla: sigue siendo menuda y delgadita, pero se ha cortado el pelo, dejándose una melenita con flequillo, y aunque aún parece más joven de lo que es, ya no tiene aspecto de niña. Me saludó como si nos hubiéramos visto el día anterior, lo que me sorprendió un poco dado que para ella yo debía ser únicamente un antiguo amigo de su padre al que no había tratado en mucho tiempo. Me contó que había comido con una amiga, que iba de vuelta a su casa (muy cerca de allí) y me invitó a acompañarla.
Acepté y nos dirigimos a su piso. De camino, y mientras ella me hablaba de su próximo ingreso en la universidad, la pude observar con algo más de detenimiento. Llevaba una camiseta de tirantes finos, y por debajo de éstos una ligerísima presión en la piel de los hombros delataba uno de esos sujetadores con tiras transparentes. Los pechos que se adivinaban bajo la camiseta tampoco tenían ya nada de infantiles, y el valle que se abría entre ellos se perdía en una oscuridad prendida de promesas. Una falda larga escondía sus piernas y caía suavemente sobre sus caderas. Por último unas sandalias con algo de tacón, supuse que para compensar mínimamente su poca altura, porque no parecían muy cómodas.
Llegamos por fin a nuestro destino. Al subir en el ascensor, se hizo un silencio espeso. Noté que de repente, como recordando su timidez de otros tiempos, ella evitaba mi mirada, y pude ver en el espejo que sonreía nerviosa, mientras jugueteaba con las llaves.
Al entrar en su casa, me di cuenta de que no había nadie. Me sorprendí, o me hice el sorprendido.
-Oh… ¿es que no están tus padres?
-No, es verdad, no te lo he dicho… Están de viaje, se han ido una semana a Noruega…
-Ah, yo… creía…
-Siéntate, ¿quieres tomar algo? Ahora vengo, voy a refrescarme un poco, ¿vale?
Me quedé sentado en el sofá del salón, perfecta y dolorosamente consciente de que nos encontrábamos solos, de que ella podía ser más que mi hija, de que no tenía sentido que estuviera allí, de que estaba terriblemente excitado. Intentado distraerme miré alrededor; el mobiliario había cambiado, el sofá era nuevo, de esos con chaise-longue, la televisión ahora era de plasma, el antiguo mueble de salón oscuro y pesado ahora se había reducido a unas baldas y unos módulos con puertas. Hacía calor, pero las cortinas echadas parecían crear un ambiente más tenue, de hora de la siesta.
No habían pasado ni cinco minutos cuando ella volvió conmigo, llevando unas latas de Coca Cola y unos vasos en una bandeja. Se había recogido el pelo en la nuca y seguramente también se había lavado la cara, se le adivinaba la humedad en la frente y las mejillas. También me di cuenta de que se había quitado el sujetador.
En realidad, éste no le hubiera hecho falta. Ahora que nada se interponía entre su pecho y la camiseta, los contornos de su piel eran tan evidentes que casi podía tocarlos con la mirada; se notaban redondos, perfectos, con el rastro de unos pezones desafiantes, obvios bajo la tela, sin que eso pareciera importarle a su dueña.
Laura dejó la bandeja en la mesa de café y se sentó en un sillón, a un lado de donde yo estaba. Vi que también se había descalzado. No podía quitarle la mirada de encima. Ella me respondió con sus ojos verdes, toda inocencia, me pareció más joven que nunca. Al ver que yo no dejaba de observarla, volvió a reírse nerviosa, pero sin rastro de temor, como una niña a la que nadie sabe decir que no.
-¿Qué pasa, que no dejas de mirarme? ¿Tengo algo raro?
No sabía muy bien cómo salir de aquello, pero decidí jugármelo todo a una carta, aunque manteniendo una expresión lo suficientemente jocosa como para que Laura pensara que sólo estaba bromeando.
-No, qué va, te veo la mar de bien… sólo es que me andaba preguntando si todo eso que tienes ahí es tuyo, como la última vez que te vi no estaba así…
Nada más decir esa frase me maldije a mí mismo pensando que tenía que haber sonado patética. Pero a Laura no pareció sorprenderle, ni molestarle. Simplemente, bajó la vista hacia su escote, como si acabara de darse cuenta de que allí había algo. Al parecer no le bastó, porque cogió entre sus dedos el borde de la tela y la apartó para mirar más adentro. Levantó los ojos hacia los míos, me contestó con toda naturalidad.
-Pues yo diría que es todo mío, pero mejor nos aseguramos, ¿no?
Se levantó del sillón, se puso de pie frente a mí, se levantó la falda hasta las rodillas y se sentó sobre mis piernas a horcajadas.
-¿A ti qué te parecen?
Tuve que contenerme para no decirle que, suyos por naturaleza o por obra de un cirujano, me parecían dignos de ser eternamente contemplados y acariciados, pero no dije nada, sencillamente los rocé por encima de la camiseta con las palmas de mis manos.
-Por dentro se notan mejor, ¿no crees?
Y ella misma cogió mi mano derecha entre las suyas y la introdujo entre la tela y la piel, haciéndome recorrer el camino entre su cintura y su pecho, que me pareció interminable, una de esas eternidades que duran unos segundos, un trayecto directo hacia el cielo de aquella curva perfecta, aquella piel de porcelana con la que ni el calor podía, aquella firmeza sorprendentemente tierna. Yo observaba mi mano perdiéndose en una duna de arena abrasadora, ella me miraba a mí con sus ojos de ángel.
Aún parecía un ángel cuando acercó sus labios a mis labios y los recorrió hasta aprendérselos, cuando su lengua se enlazó con la mía y sus manos tiraron de mi camisa para quitármela. Incluso a través de los pantalones podía sentir su humedad y el calor de sus rincones más íntimos. Abandoné con esfuerzo su pecho para explorar el universo entero que se prometía bajo la falda y me encontré con que cuando había ido a refrescarse también se había quitado las bragas.
-Hacía calor… -contestó sin que yo le preguntara, y ya no era el ángel el que hablaba.
La obsesión
27 Julio, 2008
El dolor que nace de una obsesión no está hecho de estridencias. No se trata de aquellas manifestaciones de pena de las que participa todo el cuerpo, la voz y los gestos. No hay arrebatos ni excesos. Suele ser una pena honda, callada, que surge de la imposibilidad de moverse, de actuar, porque las obsesiones nos paralizan el cuerpo y la vida. (…)
Desear de lejos significa precisar con la mente. El deseo acostumbra a nacer desde la distancia, pero se concreta en la proximidad porque une y empuja. Dos cuerpos que se desean se buscan. Si no hay obstáculos insalvables que les impidan la proximidad, la vida se convierte en una fiesta de tactos y besos. Tocar no es sencillo. Hay quien asegura que se trata de un arte. ¿Quién sabe tocar la piel del otro con dedos lo bastante hábiles para hacerlo estremecer? La cuerda del violín se estira, el arco se tensa, la música surge, rotunda. Hay manos que acarician como si esparcieran perfumes. Se produce una eclosión de espuma. El deseo se vuelve real cuando el otro es presencia concreta, palpable. Un cuerpo que podemos recorrer con los labios, que las manos exploran en la avidez de los dedos. Carne contra carne, dureza que se vuelve realidad en el envite. (…)
El deseo que se vive de lejos se convierte en una mezcla de dolor e incredulidad. Está el dolor de no poder tocar al ser querido. Está la duda de imaginar que nunca nos va a ser posible tocarlo. Cuando el deseo ha de concretarse en la mirada, en el olfato, en la percepción lejana del gusto (¿qué gusto tiene el aire que respira el otro?), sólo satisface una parte de su potencial. Quedan las manos: los dedos huérfanos de piel. Los dedos sólo existen para poder tocar otros dedos. Si no, pasan demasiado frío. Este deseo vivido desde fuera alimenta el pensamiento de añoranzas.
María de la Pau Janer, Las mujeres que hay en mí















